Hasta que nazca CAPÍTULO 44 · SEMANA 21 0
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CAPÍTULO 44 · SEMANA 21 0

La cafetería del Doce a las seis y diez de la tarde tiene la mitad de las mesas ocupadas y una televisión encendida sin sonido en la esquina, con los subtítulos puestos y tres segundos de retraso.

Clara lleva cuarenta minutos sentada junto a la cristalera, en la misma mesa de octubre, con una infusión que se ha quedado fría hace media hora.

Ha depositado el pasaporte esta mañana a las nueve y veinte, en una ventanilla, y le han dado un resguardo con un sello y le han dicho que el lunes que viene tiene que venir a firmar entre las nueve y las dos.

A las seis y veintitrés, Iris entra por la puerta del pasillo.

La ve enseguida. Se para en seco a cuatro metros.

Después va a la máquina, saca un café, vuelve y se sienta enfrente sin quitarse el abrigo.

—Si has venido a que retire lo del domingo, no lo voy a retirar.

—No he venido a eso.

—Porque lo he pensado mucho y lo escribí tres veces y lo que puse es lo que pienso.

—Ya lo sé.

—Y no he dicho tu nombre. Y he borrado a doce.

—Ya lo sé.

Iris sostiene el vaso sin beber.

—Entonces qué.

Clara saca dos folios del bolso y los pone encima de la mesa, uno al lado del otro, girados hacia ella.

—Léelos. Y luego yo me voy y tú haces lo que quieras con ellos.

—Yo esto no lo sé leer.

—Léelos igual.

El primero es la última página del Anexo C, con el recuadro gris del pie.

Iris lo lee. Tarda poco, porque son cuatro líneas y un recuadro.

—Aquí pone tu nombre.

—Sí.

—Y una hora.

—Las siete cuarenta y uno de la mañana del catorce de julio.

—Clara habla como quien lee un acta de replanteo—.

Ese día yo salí de mi casa en coche a las siete y veintiséis y entré en el aparcamiento de la clínica a las ocho y veinte.

Lo tengo con el historial del equipo del coche y con el tique del aparcamiento.

A las siete cuarenta y uno yo iba por la Castellana.

—A lo mejor lo firmaste antes de salir de casa.

—El código para firmar se manda por SMS. —Señala la línea con el dedo, sin tocar el papel—. Ahí pone a qué número llegó. Termina en 384.

—¿Y el tuyo?

—En 106.

Iris lee los tres números otra vez.

—¿Y el 384?

Clara no contesta.

Iris deja el vaso.

—Vale —dice—. Vale.

Se muerde el interior de la mejilla y mira hacia la cristalera, donde no hay nada más que el aparcamiento y una rampa con dos conos, igual que en octubre.

—Esto lo tendrá que decir un juez —dice después.

Y lo dice con la mitad de la fuerza con la que quería decirlo.

—Lo va a decir un juez. En junio, o en octubre del año que viene. —Clara empuja el segundo folio dos centímetros—. Lee el otro.

—¿Qué es?

—Léelo.

Iris lo coge.

Y esta vez sí tarda. Lo lee entero, los cinco puntos, y cuando llega abajo vuelve arriba y lo lee otra vez, más despacio, moviendo los labios sin sonido, que es lo que hace la gente cuando lee algo por segunda vez y no le cuadra.

—Dos de julio.

—Dos de julio.

—Esto es de antes.

—Doce días antes de la transferencia. Y siete antes de la punción. El dos de julio yo llevaba cuatro días pinchándome.

Iris no levanta la vista. Está en el punto cinco.

—¿Qué es una segunda aportación?

—Médula.

Levanta la cabeza.

—No.

—A los dieciocho o a los veinticuatro meses. Si hace falta.

—Eso a mí me dijeron que no.

—Ya.

—Eso a mí me lo preguntaron en junio, en la consulta, delante de la doctora y delante de la de trasplantes.

—Habla más deprisa y se le sube el tono—.

Yo pregunté si iba a hacer falta algo más aparte del cordón, y me dijeron que no, que el cordón y ya está.

