Hasta Que Nuestros Mundos Choquen Capítulo 12
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Capítulo 12

Katerina

Las siguientes semanas nos reuníamos todas las noches en el bosque mágico para planear todo a la perfección. Realmente no pensé que me apoyaría, pero, aunque a veces duda, está dentro.

—Realmente es un lugar de paz.

—Si—. Esta noche no es de planeación.

—¿Cómo lo encontró tu madre?

—Un día estaba buscando unas hierbas para un ungüento mientras cantaba por el lugar y el roble solo se abrió.

Le encantaba cantar, sobre todo cuando mi padre tocaba el piano—.

Me gusta recordar estas cosas—. A veces cuando había bailes o fiestas mis padres bailaban una o dos canciones y luego subían a donde estaban los instrumentos y cantaban para que los demás disfrutaran.

—Suena hermoso.

—Era majestuoso. Igual que esta noche.

—Si… perfecta.

​ Volteé, pero él ya se había adelantado.

Nunca me imaginé compartir este lugar con alguien; ni siquiera a mi padre pues era el lugar de mi madre y mío, pero últimamente he sentido que quiero compartir todo con Alexander.

Desde que lo conocí se me hizo alguien fascinante y fuera de lo común —a pesar de las condiciones en las que nos vimos por primera vez—.

Intenté apartar el cómo me sentía, pero a medida que pasaba más tiempo con él se me iba haciendo más difícil.

Él y yo tenemos una conexión diferente. Y ahora, como si leyera mis pensamientos me toma de la mano.

—Kate, no soy lo que crees. No soy como los protagonistas de tus novelas románticas cursis y nunca podré darte todo el amor que viste en tu infancia. No quiero que me romantices ni me idealices. Aun así, prometo protegerte y nunca dejarte, eso si aún quieres estar conmigo.

—Eres todo lo que quiero y más.

—Katerina… —su tono oculta muchas cosas.

—Alexander.

​ Me acerco más a él y me acurruco con su cuerpo.

El suspira y se recoloca para que mi cabeza quede en su pecho y nuestras manos entrelazadas se posaron sobre su muslo izquierdo.

Nos quedamos en silencio un momento y entonces todas las luciérnagas prendieron sus luces y salieron a bailar con la noche.

Su mano traza pequeños círculos en la mía.

Levanto mi cabeza para sonreírle y decirle que me gusta estar así, pero ni una palabra logra salir porque sus labios están sobre los míos.

Las mariposas en mi estómago aletean ferozmente y me dejo llevar.

Su lengua choca con mis dientes pidiendo permiso y yo la dejo pasar; eran besos cálidos pero llenos de necesidad, como si llevara mucho esperando.

Su mano abrazó mi mejilla dando más profundidad y yo me coloqué a horcajadas de él con su mano libre dirigiéndose a mi cadera.

Nos envolvimos en caricias y besos y solo nos separábamos para recobrar oxígeno y para que su boca se coloque en mi cuello.

—Kate espera —se separa y yo protesto ante la frialdad—. Por mucho que esté disfrutando esto tenemos que detenernos; pronto amanecerá.

​ El cubo de agua fría cae por mi cuerpo cuando observo que, efectivamente, la luna estaba por esconderse.

¿En qué momento pasó tanto tiempo? Nos levantamos y nos apresuramos a la entrada, cruzamos el camino y corrimos al pueblo.

Cuando llegamos a la entrada de mi casa nos despedimos, entre risillas, con un beso.

—Nos vemos en unas horas princesa—. Me guiña el ojo y yo sonrío como tonta.

—Nos vemos.

​ Entré y fui directo a mi cuarto. Cuando me estaba terminando de quitar los botines las pisadas de mi padre se escucharon en las escaleras así que corrí a mi cama y me metí entre las sábanas dando la espalda a la puerta mientras calmo mi respiración.

Un pequeño rechino hace que cierre los ojos y espere.

Siento el calor de la vela y hago como que me muevo para quedar boca arriba.

Mi padre suspira de alivio al verme ahí, respirando, y tranquila —aunque esté todo menos eso— y termina su chequeo con un beso paternal en mi frente.

