CAPÍTULO 52 · 27 DE NOVIEMBRE
Nagore llega el miércoles a las diez de la mañana con un portátil, un alargador —porque en la habitación hay un solo enchufe libre y está detrás de la cama— y una carpeta de anillas vacía.
—¿Cuándo le dan el alta?
—Han dicho esta tarde.
—Bien. Entonces esto lo hacemos ahora, esta tarde usted se va y no piensa en esto hasta el lunes.
—Yo no tengo dónde ir.
Nagore levanta la vista del enchufe.
—¿Cómo que no?
—Que a mi casa no voy.
—Ah. —Vuelve a lo suyo—. Eso lo hablamos luego, que no es lo urgente y algo se me ocurrirá. Tengo una hermana con un sofá cama y una prima con un piso vacío en Alcalá.
Enchufa. Abre. Gira la pantalla hacia la cama y acerca la silla.
—Vamos. Deme el usuario y la contraseña de la nube.
Clara se los dicta de memoria. Nagore teclea despacio, con dos dedos, corrigiendo dos veces. Aparece una lista de carpetas y en medio hay una que se llama BM-2031-fachada-oeste .
—¿Ahí está todo?
—Ahí están las dos copias del expediente enteras, hoja por hoja. Doscientas noventa y ocho fotos. Y en la subcarpeta de abajo, todo lo demás.
Nagore la abre y empieza a bajar con la rueda del ratón, y no dice nada durante casi dos minutos.
—Esto lo fotografió usted subida a una silla.
—Sí.
—Se nota, porque están rectas y sin sombra. —Sigue bajando—. La gente fotografía los papeles en diagonal, con el brazo, y luego llegan aquí y no se lee el pie de página, que es donde está siempre lo importante.
Van una por una.
La trazabilidad completa: el taco entero de Iván Rúa, con los veintitrés movimientos del trece y del catorce de julio, con las dos líneas de criopreservación de febrero de 2031 y sus tres comprobaciones anuales, y con la línea resaltada en gris de las 07:52:11.
El Anexo C, las dos caras, con el recuadro del pie y los tres asteriscos delante del 384.
El registro de acceso al documento: generación a las 07:38:04, apertura a las 07:40:11 desde la IP del domicilio y desde un dispositivo con una cadena de dieciocho caracteres, validación del código a las 07:41:22, firma completada a las 07:41:39.
Las fotos de la pantalla del salpicadero con el historial de conexiones, las dos líneas del catorce de julio, la de las 07:26 y la de las 08:19.
La foto del cajón de debajo de la televisión con la tableta sin tocar, con el cable enrollado y la funda de gafas en la esquina, y al lado el número de serie copiado a mano.
El tique del aparcamiento de la calle Uruguay, fotografiado tres veces, con la entrada a las 08:20 y la salida a las 11:34.
La declaración anticipada del dos de julio, los cinco puntos.
El correo de la Unidad de Registro con lo de los datos de terceros.
Las catorce páginas de las hojas de seguimiento domiciliario, con la letra grande y redonda de Amparo.
—El original del tique lo necesito —dice Nagore.
—Está en mi casa. En la habitación del fondo, en el armario, la tercera caja de la mudanza, la que pone LIbrOS 3 con rotulador. Debajo de las otras dos.
Nagore lo apunta literal, palabra por palabra.
—¿Y quién está en esa casa?
—Él.
—Ya. —Sigue apuntando—. Pues no vamos a ir a llamar al timbre y a pedírselo por favor. Voy a pedir esta tarde que lo asegure el juzgado, y lo voy a pedir hoy y no mañana, porque ese papel es térmico y se está muriendo solo.
—Eso mismo pensé yo.
—Ya lo sé. Por eso lo fotografió tres veces con luz.
Cuando llegan al final de la carpeta, Nagore se echa hacia atrás en la silla y se quita las gafas.
—Ahora le voy a decir lo que no va a entrar.
—El de Alemania.
—El de Alemania.
—Vale.
—No entra, no se menciona y no existe. —Lo dice sin ceder medio grado—. Y si algún día lo saca alguien, lo sacarán ellos, y ese día ya veremos qué hacemos. De mi mano no sale.
—Vale.
—¿Sin discutir?
—Sin discutir. —Clara se recoloca en la almohada—. Ese ya hizo lo que tenía que hacer.
—Bien.
Nagore vuelve a ponerse las gafas.
—Y hay una cosa más que sí quiero.
—¿Cuál?
—El cuaderno.
Clara baja la vista a la sábana.
Es un cuaderno de gusanillo del estanco de abajo, de dos euros con veinte, con la portada de cuadros azules y una esquina doblada.
Dentro hay siete entradas fechadas con la hora de inicio y de final.
Hay frases entrecomilladas que dijo su marido en su cocina.
Y hay una madrugada del veintitrés de octubre que ella prometió, en el rellano de su casa y mirando a una mujer a la cara, no apuntar en ningún sitio.
—Está en la misma caja.
—¿Me lo da?
—Sí.
—Le va a doler.
—Ya me duele.
Nagore lo apunta.
—Y hay una hoja ahí dentro que no es del cuaderno —dice Clara—. Doblada en cuatro. Con doce casillas.
—¿Qué es?
—Una pauta de medicación de junio.
Nagore se queda pensando dos segundos.
—Eso no es prueba de nada.
—Ya.
—Eso no lo toco y que nadie lo toque.
A las once y media, Nagore imprime la relación en la impresora del control de enfermería, después de pedirle permiso a una supervisora que le dice que sí sin levantar la vista del ordenador.
Son tres folios. Encabezamiento, número de procedimiento, y una lista numerada de veintiséis documentos con su descripción, su fecha y su origen. Al final, dos líneas para firmar y una fórmula de cierre.
—Firme aquí.
Le deja el bolígrafo encima del folio.
Clara coge los tres folios, se los pone en la mesa articulada, la sube dos dedos hasta que le queda a la altura buena, y alinea las tres hojas por el margen izquierdo.
Y empieza a leer.
Lee el encabezamiento. Lee el número de procedimiento y comprueba que coincide con el del auto de medidas, que se lo sabe de memoria. Lee los veintiséis puntos, uno por uno, con el dedo, comprobando en cada uno la fecha y el origen y el número de folio.
En el catorce hay una errata en la referencia del visotube: pone V30 y es V03. Se lo dice. Nagore lo corrige a mano, tacha con una raya, escribe encima y pone sus iniciales al lado.
Lee las dos líneas del final. Lee la fórmula de cierre. Lee el pie de página, que dice el nombre del despacho y una dirección de Fernández de los Ríos y un número de colegiada.
Tarda once minutos.
Nagore no la mete prisa ni una sola vez. A los tres minutos se levanta, se va a la ventana y se queda mirando el aparcamiento de visitas con las manos en los bolsillos y de espaldas.
—Nagore.
—Dígame. —No se vuelve.
—¿Se sabe algo de la niña?
Nagore tarda un poco.
—No.
—¿No se sabe o no me lo va a decir?
—No lo sé. —Ahora sí se vuelve—. Y no se lo digo por delicadeza. Es que no lo sé, y no lo voy a preguntar, y si me entero por algún sitio se lo diré.
—Vale.
—Siga leyendo.
Cuando termina, Clara coge el bolígrafo, lo prueba en la esquina de un papel porque los bolígrafos de los despachos nunca pintan a la primera, y firma abajo, en la primera línea.
Firma entera, con los dos apellidos.