CAPÍTULO 50 · SEMANA 21 5
A las siete de la tarde, Berta le toma la tensión por decimoquinta vez y no dice el número.
—Dímelo.
—Diez tres.
—Antes era diez cuatro.
—Antes era hace cuarenta minutos.
Clara está sentada en el suelo con la espalda contra la pared, en el mismo sitio de ayer, entre la cama y la ventana. La bolsa del suero cuelga del pomo del armario. El tubo le llega al brazo y le sobra medio metro que se enrosca en el suelo.
Tiene frío en las manos y no en el resto del cuerpo, y eso es nuevo, y no lo dice.
Berta acerca la silla y se sienta enfrente, a menos de un metro, con las rodillas casi tocando las suyas. Le pone la mano en la muñeca un momento y se la quita.
—Te tengo que hablar.
—Habla.
—El viernes te dije que si yo decía que llamábamos, llamábamos. Y tú me lo repetiste en voz alta en mi cocina.
—Sí.
—Pues todavía no estamos ahí. —Lo dice muy claro y sin dramatizarlo—. Estamos justo antes. Estamos en el sitio en el que las dos cosas se pueden defender delante de cualquiera, y esta decisión no te la voy a quitar.
Clara asiente despacio.
—Explícamelas.
—Vale. Escúchame entera y no me interrumpas hasta el final, que es importante y no lo quiero decir dos veces.
—Vale.
Berta se pasa la mano por el pelo y se lo deja peor de lo que estaba.
—Si llamamos ahora, en catorce minutos hay una ambulancia en la calle y en cuarenta estás en un hospital.
Ahí te sacan sangre y en veinte minutos saben lo que yo no sé.
Si hay que ponerte algo, te lo ponen. Si hay que hacerte algo, te lo hacen y te lo hacen bien.
Tu riesgo baja muchísimo. No baja a cero, pero baja muchísimo y baja esta noche.
—Vale.
—Y en el momento en el que tú cruzas esa puerta, esto se acaba.
—No cambia el tono—. Entras con un DNI y con un número de historia, y ese número lleva un aviso puesto desde septiembre.
En cuanto lo teclee alguien va a salir en una pantalla que tienes una gestación con protección judicial y un auto de medidas de hace seis días.
Y a partir de ahí no vas a decidir nada más durante dos días.
Ni quién entra, ni quién llama, ni a quién.
—Ya.
—Y si esperamos. —Levanta la otra mano—. Si esperamos, hay dos maneras de que salga esto. Una es que termine aquí, en las próximas dos o tres horas, y entonces mañana por la mañana tú te vas a tu casa y a las once estás firmando en un juzgado, y esto lo sabemos tú y yo y nadie más en el mundo.
—¿Y la otra?
—La otra es que dentro de dos horas te tome la tensión, te vea la cara y llame yo. —Baja la mano—. Y entonces habrás pasado dos horas más en el suelo de este cuarto y llegarás dos horas peor.
No dicen nada.
Abajo, un domingo por la noche en Bravo Murillo suena a muy poco. Un autobús cada cinco minutos. Una moto. Alguien que arrastra un carro de la compra por la acera y las ruedas cogen todas las juntas.
—¿Cuál de las dos es más probable? —dice Clara.
—No lo sé.
—Berta.
—Que no lo sé. —Se inclina hacia delante—. Y esa es exactamente la razón por la que te lo estoy preguntando. Si yo lo supiera no estaríamos teniendo esta conversación: yo cogería el teléfono y ya está.
Clara mira el gotero colgado del pomo.
Piensa en dos cosas y las dos son pequeñas.
Piensa en un pasillo de la planta once de Plaza de Castilla y en una mujer con un portátil que no levantó la vista en veinte minutos. Piensa en dos palabras que aprendió el uno de noviembre a las nueve y dos de la mañana y que no se le han ido desde entonces.
