CAPÍTULO 47 · SEMANA 21 3
Hay libros en el pasillo, en dos estanterías de módulos que llegan hasta el techo y que están dobladas por el peso en el estante de en medio.
Hay una mesa camilla en el salón con un mantel de cuadros y un brasero eléctrico debajo.
Y en el mueble hay tres fotos de la misma chica en tres épocas distintas: con nueve años, con quince y con veintitantos.
—Es mi hija. Está en Utrecht acabando un máster. —Berta cierra la puerta con dos vueltas—. Que no es Ámsterdam, pero está a media hora en tren.
—Ya.
—Se me ha ocurrido esta mañana en la ducha y me ha parecido de un mal gusto tremendo. Pasa.
Se sientan a la mesa camilla. Berta ha hecho café y no lo sirve.
—Voy a hacerlo —dice.
Clara no contesta.
—Y ahora te voy a explicar todo lo que eso no significa, porque si sales de aquí pensando que te he resuelto el problema, me vas a odiar el domingo y con razón.
—Vale.
Berta se echa hacia atrás y se cruza de brazos.
—Yo no te puedo dar un hospital. —Lo dice mirándola de frente y sin parpadear—.
Eso es lo primero y es lo único importante de esta conversación.
Donde vamos a estar no hay quirófano, no hay banco de sangre, no hay anestesista, no hay oxígeno y no hay un timbre que llame a nadie.
Hay una mujer de cincuenta años con un fonendo, un tensiómetro y treinta años de oficio.
—Ya.
—No, ya no. —Se inclina hacia delante—. Escúchame esto bien, porque es lo que quiero que te lleves de aquí: si a ti te pasa algo, lo único que yo voy a poder hacer es llamar a una ambulancia.
Eso es todo. No hay una segunda cosa. No tengo un plan B, ni una amiga cirujana, ni un maletín, ni nada de lo que sale en las series.
—Vale.
—Y una ambulancia tarda entre ocho y catorce minutos, y hay días que veinte, y a un cuarto sin ascensor tardan más porque suben andando.
—¿Cuánto dura? —dice Clara.
—No lo sé. —Berta abre las manos—. Y eso también te lo tengo que decir. Puede ser una tarde y puede ser día y medio. Depende del cuerpo, y del tuyo yo esto no lo sé, porque no has parido nunca y en un primer embarazo se tarda más.
—Ya.
—Y no te voy a explicar nada más de lo que va a pasar, porque no te va a servir para nada saberlo por adelantado y porque lo único que vas a hacer es meterte esta noche en internet a las tres de la mañana y leer las peores diez historias que haya escrito nadie.
—Coge la cucharilla y la deja—. Yo te voy a ir diciendo las cosas cuando pasen y en el orden en que pasen.
—Vale.
Se levanta y por fin sirve el café, dos tazas. Le echa azúcar a la suya y remueve mucho más rato del necesario.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dice Clara.
—Dime.
—El veintinueve de septiembre me dijiste que no.
—Sí.
—Y en noviembre me lo dijiste otra vez, en tu consulta, un sábado sin calefacción, con un folio y cuatro rectángulos.
—También.
—¿Qué ha cambiado?
Berta deja la cucharilla en el plato.
—No ha cambiado la ley —dice—. Eso lo primero.
La ley es exactamente la misma que el veintinueve de septiembre, y lo que yo voy a hacer mañana está en el artículo ciento cuarenta y cinco del Código Penal, y son de uno a tres años de prisión e inhabilitación especial de tres a seis.
Me lo he leído esta semana cuatro veces.
Me lo sé de memoria. No me estoy contando ningún cuento a mí misma y no quiero que tú te lo cuentes tampoco.
—Ya.
—Lo que ha cambiado soy yo, que es distinto y es peor.
—Coge la taza y no bebe—. En septiembre tú tenías una vía legal y mi trabajo era abrírtela.
Y te la abrí en quince minutos y sin preguntarte nada, y me la cerraron a las veinticuatro horas desde una pantalla.
Y yo me dije: bueno, esto se arreglará por donde tiene que arreglarse, para eso hay abogados y juzgados.
—Y no se ha arreglado.
—No es eso. Yo llevo cincuenta años viendo cómo no se arreglan las cosas y no me voy a la cárcel por eso. —Deja la taza—. Lo que pasó es que tú me enseñaste un papel con una hora.
Clara la mira.
—Yo llevo veintiséis años firmando consentimientos —dice Berta—.
