Capítulo 8
Katerina
Nos quedamos un rato más en el sitio acompañando a los padres de mi compañera y ver el dolor en su mirada fue algo muy difícil que viene acompañado de recuerdos personales, lo cual hace que me sienta peor.
¿En serio Alexander puede defender a unos seres que ocasionan esas miradas cada que aparecen?
Aún no me hace sentido porque fue y los defendió.
Hoy no ha hecho acto de aparición y la verdad está mejor; no tengo ganas de verlo.
—Conozco esa mirada —Ophidio me abraza por los hombros—. ¿Qué tienes en mente?
—Nada solo… algo que dijo Alexander el otro día.
—Que no te quite tu paz lo que sea que haya dicho ese imbécil—. Femris entra en la plática y Selene lo fulmina con la mirada.
—No le digas así.
—Es la verdad Kate —puede que un poco.
—Bueno ya—. Interviene Ophidio.
—Venimos a disfrutar el último día de verano, no a hablar mal de nadie—. Selene también sale al rescate.
—No estoy… —Femris no terminó porque Selene lo agarró de la oreja y le dio un codazo en señal de silencio—. ¡Ouch!
—Selene tiene razón. Disfrutemos el día.
Fuimos al lugar donde sabíamos que los humanos no nos verían e hicimos muchas actividades diferentes mientras reíamos; la distracción perfecta para no pensar en Alexander ni en sus palabras.
Para el atardecer ya estábamos agotados y listos para volver a casa, algunos de mis amigos se ofrecieron a acompañarme, pero quería estar sola así que les dije que en otra ocasión pero que gracias.
Me desvié un poco de mi ruta habitual para pasear un rato y disfrutar el frescor que empezó a sentirse. Aunque dado el reciente acontecimiento esta decisión es todo menos la correcta, pero lo necesito.
—Katerina—. Me detengo de golpe al escuchar esa voz.
—¿Qué haces aquí?— Digo tajante mientras me doy la vuelta.
—Quería hablar contigo.
—No quiero —me crucé de brazos—. Vete de aquí.
—No te voy a dejar aquí sola.
—Estoy perfectamente bien.
Mi mentira se destruye en un segundo ya que un ruido me hizo saltar.
Alexander se pone en alerta y yo me abrazo a mí misma más fuerte mientras observo a mi alrededor.
Una sombra sale de detrás de una pila de basura y Alexander saca una daga de su bota y se coloca en una posición que hace que su cuerpo sea un escudo para el mío.
La sombra se materializa y nos relajamos al instante; un gato. Mi alma regresó a mi cuerpo.
—¿Perfectamente bien dices?— Se voltea sonriendo sarcásticamente mientras guarda su arma.
—¿Siempre cargas con eso?
—Si. Siempre es bueno tener protección, ¿tú no?
—No. Es peligroso.
—¿Y con qué piensas defenderte?— Me quedo callada.
—¿Ya puedo hablar contigo? Después de todo te salvé.
—Era un gato.
—Bueno pero la intención es lo que cuenta ¿no? —Su sonrisa se vuelve más ligera.
—Sigo sin querer hablarte—. Me doy media vuelta y continuo mi camino. Oí su frustración, pero no cedí; tengo que ser fuerte y mantener mi posición.
—Solo tienes que escuchar—. Se posa frente a mí.
—Basta Alexander —doy un paso atrás—. Lo que dijiste fue como un golpe al estómago e hiciste ver como si nosotros fuéramos los culpables; todos los humanos hacen eso y tú, siendo uno de nosotros, ¿también?— Su expresión se endurece por un segundo—. Se supone que nos tenemos que mantener unidos.
—Katerina yo…
—No quiero saber más. Así como tú a veces no quieres continuar con una conversación y yo respeto, te toca respetar mi decisión. Ya se está haciendo tarde y mi padre se va a preocupar si no llego. Hazte a un lado y déjame sola por favor.
Él aún tenía cosas que decir, pero aceptó mis palabras y se hizo a un lado.
Yo, sin mirar atrás, seguí mi camino. Sabía que él no se fue del todo y que se mantuvo a cierta distancia hasta que llegué a mi calle.
Aún enojada con él, aprecio ese pequeño detalle porque me sentí más segura.
En la mañana cuando salí de mi casa Alexander estaba parado del otro lado de la calle.
—No te vas a rendir ¿cierto?— Le reclamé mientras cruzaba—.Te dije que no quiero hablar ni escuchar.
—No me voy a ir hasta que me escuches. Y si tengo que seguirte todo el día lo voy a hacer.
—No entiendes qué es el espacio personal.
—Si, pero no cuando sé que estás enojada conmigo y quiero componerlo—. Refunfuño.
—Tienes de aquí a que llegue a la tienda—. El fantasma de una expresión esperanzada aparece en su rostro.
Odio ser tan débil en estas cosas, pero una parte de mi quiere escuchar lo que Alexander tiene que decir; no quiero perder su amistad. Camino y él casi corre para alcanzarme.
—Lo que dije de los humanos no era para ponerme de su lado, solo era la verdad. Ellos solo hacen lo que se les ordena—. Me detengo y lo veo indignada.
—Sigues poniéndote de su lado. Aunque tengan la orden de asesinar ellos deciden el tipo de muerte que nos dan y se van por las más violentas. Eso no es humano, ni siquiera llega a monstruo, son animales —dije con rabia y el latido de mi corazón zumbando en los oídos.
—Katerina… —dijo con preocupación y se acercó rápidamente a mí, poniendo sus manos sobre las mías.
