Hasta Que Nuestros Mundos Choquen Capítulo 10
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Capítulo 10

Alexander

—Ayer ya no te vimos —comenta Jack cuando llego con ellos.

—¿Cuándo se vieron?— Mina pregunta.

—Antes de llegar con ustedes.

—Si bueno, al final lo que tenía que hacer se aplazó.

—¿Todo bien?

—Si Galatea. No te preocupes.

​ Doy por terminado el tema y todos siguen con lo suyo. Están todos menos Katerina y eso me preocupa; siempre es de las primeras en llegar a los planes con sus amigos. Ya han pasado horas desde que la vi. ¿Algo le habrá pasado? Sabía que tenía que ir a checarla.

«¿Ahora te preocupas por ella?»

​ Me enfado ante ese pensamiento. No. No me preocupo por ella porque es un monstruo. Un monstruo que tiene que ser eliminado. Solo no quiero que le pase nada para yo poder asesinarla. Sí es eso, solo eso.

—Ya llegué chicos lo siento mucho—. Katerina corre en nuestra dirección—. Mi padre necesitaba que le ayudara con unas cosas y me atrasé.

—No te preocupes guapa —Jack la abraza.

​ La observo detenidamente para ver si tenía algún indicio de que estaba herida pero no noté nada.

—Alexander, no sabía que estabas aquí. ¿Dónde has estado estos días?— Pregunta con una tímida y cálida sonrisa.

—Aquí y allá.

—Mmm okay —se frotó las manos con nervios—. Qué bueno que estás aquí.

—¿Están listos para irnos?— Nessia atrae la atención.

​ Todos celebran y empiezan a caminar. No tengo idea a donde vamos así que me pongo en alerta.

Caminamos entre callejones por un buen rato y sentí la necesidad de sacar mis dagas.

¿Y si Griffin sí vio algo, les dijo a todos, y ahora estamos caminando por aquí para que ellos me asesinen?

No lo voy a permitir, no fallaré de esa forma.

Analizo la situación y me doy cuenta de que podría ser posible asesinarlos aquí y ahora a todos.

Estoy al último así que puedo irme de dos en dos sin que los demás se den cuenta.

Cuando estoy a punto de tomar la daga, Katerina se pone a mi lado; otra oportunidad perdida. Mierda.

—¿Todo está bien contigo?

—Si.

—Es que como desapareciste estos días…

—Ya dije que tenía cosas que hacer.

—Está bien, lo siento —se encoge y baja la mirada.

—No. Yo lo siento, no debí hablarte así. ¿Estás herida?— La pregunta me salió antes de que pudiera pensar.

—No —frunce el ceño—. ¿Por qué lo estaría?

—No podía dormir así que salí a dar un paseo casi al amanecer —sus ojos se abren con sorpresa—. Te vi correr.

​ Dirige la mirada a sus amigos y luego me toma del brazo para jalarme a un pequeño callejón lateral.

—¿Qué fue lo que viste?

—Yo… —¿Qué rayos le pasa?

—¿Qué viste Alexander?— Dice mi nombre con un tono acusatorio y aprieta levemente el brazo que jaló anteriormente.

—Solo te vi correr y… guardar algo en una de tus macetas—. Su piel se pone más blanca. Me suelta el brazo de golpe dejando atrás una brisa fría.

—¿Le has dicho a alguien?— Pregunta temblando.

—No. Katerina, ¿qué pasa?— Duda por un momento.

—Veme en la esquina de mi casa cuando la luna esté arriba. Y no le digas a nadie.

​ Y con eso se regresa con los demás. ¿Qué mierda estará tramando?

El resto del día no pude concentrarme bien pensando en todas las posibilidades de lo que puede pasar al anochecer.

El asesinato fue mi primera opción, pero la descarté casi de inmediato porque Katerina no es capaz de lastimar ni a una mosca por su asquerosa empatía.

***

—Entonces… ¿ya se besaron?— Jack cae a mi lado.

—¿Qué?

—Si, que si ya se besaron.

—No Jack. ¿Qué te hace pensar eso?

—Pues desaparecieron en el camino un momento—. Ophidio habla.

—No tienen nada mejor que hacer que meterse en los asuntos ajenos, ¿verdad?