Yo firmo cuatro al día. Yo me paso la vida diciéndole a la gente: esto lo tienes que firmar tú, y si no lo entiendes no lo firmes, y si lo firma otro por ti no vale nada.
Eso es lo que hago. Eso es lo que hay debajo de todo lo demás que hago.
—Ya.
—Y va y alguien firma por ti a las siete cuarenta y uno de la mañana mientras tú vas conduciendo por la Castellana.
—Se le pone la voz un punto más baja—. Y después un comité de tres personas mira ese papel y escribe que es facialmente válido.
Y después un juez que no es tonto ni es malo lee ese mismo papel y mantiene una gestación durante dos meses.
Se quedan calladas.
—Y yo el lunes tengo que ir a mi consulta a las ocho y media y decirle a una señora de setenta y ocho años que firme aquí, que es para su bien.
—Berta.
—Yo no estoy haciendo esto porque piense que tú tienes derecho a decidir —dice—. Eso lo pienso, y lo pensaba en septiembre, y en septiembre te dije que no y te habría dicho que no cuarenta veces.
—Entonces por qué.
—Porque si lo que te han hecho a ti sale gratis, yo no vuelvo a saber lo que estoy firmando en mi vida.
Bebe por fin el café, que ya está templado, y hace una mueca.
—Y ahora te voy a decir la parte fea —añade—, que es la que no le voy a contar a nadie nunca.
—Dila.
—He llamado a dos personas esta semana. Una es una compañera de Barcelona que sabe muchísimo más que yo de esto, y estuve hora y media con ella al teléfono el miércoles por la noche buscando la manera de que hubiera una indicación médica.
Cualquier cosa. Una tensión, una analítica, un dato.
Algo que me permitiera hacer esto por la puerta.
—¿Y?
—Y no lo hay. Y me dijo que no me metiera, y me lo dijo tres veces, y a la tercera me llamó imbécil. —Se encoge de hombros—. Y tiene razón, y es amiga mía desde primero de carrera, y no le voy a contar nunca lo que pasó el sábado.
—Berta.
—Y te voy a decir otra cosa peor todavía.
—La mira—. Yo preferiría que no me lo hubieras pedido.
Llevo desde el jueves por la noche deseando que suene el teléfono y que seas tú diciéndome que lo has pensado mejor.
Y no me da ninguna vergüenza decírtelo, porque tengo cincuenta años, y una hipoteca hasta 2039, y una hija estudiando fuera que me llama los domingos.
—Vale.
—Vale.
Beben lo que queda del café.
—Condiciones —dice Berta—. Son tres y no se negocian y si no te vale alguna, me lo dices ahora y no pasa nada.
—Dime.
—Una: no en tu casa. Ni en tu casa ni en esta. Tengo el piso de mi madre en Tetuán, en Bravo Murillo, vacío desde el veintinueve. Es un cuarto sin ascensor, tiene agua caliente y tiene una estufa que funciona.
—Vale.
—Dos: vas sola, no se lo dices a nadie, y no llevas encima nada que se localice. Ni el móvil bueno, ni el reloj, ni tarjetas. Y no coges tu coche.
—Vale.
—Y tres. —Berta apoya los dos codos en la mesa—. Si yo digo que llamamos, llamamos. No lo discutimos, no me pones cara, no me pides cinco minutos. Yo levanto el teléfono y llamo, y tú te callas.
Clara tarda.
—Vale.
—Repítemelo.
—Que si tú dices que llamamos, llamamos.
—Bien. —Berta se recuesta—. Y te lo digo porque va a llegar un momento en el que tú vas a estar pensando en el lunes y en un juzgado, y yo voy a estar mirando otra cosa.
Recoge las dos tazas y se lleva la cucharilla dentro de una de ellas, y desde la cocina, sin subir la voz, le dice la calle y el número y el piso, y que llame al telefonillo del cuarto B, que es el que no tiene nombre en la placa.
Cuando Clara se levanta para irse, Berta la acompaña por el pasillo de los libros.
—¿Tú qué le vas a decir a tu hija? —dice Clara.
—Nada.
—¿Nunca?
—Nunca. —Abre la puerta—. Y esa es una de las cosas que me van a joder, y ya la tengo asumida, así que no te pongas ahora a arreglármela.
—Vale.
—Mañana desayuna. Fuerte. Lo que te apetezca y mucho, que después no vas a querer nada.
—Vale.
—Y bebe agua desde esta noche.
Cierra la puerta antes de que Clara llegue al ascensor.