Y piensa en Amparo, que dentro de hora y media va a subir a su casa con un teléfono y una pulsera y va a llamar al timbre.
—¿Tú te estás asustando? —dice.
Berta tarda.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde las tres y media.
—¿Y por qué no me lo has dicho a las tres y media?
—Porque a las tres y media no servía de nada decírtelo.
Clara apoya la nuca en la pared. El gotipo del techo tiene una mancha marrón redonda encima de la ventana, de una humedad de hace años, y le ha estado dando vueltas a de dónde viene desde el mediodía.
—Llama.
Berta no dice nada.
No asiente, no le coge la mano, no le dice que ha hecho bien ni que lo entiende. Se levanta, coge el móvil de la silla, marca el 112 y se va a la puerta del dormitorio, y se queda ahí, de perfil, donde Clara la ve.
—Buenas noches. Necesito una ambulancia en la calle Bravo Murillo, doscientos treinta y uno, cuarto B. No hay ascensor.
Escucha.
—Una mujer de treinta y nueve años. Gestación de veintiuna semanas y cinco días en curso de interrupción, iniciada ayer por la mañana.
Sangrado en aumento desde hace unas seis horas y tensión de diez tres, que hace treinta y seis horas era de once cuatro.
Consciente y orientada. Tiene una vía cogida y suero puesto. No ha comido desde ayer al mediodía.
Escucha otra vez. Se cambia el teléfono de oreja.
—No. No está en ningún centro. Está en un domicilio particular.
Pausa.
—Berta Solans Iriarte.
Pausa.
—No soy familiar. Soy médico.
Y ahí, con esas cuatro palabras, en el pasillo de un piso vacío de Tetuán, a las siete y veinticuatro de la tarde de un domingo, se termina una carrera de veintiséis años.
Berta no cambia la cara.
Deletrea su apellido dos veces. Da su número de colegiada de memoria. Da el nombre completo de Clara y su fecha de nacimiento leyéndolos del DNI que ha dejado encima de la silla, con el número hacia arriba, hace dos horas. Dice que sí a tres cosas y que no a una. Repite el piso.
—Vale. Aquí estamos.
Cuelga.
—Once minutos —dice—. Voy a bajar a abrir el portal, que si no se quedan abajo tocando timbres y perdemos cinco.
—Vale.
—Te voy a dejar sola cuatro minutos. Te vas a quedar donde estás, sentada, y no te vas a levantar aunque te parezca que puedes.
—Vale.
—Y si te mareas, te tumbas de lado ahí mismo, en el suelo, y no intentas llegar a la cama.
—Vale.
Berta recoge el cuaderno de espiral, arranca las hojas escritas y se las mete en el bolsillo de atrás.
—Eso ¿para qué es?
—Para dárselo a ellos cuando suban. —Se pone la chaqueta—. Ahí está todo lo que ha pasado desde ayer a las nueve y media con la hora al lado. Les va a ahorrar veinte minutos y a lo mejor le ahorra algo a alguien.
Se para en la puerta.
—Una cosa. Te van a preguntar quién soy y qué te he dado. Cuéntaselo todo, desde el principio y sin ahorrarte nada. —Se sujeta al marco—. No me protejas. Si me proteges, tardan más en tratarte, y encima queda peor.
—Vale.
—Y a mí ya me da exactamente igual, que acabo de dar mi número de colegiada por teléfono.
Se va.
Clara se queda sola en el suelo del dormitorio de una maestra muerta, con la espalda en la pared y la luz del pasillo encendida, mirando la bolsa de suero colgada de un pomo.
Cuenta las lamas de la persiana. Son treinta y ocho y falta una.
A los seis minutos oye el portal.
Y después los oye subir.
Son cuatro plantas y suben deprisa, de dos en dos, y llevan algo metálico que golpea contra la barandilla en cada rellano, y Clara los va contando por el ruido que hacen al doblar cada vuelta de la escalera.
Primero. Segundo. Tercero.