​ Cuando ya se va, me levanto para cambiarme mientras recuerdo con extremo detalle la sesión de besos. Creo que no podré dormir de la emoción, pero aun así lo intentaré; estoy exhausta por el remolino de sentimientos.

***

—No puede ser.

​ Escucho a Ophidio decir cuando nos acercamos y todos siguen su mirada.

Habíamos quedado mis amigos y yo de hacer las compras para el baile de invierno y cuando iba saliendo de mi casa después de unas buenas cinco horas de sueño, Alexander estaba esperándome afuera con bebidas calientes.

En el camino —aunque la mayoría fueron risas y besos— platicamos y decidimos no ocultárselo a mis amigos.

Si, reconozco que es pronto, pero Alexander y yo no somos de perder el tiempo.

—¡Hasta que por fin!— Jack salta a abrazarnos.

​ Mis amigos celebran, pero también nos acusan de que nos tardamos y de que ya era hora. Entre todos ellos, mis ojos chocan con un lobo molesto. Sé que Femris lleva tiempo queriendo salir conmigo, pero, aunque es un gran amigo, solo lo veo como eso.

—Nosotras tenemos que hacer pijamada para que nos cuentes—. Azure susurra.

—Y nos contarás todo —. Mina complementa.

—Hoy en la noche. Mi casa—. Digo y todas mis amigas asienten.

—Aprovecharé para comprar comida—. Creta habla decidida.

—Nosotros también queremos estar en el plan—. Jack hace puchero y Griffin ríe.

—Deja que las niñas tengan su pijamada J. Después le sacaremos la sopa—. Dioses como amo esta pareja.

—Mañana almorzamos y prometo contarles todo—. Les guiño el ojo y ellos sonríen en complicidad.

​ Caminamos por el mercado entre risas y bromas.

Los hombres querían quitarnos peso y mostrar “su hombría” cargando con nuestras bolsas y nosotras solo reíamos cada que agregábamos otra y ellos tambaleaban, aunque intentaban no; el único que no parecía tener problema era Hadrian, pero no nos sorprende mucho.

—Creo que ya compraron bastante—. Ophidio reclama.

—Acabas de abrir la jaula—. Jack canturrea.

​ Apenas y cerró la boca mis amigas empezaron a atacar a Ophidio y los demás hombres mientras Jack, Griffin, y yo reíamos sin parar.

Si hay algo que a mis amigas las saca de sus casillas es la crítica hacia su relación con las compras y creí que para este punto ya lo sabrían, pero al parecer nunca escucharán o pondrán suficiente atención.

—Bueno basta —Alexander interviene y los demás suspiran aliviados—. Compren todo lo que quieran, pero tienen que comprar comida para que sus carretas —hace un intento de señalar a los otros que tornan los ojos ante el apodo por encima de todas las bolsas que tiene él— puedan seguir cargando.

​ Se quedaron expectantes mientras mis amigas hablaban con el idioma que los hombres nunca entenderán; las miradas. Al llegar a una decisión, caminan a la tienda de comida más cercana y ellos celebran.

—Que inteligente—. Le murmuro a Alexander mientras le pongo en la mesa su comida.

—Lo sé—. Su triunfo es evidente.

—Tonto.

—Así me quieres.

—Mmm si, así te quiero—. Reímos y se acerca para darme un beso.

—Consigan cuarto por favor—. Ophidio hace gesto de asco y luego se ríe.

—Ya quiero verte a ti—. Alexander molesta consiguiendo que Ophidio y Nereida se ruboricen y todos riamos.

​ Cuando terminamos todas las compras necesarias fuimos al lugar destinado para el baile; una casa abandonada con un jardín enorme.

Selene toma la llave que está detrás de unas piedras y abre el candado oxidado para que después Femris use su fuerza sobrehumana para terminar de quitar las cadenas y la puerta termine de ceder.

—Azure, puedes dar un poco de luz por favor.

—Con gusto Kate.

​ Se concentra y luego la bola de fuego morado aparece en la palma iluminando todo el lugar.

