Hasta que nazca CAPÍTULO 49 · SEMANA 21 5
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CAPÍTULO 49 · SEMANA 21 5

A las tres y cuarto de la mañana, Berta enciende la lámpara pequeña del pasillo y apaga la del techo, y desde ese momento el piso se queda con esa luz que tienen las casas en las que hay alguien enfermo.

Clara ha perdido la hora dos veces.

La primera cree que son las doce y son las dos menos veinte. La segunda cree que llevan mucho rato calladas y han pasado cuatro minutos.

Es la primera vez en su vida que le ocurre una cosa así. Y lo que la asusta no es el dolor: es haberse quedado sin lo único con lo que sabe manejarse.

—Berta.

—Dime.

—¿Qué hora es?

—Las tres y veinte. —No mira el reloj de su padre; lleva mirándolo toda la noche—. Te la voy a ir diciendo yo cada vez que te tome la tensión, así no tienes que preguntar.

—Vale.

—Diez seis.

Lo apunta en el cuaderno de espiral con la hora al lado.

A las cuatro menos cuarto, Clara le pregunta si esto es lo normal.

—¿Qué parte?

—Que dure tanto.

—Es lo normal. —Berta cierra el cuaderno—. Lo que pasa es que la palabra normal aquí no consuela nada. Yo te puedo decir que esto le pasa a mucha gente y sigue siendo tu noche y sigue siendo un domingo.

—Ya.

—¿Quieres que hable o que me calle?

Clara se lo piensa.

—Habla.

Y Berta habla. Cuenta que su madre se compró un coche a los sesenta y dos años, después de cuarenta y un años dando clase en Vallecas, un Ibiza rojo de segunda mano, y que se sacó el carné al tercer intento y que solo lo usaba para ir a Cuenca.

Cuenta que en Cuenca había un hombre y que nunca les dijo nada a sus hijos, y que se enteraron por una vecina en el entierro.

—Y mi hermano se enfadó. Se pasó dos días enfadado.

—¿Y tú?

—Yo me alegré una barbaridad.

A las cuatro y media, Berta cambia la toalla.

Lo hace deprisa y en silencio, con la práctica de quien lo ha hecho miles de veces, y no dice nada mientras lo hace, y en cuanto termina se lava las manos en el baño y vuelve y se sienta.

A las cinco y diez la vuelve a cambiar.

Clara nota la diferencia. No hace falta ser médica para notar la diferencia entre setenta minutos y cuarenta.

—¿Vamos bien?

—Vamos.

—No me has contestado.

—Te he contestado. —Berta coge el cuaderno—. Vamos. Vamos despacio y vamos.

A las seis y cuarenta empieza a entrar la luz por la persiana, que no cierra del todo porque le falta una lama, y en la pared de enfrente aparece una raya blanca que va ensanchándose durante casi una hora.

Clara se pasa esa hora mirándola.

Es la primera vez en dos días que hay algo que se mueve a una velocidad que se puede seguir.

A las ocho, Berta baja a la calle diez minutos y vuelve con dos cafés de máquina de un bar de la esquina y una botella de agua de dos litros.

—Bebe.

—Ya he bebido.

—Bebe más. Y esto es una orden y no una sugerencia.

A las nueve y veinte le toma la tensión y esta vez no dice el número hasta que Clara se lo pregunta.

—Diez cuatro.

—¿Y eso?

—Es baja para ti.

—¿Cuánto de baja?

—La suficiente para que yo esté mirando el reloj cada veinte minutos en vez de cada hora.

A las diez y media, Berta saca de la bolsa que hay debajo de la cama un equipo de suero y cuelga la bolsa del pomo de la puerta del armario.

Se queda ahí, colgando de un pomo de madera de los años sesenta, encima de una silla de comedor, con el tubo cayendo en una curva hasta el brazo de Clara y medio metro sobrando.

Clara la mira durante bastante rato.

