Hasta que nazca CAPÍTULO 48 · SEMANA 21 4
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CAPÍTULO 48 · SEMANA 21 4

Álex se va a las siete y veinticinco.

Se pone la chaqueta en el pasillo, coge el táper de la nevera, se guarda el móvil en el bolsillo de dentro y le dice que no lo espere para comer el domingo, que va a llegar reventado y que se va a meter en la cama hasta las cinco.

En la puerta se para.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Has dormido fatal. Te he oído levantarte dos veces.

—He dormido fatal.

Le pone la mano en el hombro dos segundos, dice hasta mañana y baja por la escalera, porque a esa hora el ascensor lo tienen los del cuarto.

A las ocho y cuarto llama Amparo al telefonillo.

Sube y no entra. Se queda en el rellano con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos, y ni siquiera se limpia los pies en el felpudo, que es lo primero que hace siempre.

Clara le da el móvil y la pulsera.

Amparo se sube la manga izquierda del abrigo y del jersey y se la pone ella misma, ajustándose el broche con dos dedos, muy deprisa, igual que se lo ajustó a Clara el tres de octubre en la mesa de la cocina.

—¿Va?

—Va —dice Clara.

—Vale.

Se baja la manga y se estira el puño del abrigo.

—El domingo por la noche te lo llevo a tu casa. A las nueve.

—Vale.

—Y si a las nueve del domingo tú no estás, yo llamo a la unidad y digo que me he encontrado la pulsera puesta y que no sé cómo ha podido pasar. —Lo dice deprisa, mirando el felpudo—. Y quedo como una imbécil. Pero quedo como una imbécil y no como otra cosa.

—Está bien pensado.

—Llevo dos noches pensándolo.

Se queda un segundo más en el rellano.

—Come algo antes.

—Ya he desayunado.

—¿Qué has desayunado?

—Dos tostadas y un plátano.

—Vale.

Y se va. Llama al ascensor, se mete y no espera a que Clara cierre la puerta.

El piso de Bravo Murillo es un cuarto sin ascensor y las escaleras tienen los peldaños de mármol gastados por el centro, con esa curva que hacen ochenta años de gente subiendo por el mismo sitio.

Clara sube con una bolsa de tela al hombro. Dentro hay seis toallas viejas, dos bolsas de basura negras, una muda, una botella de agua de litro y medio, un paquete de galletas que ha metido sin pensar y el teléfono de teclas.

Le abre Berta con un jersey gris, unos vaqueros y las gafas colgando del cuello de una cadena.

El piso huele a cerrado. A cerrado y a estufa recién encendida, que es olor a polvo quemándose.

Es pequeño y está entero, con todos los muebles puestos, con las seis sillas del comedor rodeando una mesa camilla igual que la de la casa de Berta pero con el mantel más viejo y con una quemadura de plancha en una esquina.

Hay un aparador con los platos dentro, colocados de canto.

Hay un calendario de una caja de ahorros de 2029 colgado en la cocina, abierto por marzo.

La nevera está desenchufada, con la puerta sujeta con un trapo enrollado para que no crie.

—Está frío. He puesto la estufa a las siete y tarda una hora larga. —Berta cierra con dos vueltas—. Trae eso.

Coge la bolsa y se lleva las toallas al baño.

—¿Vienes aquí alguna vez? —dice Clara desde el pasillo.

—Cada dos meses, a abrir las ventanas y a que corra el agua por las tuberías. —Sale del baño secándose las manos en los vaqueros—. Se murió en el veintinueve y llevamos tres años sin ponernos de acuerdo mi hermano y yo. Él lo quiere vender y yo no. Y ninguno de los dos sabe explicar por qué.

En el dormitorio hay una cama de matrimonio con la colcha quitada y doblada en una silla, una sábana bajera limpia puesta y encima un hule azul de los de mesa.

Berta ha traído una silla de la cocina y la ha puesto al lado de la cama.

Encima hay un tensiómetro, un fonendo, un cuaderno de espiral, un bolígrafo y un reloj de pulsera de hombre, de esos de aguja con la correa de piel, que no lleva en la muñeca sino que ha dejado ahí, boca arriba, para poder verlo.

Hay más cosas en una bolsa en el suelo, junto a la pata de la cama, y Clara no las mira.

—Siéntate un momento, que te tomo la tensión antes de nada.

—Once seis.

—Ya me lo dirás tú cuando tengas el aparato puesto.

Once cuatro.

Berta lo apunta en el cuaderno de espiral y escribe la hora al lado: 9:38.

—Voy a apuntarlo todo —dice—. Tensión, pulso, lo que pase y a qué hora pasa.

Y sí, ya sé que eso es un papel con mi letra que me puede meter en la cárcel, y lo voy a hacer igual.

Por dos razones: porque llevo veintiséis años haciéndolo y porque si en algún momento hay que llamar a una ambulancia quiero poder decirles algo más que «pues no sé, lleva desde por la mañana».

—Vale.

—Y una cosa que te va a parecer una tontería y no lo es. —Se sienta en el borde de la cama—. Esto no va a empezar a pasar ahora. Esto tarda. Y las primeras horas no vas a notar nada, y eso es normal, y no significa que salga mal ni que haya que hacer nada distinto.

—¿Cuánto es tardar?

—Puede ser toda la mañana. Puede ser hasta media tarde.

—Vale.

—Y tú eres de las que necesitan mirar la hora. —Señala la silla con la barbilla—. Ahí tienes el reloj de mi padre y está en hora, que lo he puesto esta mañana con el móvil.