—Hay que dejar todo aquí escondido y mañana venimos a decorar—. Sandra busca el escondite perfecto— Ahí.

​ Señala una esquina llena de sacos de trigo abandonados y los hombres se acercan con las bolsas. Selene y Nessia abren los sacos vacíos y, después de unas sacudidas, las decoraciones son dejadas con cuidado.

—Bien, ahora vámonos antes de que oscurezca completamente—. Galatea se acerca a la puerta.

​ Salimos y volvemos a dejar la cerradura como estaba.

Mina se convierte en murciélago y se va volando, Azure desaparece con su polvo y Sandra se mezcla con las sombras, Griffin le coloca su sombrero a Jack y procede a hacerlos invisibles, Selene y Femris se convierten en lobos y corren, Ophidio se arrastra por el suelo cuando se hace serpiente y Nessia y Nereida se paran en el charco de agua cerca de ahí y desaparecen.

Hadrian abre un pequeño portal azul y entra junto con Galatea, y Creta hace un hoyo en una pared que se reconstruye cuando ella cruza dejándonos solos a Alexander y a mí.

—Creo que nunca los había visto usar sus poderes a todos juntos.

—Preferimos llamarlos dones y no los usamos a menos que sean realmente necesarios.

—Ya veo. ¿Cuáles son tus dones?— Me toma de la mano y empezamos a caminar.

—Cuando canto ciertas melodías, las personas que escuchan o miro directamente se paralizan por el tiempo que esté cantando.

—Eso es… interesante.

—Solo he tenido que usarlo un par de veces—. Me observa expectante—. Hubo dos veces en las que los humanos nos acorralaron a algunos de mis amigos y yo usé el don para poder escapar.

—¿Te da miedo usarlo?

—No mucho, pero si reconozco que puede ser usado para mucho mal. Supongo que por eso mi familia siempre ha sido objetivo específico de la élite. Mi madre tenía el mismo.

—Lo lamento Kate.

—No te disculpes —recargo mi cabeza en su hombro—. No es tu culpa.

​ Cuando llegamos a mi casa mis amigas ya estaban esperándome con sus bolsas para dormir.

—Nos vemos mañana Alexander.

—Nos vemos mañana princesa. Diviértete—. Me da un beso y luego otro en la frente.

—Si quieren los dejamos solos—. Sandra sonríe con ironía y las demás ríen.

—Me llaman.

—Ve.

​ Se da media vuelta y toma su camino. Yo llego con mis amigas y las hago pasar.

—Adelántense, le avisaré a mi padre.

​ Mis amigas suben y yo voy al sótano. Toco la puerta y en seguida la cara de mi padre aparece del otro lado.

—Hola melodía.

—Hola papá —lo abrazo.

—¿Necesitas algo?

—Solo quería ver como estabas y avisarte que mis amigas se quedarán a dormir. ¿Está bien?

—Perfecto.

—Mañana empezamos a decorar para el baile de invierno—. Sonrío orgullosa.

—Siempre te ha gustado ese evento —se recarga en el marco—. Si necesitas algo me avisas.

—Lo haré.

—Ve con tus amigas y diviértete.

—Gracias papá.

​ Lo abrazo una vez más y me dirijo a las escaleras.

—Kate —giró en mi propio eje—. ¿Estás bien?

—¿Por qué la pregunta?

—Te ves… diferente. Más radiante—. Sonrío cuando pienso en la causa.

—Estoy perfecta.

—Espero que me cuentes cuando estés lista.

—Lo haré.

​ Y con eso él se regresa a su trabajo y yo a mi pijamada.

—Ahora sí —Galatea me toma del brazo en cuanto entro a mi cuarto y me sienta en el suelo—. Suéltalo todo.

​ Me río, pero empiezo a platicar. El resto de la noche se fue entre risas, ponernos al corriente en nuestras vidas, y ellas molestándome por estar en mi “etapa empalagosa” con Alexander.

Me encanta pasar tiempo con mis amigas, me recargan y me animan como nunca. Sin ellas no sé qué sería de mi vida.