CAPÍTULO 46 · SEMANA 21 3
Amparo llega el viernes a las nueve en punto y no saca la tableta.
Saca el manguito, le toma la tensión, la apunta en el papel y deja la carpeta cerrada encima de la mesa, con el bolígrafo enganchado en la espiral.
—Once seis. ¿Has dormido?
—Cuatro horas.
—Ya. —No lo apunta—. ¿Desde el jueves?
—Desde el jueves.
Amparo se sirve un vaso de agua sin preguntar, que no lo ha hecho nunca en dos meses, y se sienta.
Clara tiene una pregunta preparada desde anoche. La ha escrito, la ha reescrito y se la ha aprendido, y aun así tarda dos minutos en decirla, y cuando la dice le sale con la voz de dar instrucciones en obra.
—Amparo, una cosa técnica.
—Dime.
—Si yo me quito la pulsera un fin de semana entero, ¿qué pasa exactamente?
Amparo bebe agua. Deja el vaso en la mesa y lo mueve dos centímetros.
—A las cuatro horas sin datos salta un aviso de nivel uno, que es el mismo que salta si te la dejas cargando y te vas a la compra. Ese lo cierra cualquiera de la unidad desde el móvil poniendo una causa de una lista de ocho.
—¿Cuáles son las ocho?
—Carga, ducha, olvido, incidencia técnica y cuatro más que no me sé porque siempre pongo olvido.
—Vale.
—A las doce horas salta el dos. El dos ya no lo cierra cualquiera: te llaman a ti. Y si no coges, llaman al contacto de la ficha.
—¿Quién está en mi ficha?
—Tu marido.
—¿Se puede cambiar?
—Se puede pedir. —Amparo la mira—. Y se tarda tres semanas y queda escrito que lo has pedido.
—Vale.
—A las veinticuatro horas salta el tres.
—Habla despacio y sin adornos, como quien explica el funcionamiento de un termostato—.
El tres es visita domiciliaria no programada.
Un sábado eso lo lleva la guardia, que es una compañera sola para toda la zona norte y sale desde Tetuán, y tarda entre dos y cinco horas en presentarse, y a veces no va y llama por teléfono y lo apunta como visita.
—¿Y si no abro?
—Si no abres, se pone en el informe. Y con lo que tú tienes encima ahora mismo, ese informe está encima de una mesa de un juzgado el lunes por la mañana a primera hora.
—Ya.
—Y el lunes por la mañana tú tienes que estar en ese juzgado firmando.
—Entre las nueve y las dos.
—Entre las nueve y las dos. —Amparo se recoloca en la silla—. Total, que si te quitas la pulsera un sábado por la mañana temprano, tienes hasta el domingo a mediodía antes de que llamen a esta puerta, y hasta el lunes a las dos antes de que se acabe todo del todo.
Ninguna de las dos habla.
En el patio de manzana, alguien está taladrando en el bloque de enfrente y lleva desde las nueve menos cuarto.
—¿Cuándo? —dice Amparo.
Clara levanta la cabeza.
—¿Cuándo qué?
—No me hagas eso, cariño. Llevas cinco minutos preguntándome unos horarios que no le sirven para nada a nadie si no es para eso.
Clara mira la mesa.
—Mañana.
Amparo asiente una vez, despacio, y se queda un momento mirando el vaso de agua.
—Vale —dice—. Ahora te voy a decir yo unas cuantas cosas y me vas a dejar decirlas todas seguidas sin interrumpirme, porque si me interrumpes me lío y me dejo la mitad.
—Vale.
—La primera es la tuya. —Levanta un dedo—.
Tú estás de veintiuna semanas y tres días.
Eso no es lo de las ocho semanas y una pastilla y una tarde en el sofá.
Eso son horas, y a lo mejor día y medio, y hay dos cosas que se pueden torcer y una de ellas se tuerce deprisa.
Y donde sea que vayas a estar no va a haber banco de sangre, ni un quirófano al lado, ni un anestesista.
Y eso yo lo he visto. Yo he estado veinte años en planta y he visto lo que pasa cuando se tuerce y hay que correr por un pasillo empujando una cama. Y ahí no va a haber pasillo.
—Lo sé.
—Te he dicho que no me interrumpas.
—Perdona.