Empieza a las diez menos veinte.

No dura nada. Es rapidísimo y es sorprendentemente poco, y cuando termina Berta apunta la hora en el cuaderno y le dice que se tumbe un rato si le apetece, y Clara se tumba y a los diez minutos se levanta porque no puede estar tumbada.

Y entonces empieza lo que no se puede apuntar en un cuaderno, que son cinco horas de nada.

A las once, Clara ha contado las baldosas del pasillo, que son ciento cuatro enteras y dieciséis cortadas, y ha visto que el rodapié del dormitorio tiene una junta abierta en la esquina de la ventana por la que ha entrado humedad y ha levantado la pintura en un semicírculo de veinte centímetros, y ha calculado que eso viene de la terraza de arriba y no del bajante.

A las doce y veinte se ha bebido media botella de agua y Berta le ha dicho que siga.

A la una, Berta le toma la tensión otra vez, la apunta, se va a la cocina y vuelve con dos platos: un sándwich que ha traído de su casa envuelto en papel de aluminio y una manzana partida en cuatro.

—Come.

—No tengo hambre.

—Ya lo sé. Come.

Comen sentadas en la cama, con el hule debajo, y Berta habla de su madre.

Cuenta que fue maestra en Vallecas cuarenta y un años y que se jubiló y a los dos meses se apuntó a un curso de encuadernación, porque no sabía estar sin tener que ir a un sitio a una hora.

Cuenta que las dos estanterías de libros del pasillo de su casa son de aquí, y que las subió ella sola en cuatro viajes en un fin de semana.

Cuenta que la última vez que su madre estuvo lúcida le dijo que no se le olvidara pagar la comunidad.

—Y le dije que sí. Y luego me pasé un año pagando la comunidad de un piso vacío antes de acordarme de por qué la pagaba.

—Berta.

—Dime.

—¿Tú tienes miedo?

—Muchísimo.

Lo dice sin dramatizarlo, mordiendo la manzana.

—¿De lo de la cárcel?

—De eso también, y no poco. —Se limpia la boca con el papel de aluminio—. Pero ahora mismo, sentada aquí contigo comiendo un sándwich, de lo que tengo miedo es de las tres de la mañana.

A las cuatro y veinte, Clara nota lo primero.

Es un tirón bajo, de los que ella ya conocía de otra cosa pero más grande y más largo, y dura medio minuto y se va del todo.

Se lo dice. Berta mira el reloj de su padre y lo apunta.

—Bien —dice—. Vamos.

A las cinco vuelve y ya no es medio minuto.

A las seis y media, Clara está andando por el pasillo de un piso vacío de Bravo Murillo, de la cocina al dormitorio y del dormitorio a la cocina, ciento veinte baldosas de ida y ciento veinte de vuelta, parándose cada pocos minutos a apoyar las dos manos en el aparador de los platos y a esperar.

A las ocho, Berta le toma la tensión sentada en la silla de la cocina y tarda más de lo normal en soltar el velcro.

—Once dos.

—¿Eso es malo?

—Eso es normal. —Lo apunta—. Te la voy a tomar cada hora, y cada vez que te la tome vas a pensar que pasa algo. No pasa nada. Es que se toma cada hora y ya está.

A las nueve y diez, Clara está sentada en el suelo con la espalda contra la pared del dormitorio, entre la cama y la ventana, porque en el suelo se está mejor y porque el suelo está frío.

—Berta.

—Dime.

—¿Y si vamos ahora?

Berta deja el cuaderno en la silla.

—¿A un hospital?

—Sí.

—Nos van a atender. —No tarda nada en contestar; lo tiene pensado desde hace días—.

Eso lo primero, y es verdad, y no te lo voy a maquillar.

Entras por urgencias, cuentas lo que quieras contar, y no te van a dejar así.

Te ingresan y lo terminan, porque una vez que esto está en marcha hay que terminarlo.

Y ahí dentro lo van a hacer muchísimo mejor de lo que lo voy a hacer yo aquí, con luz, con vía cogida y con gente.

—Ya.

—Y después van a hacer dos llamadas. —Se quita las gafas—. Una al juzgado, porque tú tienes una gestación con protección judicial y un auto de medidas de hace cuatro días, y eso salta en cuanto teclean tu número de historia. Y otra a la unidad.

—Ya.

—Y el lunes por la mañana tú no vas a estar en ese juzgado firmando. Vas a estar en una cama, con lo tuyo ya hecho, y con alguien en el pasillo sabiendo exactamente dónde estás.

Clara mira el rodapié levantado de la esquina de la ventana.

—¿Y tú qué harías?

—Yo a eso no te voy a contestar.

—Berta.

—Que no te voy a contestar. —Vuelve a coger el cuaderno—. Yo he puesto una condición esta tarde y la mantengo: si en algún momento yo digo que llamamos, llamamos. Y ahora mismo yo no lo estoy diciendo.

Se hace un silencio. Abajo, en Bravo Murillo, pasa un autobús y hace temblar el cristal de la ventana, que está mal calzado y lleva mal calzado desde antes de que se muriera la maestra.

—¿Qué hora es? —dice Clara.

Berta mira el reloj de su padre.

—Las nueve y veinte.

—Vale.

Se recoloca contra la pared, con las rodillas dobladas y las palmas apoyadas en el suelo.

—¿Puedes dejar la luz del pasillo encendida?

—Ya está encendida.

—Vale.