Hasta que nazca CAPÍTULO 51 · SEMANA 21 6
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CAPÍTULO 51 · SEMANA 21 6

De la noche del domingo le quedan trozos.

La silla de ruedas plegable, que es estrecha y de tela naranja y tiene dos correas cruzadas por delante que le abrochan sin preguntar.

Los cuatro tramos de escalera bajando de espaldas, con un hombre delante sujetando y otro detrás, y Berta pegada a la pared en cada rellano para dejarles sitio, y en el segundo una vecina que abre la puerta y la vuelve a cerrar.

El frío de la calle, que fue lo primero que la despertó del todo.

Dentro de la ambulancia, una mujer joven con guantes azules le preguntó el nombre y la fecha de nacimiento, y luego se los volvió a preguntar cuatro minutos después, y Clara entendió perfectamente que la segunda vez no era por olvido.

—¿De cuánto estamos?

—Veintiuna más cinco.

La mujer no dijo nada. Miró un segundo al compañero, que iba delante, y siguió escribiendo en una tableta.

Ese silencio fue lo más claro que le dijo nadie en toda la noche.

Urgencias es una zona de boxes con cortinas verdes y un mostrador en el centro, y todo el mundo habla a la vez y nadie levanta la voz.

La pasan de una camilla a otra entre tres, contando hasta tres.

Le cortan la manga del jersey con unas tijeras en vez de quitárselo, y Clara piensa, absurdamente y con muchísima nitidez, que ese jersey era de su madre.

Le sacan sangre. Le ponen otra vía en el otro brazo. Alguien le pega tres pegatinas en el pecho y le engancha unos cables. Una mujer con gafas de pasta le levanta el párpado con el pulgar y le pregunta el nombre otra vez.

Alguien le da las hojas de Berta a alguien y ese alguien las lee de pie, deprisa, y dice vale dos veces.

Y en algún momento un hombre de unos cuarenta años teclea algo en el ordenador del mostrador y se queda mirando la pantalla bastante más tiempo del que hace falta para leer un nombre.

Después mira hacia el box.

Después llama a otra persona y le señala la pantalla con dos dedos.

A partir de ahí hay dos personas más en el box, y una de ellas le pregunta si sabe dónde está, y Clara le contesta que sí, que en el Doce, y no es el Doce, es otro, y la mujer le dice que muy bien y le aprieta la mano.

La llevan a algún sitio a las once y veinte de la noche.

Lo siguiente que hay es luz.

Es luz de la de verdad, de ventana, y es una habitación de dos camas con una vacía y hecha. Hay un gotero que no cuelga de ningún pomo sino de un pie con ruedas. Y hay otra bolsa colgada de un gancho al lado, más pequeña y de otro color, y Clara tarda en entender qué es.

Le han puesto sangre.

Le han puesto sangre de alguien que no conoce.

Una auxiliar entra, sube la persiana de golpe y le dice buenos días.

—¿Qué hora es?

—Las diez y cuarto.

—¿De qué día?

—Lunes, corazón. Voy a por el desayuno.

A las once entra una ginecóloga a la que no ha visto nunca, con la bata abierta y una carpeta debajo del brazo.

—¿Cómo se encuentra?

—No lo sé.

—Eso es lo normal. —Se sienta en el borde de la cama sin pedir permiso y sin que a Clara le moleste—. Le voy a contar lo que ha pasado, porque anoche estaba usted para pocas explicaciones.

—Vale.

—Terminó a las seis y diez de esta mañana.

Hubo que ayudar y se ayudó, y no ha habido que hacer nada más allá de eso.

—Habla despacio, sin ninguna prisa y sin bajar la voz—.

Ha sangrado bastante y le hemos puesto dos concentrados.

Está estable desde las siete. Ahora tiene once dos y a las siete tenía diez ocho, así que va hacia arriba, que es lo que queremos.

Clara asiente.

—¿Ya está?

—Ya está.

—Vale.

—Le vamos a hacer un control esta tarde y otro mañana. Si mañana el hierro va bien, se va el miércoles.

—Vale.

—¿Quiere que le explique algo más?

—No.

—Si dentro de dos horas quiere, me llama y vuelvo. —Se levanta—. Que esto pasa mucho: la gente dice que no y a las dos horas tiene cuarenta preguntas y se cree que ya no puede preguntarlas.