Y yo lo pregunté porque no lo quería, Clara.

Yo eso no lo quiero. Yo no quiero que le saquen nada a nadie que no pueda decir que no.

—Vale.

—Y esto lo firma él.

—Sí.

—El dos de julio.

—Sí.

Iris deja el folio encima de la mesa, boca arriba, y pone las dos manos a los lados, sin tocarlo, como si estuviera caliente.

—Yo pregunté dos veces —dice—. En la clínica. En junio, y otra vez en julio, cuando ya estabas embarazada. Pregunté si tú estabas de acuerdo, y me dijeron que sí. Pregunté si constaba, y me dijeron que constaba. Y me enseñaron una pantalla, y un papel doblado por la mitad, y yo vi una firma abajo.

—¿Qué papel?

—No lo sé. Yo vi un papel doblado y una firma. —Se le tuerce la boca—. Y no pedí que me lo dieran. Y no lo desdoblé. Y me fui a mi casa contenta y esa noche le compré a la niña una sudadera.

—Ya.

—Había cosas que preferí no comprobar.

Lo dice sin dramatismo y sin buscarle la cara, mirando la televisión de la esquina, que está dando el tiempo con tres segundos de retraso en los subtítulos.

Y no llora.

—Yo estaba desesperada —añade—. Y cuando estás desesperada y te dicen que hay una salida, tú no te pones a buscarle los agujeros a la salida. Tú te agarras. Y todo el que te diga lo contrario es que no ha estado nunca.

Clara asiente una vez.

—¿Tú sabes lo que me han hecho hoy? —dice.

—No.

—Me han quitado el pasaporte. Lo he dejado en una ventanilla esta mañana a las nueve y veinte. Y todos los lunes tengo que ir a firmar a un juzgado.

Iris no dice nada.

—¿Y sabes por qué?

—No.

—Porque el domingo por la noche compré un billete de avión y el correo de confirmación entró en una cuenta que compartimos, y mi marido lo vio a las siete y veinte de la mañana y llamó a la clínica a las nueve.

—Clara se recoloca en la silla—. Yo iba a ir a Ámsterdam.

Al mismo país donde tú fuiste a un congreso en 2023, que también lo contaste en un directo.

—Clara.

—Espera, que no he terminado.

—Que yo te creo.

Se queda cortada, con la frase siguiente ya montada y sin sitio donde ponerla.

—Yo te creo —repite Iris—. Desde el minuto en el que he visto la hora. No sé si te va a creer un juez, ni si te va a creer la gente. Yo sí.

—Vale.

—Y quiero que ese embarazo siga.

Se quedan las dos calladas.

En la mesa de al lado, dos celadores discuten sobre quién libra en Nochebuena y uno de ellos se ríe muy fuerte.

—Ya lo sé —dice Clara.

—¿Lo sabes?

—Lo sé desde el domingo a las seis y cuarto de la tarde. —Coge la taza fría y la vuelve a dejar—. Y es lo que yo haría.

—No me digas eso.

—Es que es verdad.

—No me lo digas, Clara, porque a mí no me sirve de nada que me lo digas. —A Iris se le pone la voz rara por primera vez en toda la conversación—. Yo prefiero que me odies. Yo prefiero levantarme de aquí sabiendo que hay una tía en Madrid que me odia, y poder pensar en eso cuando no pueda dormir.

—No te puedo dar eso.

—Pues es lo único que te he pedido en mi vida.

Iris se levanta y coge el vaso de plástico, que está casi entero.

—¿Me puedo quedar esto? —Señala la declaración del dos de julio.

—Es tuya. La he traído para ti.

La dobla en cuatro y se la mete en el bolsillo del abrigo, no en el bolso.

—Voy a subir, que le queda media hora y hoy está insoportable.

—Vale.

Se queda un segundo de pie al lado de la mesa.

En octubre le cogió las dos manos por encima de esta misma mesa, con las palmas calientes del vaso, y se las apretó bastante más de lo que hacía falta.

Hoy no.

Hoy se coloca bien la correa del bolso, dice adiós con la cabeza y se va hacia los ascensores sin volverse.