—Ambos nos importan—. Griffin justifica.

—Y se ve que tienen ganas de hacerlo—. Ophidio completa.

—¿De dónde sacan tanta estupidez?

—Se la viven pegados cuando estamos en grupo y los hemos vistos ir solos a lugares. La miras como si quisieras darle el mundo y ella como si lo quisiera. Cuando no estás Kate se agüita y se la vive preocupada por ti.

​ Todos nos quedamos en silencio cuando Hadrian termina. Nunca lo había escuchado hablar tanto en todo el tiempo que llevo aquí y los demás también están sorprendidos, pero supongo que es por lo que dijo no el hecho de que hablara.

—¿Qué? Si ustedes no observan no es mi culpa—. Se cruza de brazos dando por terminada su ventana de charla.

—Hadrian viejo blandengue. Sigue así y seguro que conquistas a Galatea—. Jack se ríe y el moreno deja que un leve rubor salga a la superficie—. Kate se preocupa por todos, pero contigo tiene algo más.

​ Algo que he aprendido de este grupo es que les gusta exagerar y ver cosas donde no las hay, pero algo dentro de mi siente que este no es el caso. Katerina me trató bien desde el principio y hay algo en ella que te hace quedarte y descubrir todo de ella. Es diferente.

​ ¿Qué estoy diciendo? Ella es un monstruo y yo tengo que asesinarla.

Los monstruos son animales y salvajes… una infección que se tiene que eliminar.

No tienen sentimientos y su sed de matar y hacer desastre es lo que los controla.

Todo eso me han dicho desde que Light-Hell me abrió las puertas a los cinco años, pero estoy empezando a pensar que están equivocados.

—Chicos vámonos antes de que nos congelemos por la ventisca que viene —Creta hace que mi hilo de pensamiento se desvanezca.

​ Nos levantamos y las seguimos a la entrada.

Caminamos un poco más rápido porque Creta tenía razón, los vientos fríos se estaban acercando y el aire se sentía pesado.

Llegamos a la plaza principal donde no había ningún humano a la vista y el aire ya estaba sacudiendo fuerte a los árboles.

Todos se despiden rápidamente y luego se van a sus casas.

Sé que ninguno de mis compañeros atacará con este clima, pero igualmente siento que debo acompañar a Katerina así que corro para alcanzarla.

—Te acompaño —dije cuando llegué a su lado.

—¿No te queda lejos tu casa? Estoy bien. Los humanos no atacan con el frío.

—Más vale prevenir que lamentar—. Siempre existe el rebelde que se arriesga para quedar bien.

​ Caminamos en silencio. Quería preguntarle más sobre esta noche o incluso si eso seguía en pie dado el clima, pero no la presionaría. Dimos vuelta en una calle y apenas pude distinguir como una rama venía hacia nosotros a toda velocidad.

—¡Cuidado!

​ La tomé por la cintura y nos tiré al suelo usando mi cuerpo como escudo y mi capa cubriendo su cabeza, la rama pasó y se estrelló con una pared a nuestras espaldas.

Afiné mi vista para ver si no había otro peligro y, cuando me aseguré que no, le quité mi capa y le toqué el hombro como señal de que está a salvo.

—Me salvaste —dice con la voz entrecortada aún con los efectos secundarios de la situación.

—No te podía dejar morir sin antes decirme el propósito de verme al anochecer.

—Que gracioso —rueda los ojos burlona—. Gracias —asiento como respuesta.

—Mejor sigamos antes de que algo más pase.

​ Logramos dar unos pasos antes de que Katerina caiga al suelo.

—¿Qué pasa?

—Creo que me lastimé el tobillo y mi vestido se rasgó—. Puta madre.

—Tienes que ayudarme, ¿okay?

—Okay.

​ Tomo su brazo y lo paso por mis hombros y al mismo tiempo empujamos hacia arriba para que se levante.

Caminamos hasta una abertura entre dos calles donde el viento no pegaba, coloco su espalda en una pared y la siento con los pies estirados, me siento frente a ella, le desamarro las cuerdas de sus botines y ella suelta un suspiro de alivio cuando le quito la prenda.

—¿Te duele si toco aquí?— Acaricio la parte donde está el hueso.