Cuando iba a quitarlo me doy cuenta de lo que hice. No sé en qué momento de la plática moví mis manos a mis bíceps y rasgué la manga de mi vestido y un poco de mi piel dando paso a unas finas líneas rojas.
—¿Qué fue lo que te hicieron?
Pregunta, pero no con rabia o reproche sino más bien con algo parecido a preocupación. Lucho contra las lágrimas que amenazan con salir y me paro con la cabeza en alto como si eso detuviera la coraza invisible que he trabajado y me ha costado construir.
—Matar a mis compañeros a diario—. Parcialmente verdad.
Estoy casi segura que Alexander sospecha que pasa algo más porque su mirada debate entre seguir preguntando o dejar el tema ahí. Yo tomo la decisión por él siguiendo mi camino.
—Lamento mucho si te hice pensar que estoy de su lado. Tienes razón, los humanos son animales sin piedad.
—Me alegra que lo entiendas.
El resto del camino estuvo un poco incómodo así que me alegré cuando el señor Hawkins habló y me arrastró por su negocio enseñándome las novedades literarias.
Escogí algunos que me llamaron la atención y luego fui a pagarlos.
Alexander solo se colocó a mi lado y analizaba los títulos mientras el dueño los ponía todos juntos en un pequeño saco.
Hawkins me observa atentamente y yo niego levemente con la cabeza.
En ese momento él pone otro libro en el saco y luego lo tira al piso como si fuera un accidente.
—Oh lo siento mucho. Estos libros cada vez son más pesados —. Ríe nerviosamente ante la mirada de desdeño de Alexander.
El señor Hawkins se agacha y coloca su cuerpo de forma que no se vea lo que hace y vuelve a colocar los libros en su lugar.
—Listo. Son 100 denarios.
Estaba sacando el dinero del bolsillo de mi vestido cuando Alexander extiende su mano y le deja la cantidad exacta al señor Hawkins y luego le arrebata sutilmente el saco de libros.
Yo solo me quedé mirándolo confundida y aún más después de que coloca la mano libre en mi espalda baja y casi me arrastra fuera del lugar.
Apenas tuve tiempo de reaccionar y formular el gracias al señor Hawkins por los libros y por la sutil forma en la que me dio el libro extra.
—¿Qué fue todo eso?— Pego mis pies al piso cruzándome de brazos.
—¿El qué? —Pregunta como si nada.
—Tu prisa por sacarnos de ahí.
—Te estaba viendo raro.
—¿El señor Hawkins?— asiente—. Por favor, Alexander, es mucho más grande que yo y está comprometido.
—Igualmente.
—Eres increíble de verdad.— Ruedo los ojos.
—Lo sé—. Sonríe triunfante.
—Arrogante.
—Molesta.
—Dame mis libros por favor.
—No.
Llegamos a la plaza y se dirige hacia una banca donde se sienta y abre el saco.
Mi pánico empezó a surgir por miedo a que vea el libro que el señor Hawkins puso para mí, pero sé que no es tan tonto como para ponerlo hasta arriba y que Alexander no sea tan metiche como para sacar todos los libros.
Por suerte la razón estuvo de mi lado ya que solo sacó los primeros dos y los hojeó.
—Todos los libros son de romance.
—Me gusta el romance.
—¿Por qué?— Reposa el libro en sus piernas y me observa—. Es aburrido, mundano y nunca termina bien.
—¿Eres experto o algo?
—No, pero hay pruebas en todos lados.
—No todos los romances son así. Es solo cuestión de encontrar a la persona correcta.
—Que cliché. Creo que voy a vomitar.
—Tú preguntaste.
—Y tú no contestaste a mi pregunta.
—Mis razones son aburridas.
—Yo seré el juez de eso.
Mi mirada cambia a una de esperanza. Nunca nadie me había preguntado por algo de mis gustos literarios. Mis amigos saben que me gusta, sí, pero igual no es como que tenemos charlas profundas sobre eso.
—No soy adivino Katerina. Usa tus palabras.
—La idea de que haya alguien que se interese en todo lo que haces y lo que te gusta me emociona mucho.
En el mundo real, dadas las circunstancias en las que estamos, un amor feliz es casi imposible.
Para nosotros la muerte está más cerca que para los demás así que es difícil entablar una relación amorosa que dure.
Aunque la persona que amas sea como un refugio nunca estás seguro —dudo en continuar, pero la mirada de Alexander me da valentía—.
El matrimonio de mis padres era lo que se considera perfecto y algo que muchos envidiaban.
Después de… la muerte de mi madre, —se me corta un poco la voz al recordar—.
ese romance físico no estaba, pero los recuerdos sí.
Yo anhelo buscar algo como el romance con el que crecí en mi casa, pero con esto de los humanos cada vez más normal lo veo imposible.
Cuando leo un romance, lo vivo a través de los protagonistas y me imagino que soy yo la de la historia.
Me devuelve a ese romance de mi infancia y me da un poco de esperanza en la vida —tomo aire.
Las cejas levantadas, los ojos bien abiertos, y la boca en forma de “O” de Alexander me saca una risa nerviosa, pero al mismo tiempo prueba mi teoría de que si cuento esto la gente no lo procesa y que es mejor quedarme callada.
—Eso fue… —se aclara la garganta.
—¿Intenso?
—Creo que es la primera cosa con total sinceridad que me dices.
—Si bueno, una vez que abren la caja no me callo —agacho la mirada avergonzada.
Alexander ya no dice nada, pero se abalanza contra mí y me rodea con sus brazos en un lindo pero incómodo abrazo.