Hasta que nazca CAPÍTULO 45 · SEMANA 21 2
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CAPÍTULO 45 · SEMANA 21 2

Clara lo sabe porque a las diez y cuarto está en la cocina, de pie, con un café en la mano y la vista en el reloj del horno, y se le ocurre pensarlo y luego no consigue dejar de pensarlo durante veinte minutos.

A las diez y veinte, Iris publica.

Son tres párrafos y no hay vídeo.

El domingo escribí que a la mujer que lleva ese embarazo le habían pedido permiso y que ella dijo que sí.

Era mentira. Yo no lo sabía cuando lo dije, y lo dije porque me lo dijeron en el centro, y porque me enseñaron un papel doblado que no leí y una pantalla que no entendí, y porque preferí no comprobarlo.

He visto los documentos. Esa mujer no dio permiso para nada, y la firma que hay en ese papel se hizo un día y a una hora en la que ella iba conduciendo por Madrid.

He pedido cita para declarar ante el fiscal.

Voy a declarar todo lo que sé, incluido quién me lo dijo y quién estaba delante, y voy a dar los nombres.

Mi hija sigue en el Programa.

Debajo, nada más. Ni explicación, ni disculpa larga, ni petición de nada.

En cuatro horas tiene once mil comentarios.

Clara no lee ninguno, pero Rocío le manda a las cuatro tres capturas sin ningún texto delante, y en las tres se ve lo mismo, que es exactamente lo que Clara se imaginó a las diez y veintidós de la mañana.

Que los que la defendían el domingo la llaman ahora vendida y comprada y le preguntan cuánto.

Que los que insultaban a Clara en octubre siguen insultando a Clara hoy, con las mismas palabras, sin cambiar ni una coma, porque el argumento no era de Iris y nunca lo fue.

Que hay quien le exige que retire también el tercer párrafo.

Que hay quien le dice que si su hija sigue en el programa entonces la retractación es falsa.

Que hay quien le explica, con mucha paciencia, que ha caído en una trampa.

El texto ya no le pertenece. Le perteneció el domingo, durante seis horas.

Nagore la llama a las cinco.

—Esto es enorme.

—¿Enorme para qué?

—Para lo penal. —Se le nota que lleva la tarde leyéndolo—.

Una testigo que no tiene ningún interés en perjudicar al centro, que hasta el domingo defendía públicamente la continuidad y que la sigue defendiendo hoy, declarando por escrito que le enseñaron un consentimiento que no existía.

Y dando nombres. Eso vale más que veinte informes periciales.

—¿Y para lo mío?

Un segundo.

—Para lo suyo, nada.

—Vale.

—Las medidas siguen. La incorporación sigue. Y el requerimiento del juzgado vencía mañana y esta mañana han pedido prórroga de cinco días.

—El veintisiete.

—El veintisiete.

Clara mira el calendario de la ferretería, que sigue colgado encima de la mesa de la cocina y que sigue sin una sola cosa escrita en ninguna casilla.

—Nagore.

—Dígame.

—¿Usted cree que puede pasar algo entre hoy y el lunes?

Nagore tarda.

—No.

—Gracias.

—Clara.

—Gracias de verdad.

Y cuelga antes de que la otra pueda decir nada más.

Álex llega a las ocho y cuarto y viene con una citación.

La deja encima de la mesa de la cocina sin decir nada, se sirve un vaso de agua y se lo bebe entero de pie, de espaldas al fregadero.

Es un papel del juzgado. Diligencias previas. Comparecencia el cinco de diciembre a las diez. Y hay una palabra al lado de su nombre que Clara no ha visto nunca al lado del nombre de su marido.

—Investigado —dice él.

—Ya lo veo.

—Me lo han dado en el hospital. En personal. —Deja el vaso—. Me han llamado a personal a las cinco de la tarde y me lo han dado allí, con el jefe de servicio delante, porque el jefe de servicio estaba allí por otra cosa.

—Lo siento.

—No lo sientas.

Se sienta. Se queda un rato con las dos manos abiertas encima de la mesa, mirándoselas.

—Ha sido ella —dice.

—Va a declarar.

—Ha pedido cita y ha dicho que va a dar nombres. Lo ha puesto por escrito, en internet, para que lo lea todo el mundo. —Levanta la cara—. Yo esto no lo entiendo, Clara. Yo de verdad que no lo entiendo.

—¿El qué?

—Que sea ella.

Y no hay rabia en la voz, y eso es exactamente lo que a Clara le resulta insoportable.

—Es que todo lo que he hecho yo, todo, desde noviembre del año pasado, lo he hecho por esa niña. Todo. Y la que me pone el nombre delante de un fiscal es su madre.

—¿Y qué esperabas?

—No lo sé. —Se frota los ojos con el pulgar y el índice—. Que lo entendiera alguien.

Se hace un silencio largo.

—¿Cómo está? —dice Clara.

—¿Quién?

—La niña.

Álex la mira sorprendido, porque llevan cinco semanas sin que ella pregunte eso y porque la última vez que preguntó fue en un pasillo.

—Está en seis días.

—¿Qué es seis días?

—Que le están transfundiendo cada seis. En octubre era cada nueve. —Mira el vaso—. Es lo que hay hasta que se decida algo.

—¿Y no se ha decidido?

—El lunes la unidad de trasplante quería empezar a prepararme a mí. Tienen sitio para el ocho de diciembre y me lo habían apartado. —Se le quiebra un poco y lo corrige—. Y ella ha dicho que no.

—¿Iris ha dicho que no?

—Ha dicho que no a lo mío y ha dicho que no al del registro. El del registro está reconfirmado desde el martes, con las pruebas hechas y todo, esperando. Y ella ha dicho que espera.

—¿Espera a qué?

Álex no contesta.

Cena poco, mira el móvil dos veces y se acuesta a las diez y media.

A las once y veinte, Clara se pone el abrigo y baja a la calle.

No sale a andar: eso lo ha hecho a las siete, como todos los días, y la aplicación ya se lo ha premiado con un círculo verde y una frase sobre la constancia.

Baja hasta el final de Cartagena, cruza y se mete por una calle lateral, y se para debajo de una farola apagada, entre un contenedor de papel y la persiana de una tienda de recambios.

Saca del bolsillo interior el teléfono de teclas.

Lo enciende. Tarda catorce segundos y hace un sonido de arranque que suena a dos mil diez.

Después saca del otro bolsillo el volante de derivación de Berta Solans, que ya está blando por los dobleces, con el borde deshilachado y con cuatro fechas escritas al dorso y una tachada.

En el anverso, escrito a mano en septiembre encima del sello del centro de salud, hay un número de teléfono.

Clara lo marca despacio, con el pulgar, comprobando cada cifra antes de pasar a la siguiente.

Da tres tonos.

—¿Sí?

—Berta. Soy Clara.

—¿Clara? Este número no me…

—Es un teléfono nuevo. —Se aparta un paso de la farola, hacia la sombra—. Necesito preguntarte una cosa y necesito que no quede en ningún sitio.