—Si —se le cristalizan los ojos.

—Voy a hacer unos movimientos para checar que no esté roto. ¿Lista?— Asiente dudosa.

​ Empiezo a moverlo de arriba abajo, de un lado a otro, y finalmente en círculo. Hubo algunos quejidos y lágrimas de su parte y me dio un poco de malestar verla así.

—Ya acabé. Lo siento mucho, pero tenía que hacerlo —acerco mi mano y le limpio las lágrimas—.

No lo tienes roto — se relaja al instante—.

Probablemente te lo doblaste o falseaste, pero te lo tiene que confirmar un curandero.

Voy a volver a ponerte el botín y voy a apretarlo lo más que se pueda para darle firmeza al tobillo y no se lastime más. Te va a doler.

—Por qué no mejor me dices qué no me va a doler —un leve sonido sale de su boca y yo sonrío.

—No va conmigo princesa—. Me congelo ante las palabras que salieron de mi boca.

—¿Cómo me dijiste?— Sus ojos azules me acechan.

—Nada. Olvídalo—. Desvío la mirada a su botín y me concentro en ponérselo con delicadeza.

—Es un lindo apodo—. La observo un segundo y muestra sus dientes tímidamente.

​ No volvemos a decir nada hasta que nos colocamos igual que cuando la traje, pero antes de avanzar la observo con sumo detalle.

—¿Dónde se rasgó tu vestido?

—Aquí— se mueve un poco y deja ver una rasgadura que va de su cadera hasta la mitad de su pecho unas capas antes de llegar al corsé. Trago saliva con fuerza.

—Sostente aquí y no apoyes.

Levanta su tobillo lastimado y coloca su mano en la pared para tener una posición firme. Me quito mi capa y la coloco alrededor de ella asegurándola con un nudo a la altura del cuello. Se la acomodo de forma que la rasgadura quede cubierta y caliente.

—¿No te dará frío a ti?

—He estado en peores condiciones.

—Lo siento.

—No es tan malo como suena. Vámonos de aquí antes de que se haga más tarde y haya más viento.

​ Regresamos al camino principal y acomodé a Katerina de modo que su cuerpo quedó un poco más atrás del mío por si pasa algo. A pesar de que estamos cerca de su casa, el camino se hace eterno con el paso que vamos así que nos detengo para irme por la opción más rápida.

—¿Qué pasa?— Grita para que la escuche a través de la fuerza de la naturaleza.

​ Me pongo a su lado y coloco un brazo en su espalda y el otro debajo de sus rodillas para cargarla.

—¡Alexander bájame! Estoy pesada—. Grita moviéndose bruscamente y yo la aprieto más a mí.

—No pesas absolutamente nada comparado con lo que normalmente cargo—. Le digo al oído y enseguida se detiene y creo que pude ver sus mejillas volviéndose rojas.

​ La acomodo para que su cabeza se recargue en el agujero entre mi hombro y cuello y su cuerpo pegado a mi torso checando que mi capa le cubra la parte rasgada.

Cuando está todo listo empiezo a caminar más rápido y Katerina solo observaba el camino; llegamos en menos de diez minutos a su casa.

Para que no camine la dejo justo en la entrada.

—Gracias —dice cuando la bajo—. Toma —intenta devolverme la capa.

—Quédatela. Tengo más en casa.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Por los vientos y el tobillo… ¿Te parece si dejamos lo de esta noche para mañana?

—Tu mandas.

—Descansa Alexander.

—Tú también Katerina.

—Solo Kate por favor. Ya hemos pasado las formalidades—. Sonríe.

—Entonces descansa… princesa—. El apodo la toma por sorpresa y yo me río. ¿Por qué dije eso y por qué me estoy riendo?

—Tonto—. Se acerca como puede y me da un beso en la mejilla que me agarra desprevenido.

​ Abre la puerta y yo me quedo hasta que entra.

Estando lejos de su casa me toco el lugar, aún húmedo por su beso, y me doy cuenta que estoy sonriendo.

La conversación con los amigos de Kate —qué raro se siente no decir su nombre completo— y lo que pasó hoy me hacen llegar a la conclusión que más temía. Estoy jodido .