En la puerta se para.

—Una cosa. Ahí fuera hay una señora del juzgado esperando desde las nueve y media, y le he dicho que hasta que no la viera yo a usted no entraba nadie.

—¿Y ahora?

—Ahora ya la he visto. —Se encoge de hombros—. Y no le va a pasar nada, ¿eh? Yo he estado en veinte de estas y a nadie le pasa nada en una habitación de hospital.

La mujer que entra a las once y media lleva ropa de calle, un abrigo doblado sobre el brazo y una acreditación colgada del cuello. Lo primero que hace es enseñarla y decir su nombre completo y su unidad.

Policía judicial, adscrita al juzgado.

—Señora Sanjuán, usted no está detenida.

—Vale.

—Y esto no es una declaración. Yo he venido a comunicarle dos cosas y a preguntarle si quiere decirme algo. Si no quiere, no me dice nada y yo me voy y no pasa absolutamente nada.

—¿Qué dos cosas?

—La primera, que su ingreso ha sido comunicado al juzgado esta mañana a las ocho y cuarenta.

—Vale.

—Y la segunda, que hoy tenía usted comparecencia entre las nueve y las dos.

—Ya.

—Su abogada ha presentado un justificante a las nueve y diez.

Clara mira el pie del gotero.

—Nagore.

—Nagore Etxarri, sí. —La mujer consulta un papel—. Está abajo desde las diez y sube en cuanto yo salga, que es lo que hemos acordado ella y yo.

—¿Y usted qué me quiere preguntar?

—Yo tengo aquí escritas cuatro preguntas y no le voy a hacer ninguna. —Cierra la carpeta—. Se las va a hacer un juez con su abogada al lado, y todo lo que usted me diga a mí ahora, en una cama y con dos vías puestas, va a valer menos y le va a costar más.

—Ya.

—Descanse.

Nagore entra a las doce menos cuarto y no dice hola.

—¿Ha comido?

—Un café con leche y unas galletas.

—Eso no es comer.

Se sienta en la silla de las visitas, deja el maletín en el suelo, y se queda mirándola sin decir nada, que es la cosa más rara que le ha visto hacer en dos meses.

—Berta —dice Clara.

—Declaró anoche en comisaría, voluntariamente, a las once y media. Y esta mañana ha vuelto a declarar. Está investigada. No está detenida y no lo va a estar. —Nagore habla deprisa—. Y ha declarado todo. Sin abogado, sin pensárselo dos veces y sin quitarse ni una coma.

—¿Está bien?

—Está en su casa.

—¿Y Amparo?

—Ayer a las nueve y diez comunicó a la unidad una incidencia con el dispositivo. Dijo que se lo había encontrado puesto y que no sabía cómo había pasado.

—¿Y se lo creyeron?

—No.

Clara cierra los ojos.

—Y esta mañana a las siete se ha presentado en la unidad y ha contado la verdad entera. —Nagore se recoloca en la silla—. Antes de que se lo preguntaran. Antes de que nadie supiera nada de nada.

—Joder.

—Sí.

Ninguna de las dos habla. Al otro lado del pasillo alguien pasa una fregona y golpea el cubo contra el rodapié dos veces.

—¿Y él? —dice Clara.

—Vino anoche a las once y no le dejaron entrar, porque anoche no dejaban entrar a nadie. Y ha vuelto esta mañana a las ocho y ha estado dos horas en la cafetería.

—¿Y?

—Y le he dicho yo que se fuera. —Nagore la mira de frente—. Tenía derecho a estar ahí, es su marido y no hay ninguna orden que se lo impida. Se lo he dicho igual, me he pasado quince minutos de lo que no está escrito y lo volvería a hacer. Si usted quiere que venga, viene.

Clara no contesta.

A la una y veinte, una auxiliar entra con una bandeja: un caldo, un filete de pescado hervido, un yogur y dos panecillos envueltos en plástico.

Es comida de hospital, que es la peor comida del mundo.

Clara se la come entera. El caldo, el pescado, el yogur y los dos panecillos, sentada en la cama con la mesa articulada delante y la bolsa de sangre colgando a su izquierda.

Lleva desde el sábado a la una sin comer.