Es la cosa más equivocada que ha visto en su vida y no sabría explicar por qué. No el hule azul, ni las toallas, ni el calendario de 2029 abierto por marzo en la cocina. Una bolsa de suero colgada de un pomo.

—Eso lo tenías desde el principio.

—Eso lo tengo desde ayer a las siete de la mañana. —Berta le sujeta el brazo con el pulgar mientras ajusta el ritmo—. Y lo iba a poner de todas maneras, con esto o sin esto, porque llevas veintiséis horas sin comer y bebiendo solo agua.

—Vale.

—Y ahora no me preguntes si te lo pongo porque estás peor, porque no te lo voy a contestar y te vas a pasar media hora dándole vueltas.

—Vale.

—Y sí, estás un poco peor. Ya te lo he contestado.

A la una del mediodía, Clara le pide el teléfono de teclas.

—¿A quién quieres llamar?

—A nadie.

—Entonces.

—Quiero saber la hora en un sitio que no seas tú.

Berta se lo da sin discutir. Clara lo enciende, espera los catorce segundos del arranque, ve que son las trece y cuatro, lo apaga y se lo devuelve.

—¿Y qué? —dice Berta.

—Que llevabas razón.

A las dos y media, Berta deja de hablar de su madre.

Es una cosa muy pequeña y Clara la registra igual que registró lo de las toallas.

Llevan desde ayer a la una hablando de la maestra de Vallecas, del curso de encuadernación, del hermano, del Ibiza rojo, del hombre de Cuenca.

Y a las dos y media Berta deja de contar cosas, se queda sentada en la silla mirando el reloj de su padre, y cada poco se levanta a hacer algo que no hace ninguna falta hacer: recoloca el hule, mira la bolsa del suero, abre y cierra el cuaderno.

A las tres y veinte le toma la tensión.

A las tres y cuarenta se la vuelve a tomar.

—Berta.

—Dime.

—Me la acabas de tomar.

—Ya.

Se queda con el manguito en las manos, doblándolo y desdoblándolo, y al final lo deja encima de la cama.

—Te voy a decir dónde estamos —dice—. Bien dicho, sin cuentos, porque me parece que te lo debo y porque tú eres de las que prefieren saberlo aunque sea peor.

—Dilo.

—Yo sé perfectamente lo que estoy viendo. Sé lo que tienes, sé más o menos por dónde va, y sé que lo que está pasando entra dentro de lo que puede pasar. Eso es verdad y no te lo estoy dulcificando.

—Vale.

—Lo que no sé es lo que va a pasar en la próxima hora.

—Eso no lo sabe nadie.

—No. —Berta la mira—. En un hospital sí. En un hospital te sacan un tubo, lo mandan abajo y en veinte minutos tienen un número que dice si esto va por donde tiene que ir o si se está yendo. Y yo ese número no lo tengo. Yo tengo un aparato de tensión, un reloj de mi padre y la cara que pones tú.

—¿Y qué cara pongo?

—La de alguien que lleva treinta horas sin dormir.

—¿Eso es bueno o malo?

—Eso es lo que hay.

A las cinco menos cuarto vuelve a cambiar la toalla, y esta vez Clara no le pregunta cuánto ha pasado desde la anterior.

Y esa es su manera de saberlo.

A las cinco y veinte, Berta hace una cosa que no ha hecho en dos días.

Se saca el móvil del bolsillo trasero del pantalón, lo desbloquea, comprueba la batería y lo deja encima de la silla, al lado del reloj y del cuaderno.

Boca arriba.

—¿Dónde tienes el DNI? —dice.

Clara tarda un segundo en contestar.

—En el bolso.

—¿Y el bolso?

—En la entrada.

Berta se levanta, va a la entrada y vuelve con él.

Saca la cartera, saca el documento, mira la foto un momento sin comentarla, y lo deja encima de la silla, entre el reloj y el móvil, con el número hacia arriba.