—La segunda es la tuya también. —Segundo dedo—.
Aunque salga todo bien, tú estás quebrantando una medida cautelar de un juzgado, y estás haciéndote una interrupción fuera de los supuestos, y las dos cosas tienen consecuencias distintas.
La primera es de las gordas. La segunda es de multa, pero es de multa y de antecedentes y de que salga tu nombre en un papel para siempre.
—Lo sé.
—La tercera es la mía. —Tercer dedo—. Si yo hago lo que tú me vas a pedir, y se sabe, a mí me quitan la licencia.
No me riñen, no me cambian de unidad, no me mandan a Vallecas: me inhabilitan.
Treinta y un años y se acabó. Y encima, según cómo lo lea un fiscal, yo salgo de cooperadora en lo tuyo, y eso no es una multa.
—Amparo, yo no te voy a pedir—
—Sí que me lo vas a pedir. —Lo dice sin ninguna dureza—. Me lo vas a pedir dentro de dos minutos, cuando llegues a la parte en la que te des cuenta de que la pulsera tiene que seguir dando datos y de que sin un teléfono al lado la pulsera no sube nada.
Clara no dice nada.
—Ya —dice Amparo—. Pues eso.
Se levanta, aclara el vaso, lo pone boca abajo en el escurridor y le da la vuelta al final para que no se quede con agua dentro.
—Yo mañana me la llevo. La pulsera y tu móvil. —Habla de espaldas, mirando la ventana—. Me la pongo yo. Y me quedo el sábado y el domingo en mi casa con la tele puesta, que es lo que iba a hacer de todas maneras porque este fin de semana no me toca el niño.
—Amparo.
—Y el domingo por la tarde bajo a comprar y doy tres mil pasos, que es lo que das tú, ni uno más. —Se vuelve—. Y el domingo a las nueve de la noche te lo llevo a tu casa, esté como esté la cosa. Porque el lunes a las nueve tienes que estar en un juzgado y no puedes estar en un juzgado sin teléfono.
Clara se ha quedado con las dos manos encima de la mesa.
—¿Por qué?
—Porque me lo has pedido.
—No te lo he pedido.
—Pues porque me lo ibas a pedir.
—No. —Clara la mira—. ¿Por qué?
Amparo coge la carpeta y se la pone debajo del brazo. Tarda bastante en contestar.
—Por la segunda —dice.
—¿La segunda?
—La de 2030. La que decía que no había firmado. —Se ajusta la correa del bolso—. Esa parió en marzo de 2031, en el Doce, un jueves por la mañana. Y yo estuve allí, porque me tocaba, y le cogí la mano, y salió todo bien. Cuarenta y una semanas y tres kilos doscientos.
—Amparo.
—Y esto no arregla eso. —Lo dice deprisa, cortándola, y levanta la mano—.
Que quede clarísimo, porque no lo voy a repetir y no quiero que te hagas una idea rara de mí.
Lo que yo haga mañana no le devuelve nada a esa mujer.
Ella sigue estando donde está, y yo sigo habiendo escrito lo que escribí en su hoja, y eso está en un expediente y lo va a leer alguien algún día.
—Ya.
—Yo mañana no me voy a quedar tranquila. Ni mañana ni el lunes ni en marzo.
—Entonces por qué.
—Porque a esa no la ayudé. —Se pone el abrigo y se abrocha el segundo botón—. Y porque tú me lo has preguntado a la cara, en tu cocina, mirándome, y a esa yo no le pregunté nada nunca.
Va hacia el pasillo y se para antes de llegar a la puerta.
—Mañana vengo a las ocho y cuarto. ¿A qué hora se va tu marido?
—Tiene guardia. Se va a las siete y media y no vuelve hasta el domingo a las ocho de la mañana.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Perfecto para lo que estamos hablando, Clara, no me hagas decirlo de otra manera. —Se queda un momento pensando, con la mano en el picaporte—. ¿Tienes toallas viejas?
Clara levanta la vista.
—¿Toallas?
—Toallas que no te importe tirar. Y una bolsa de basura de las gordas, de las negras. —Abre la puerta—. Llévate seis. Y de las que no te importen de verdad, ¿eh? No cojas las buenas por vergüenza, que eso lo hace todo el mundo y luego es peor.