Hasta que nazca CAPÍTULO 43 · SEMANA 20 6
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CAPÍTULO 43 · SEMANA 20 6

Lo compra el domingo a las once y cuarenta y ocho de la noche.

Lleva desde el jueves mirándolo. Ha abierto la página del buscador de vuelos catorce veces en cinco días, siempre en la habitación del fondo, siempre con la puerta cerrada, y siempre ha llegado hasta la pantalla de los datos y ha cerrado el portátil.

No es una decisión.

Eso es lo que se dice mientras rellena el formulario, sentada en la cama con el ordenador encima de las piernas: que no es una decisión, que es tener una puerta, que una puerta abierta no obliga a nada y una cerrada sí.

Nombre. Apellidos. Número de documento. Fecha de nacimiento. Teléfono.

Correo electrónico.

Clara escribe casabonetsanjuan y las nueve letras siguientes sin mirar el teclado, porque lleva seis años escribiendo esa dirección en formularios.

La luz. El gas. El seguro del coche. La comunidad.

La ITV. Las entradas del teatro de 2029.

Los muebles de la cocina. Los billetes de Oporto.

Todo lo que se compra por internet en esta casa entra por ahí, porque es la que se pone en los sitios.

Le da a continuar. Le da a pagar. Le llega el localizador.

Y cuatro segundos después, mirando el correo de confirmación en la pantalla, entiende lo que acaba de hacer.

Se queda quieta con el portátil encima de las piernas.

Piensa en borrarlo. Entra en la cuenta compartida desde el navegador y ahí está, el primero de la bandeja, con el logotipo naranja de la compañía y el asunto en negrita, y pone el cursor encima y lo deja ahí quince segundos.

No lo borra.

No lo borra porque si lo borra y él ya lo ha visto es infinitamente peor, y porque a las once y cincuenta y dos de un domingo por la noche Álex lleva hora y media dormido.

Lo ve el lunes a las siete y veinte de la mañana, en el metro, camino del hospital, porque el correo de la casa lo tiene sincronizado en el móvil desde 2027 y le entran ahí las facturas de la luz y él es el que las revisa.

Clara no se entera de nada de esto hasta las ocho y diez de la tarde.

El lunes trabaja. Trabaja bien, incluso: cierra el informe de las catas, manda tres correos y discute por teléfono con el aparejador durante media hora sin ceder en nada.

A la una come de pie. A las cuatro hace una videollamada con Damián y con los del laboratorio y le dicen que la memoria está impecable.

A las siete sale a andar.

A las ocho y diez le entra un SMS.

MINISTERIO DE JUSTICIA. Notificación en el procedimiento 412/2032. Auto de medidas. Consulte en sede electrónica o a través de su representación procesal.

Y a los tres minutos, Nagore.

—¿Está en casa?

—Sí.

—Siéntese.

—Ya estoy sentada.

—Le han impuesto las medidas del siete punto cuatro.

—No adorna nada—. Prohibición de salida del territorio nacional.

Retirada de pasaporte, que lo tiene que depositar usted en el juzgado en veinticuatro horas.

Comunicación a los sistemas de control fronterizo.

Y comparecencia semanal, los lunes, en el juzgado de guardia de su partido judicial.

Clara mira la mesa de la cocina.

—Vale.

—¿Vale?

—¿Qué quiere que diga?

—Quiero que me diga si es verdad lo del billete.

—Es verdad.

Nagore no dice nada durante tres segundos, que en ella son muchísimos.

—¿Y por qué no me lo dijo?

—Porque me habría dicho que no lo comprara.

—Le habría dicho que no lo comprara con esa tarjeta, desde esa cuenta y a ese nombre.

—Un ruido de folios—. Que es distinto. Se lo voy a leer, porque quiero que sepa exactamente lo que han escrito.

«Consta acreditada la adquisición, con fecha de ayer, de un billete de avión con destino a los Países Bajos, país cuyo ordenamiento permite la interrupción del embarazo hasta un límite gestacional superior al español, para una fecha situada cuatro días antes del vencimiento del límite aplicable en España.

Tal circunstancia, valorada conjuntamente con la existencia de procedimiento en curso y con las manifestaciones de la interesada, permite apreciar riesgo cierto de sustracción del donante prenatal, sin que las medidas actualmente vigentes resulten suficientes para conjurarlo. »

—Ya.

—Y después hay un párrafo entero explicando por qué no le retira el documento nacional de identidad.

Dice que sería desproporcionado, que el DNI es necesario para la vida civil ordinaria y que la finalidad de la medida queda suficientemente asegurada con el pasaporte y con la comunicación a fronteras.

—O sea que es razonable.

—Es impecable, Clara. —Y ahí Nagore suena cansada de una manera que Clara no le había oído nunca—. Está bien escrito, está bien motivado, es proporcionado y no hay ni una sola línea de la que agarrar nada en apelación. Eso es lo peor que le puedo decir hoy.

—¿Y de dónde ha salido lo del billete?

Silencio.

—En el auto consta que la información la traslada el Programa. Y en el expediente hay un correo del Programa de esta mañana a las nueve y cuarenta.

Álex llega a las nueve menos veinte.

Clara está sentada a la mesa de la cocina con el portátil abierto en la cuenta compartida, en la bandeja de entrada, con el correo de la compañía aérea en pantalla y el logotipo naranja ocupando media pantalla.

No dice nada. Gira el ordenador hacia la puerta.

Álex lo mira desde la entrada, con las llaves todavía en la mano.

—Sí —dice—. Lo he dicho yo.

Y no tarda ni medio segundo, y eso es lo que más la desarma de todo el día: que no busque una frase sin sujeto.

—Lo he visto esta mañana en el metro, a la altura de Diego de León, y he llamado a Nadal a las nueve.

—Vale.

—Clara, ¿tú sabes lo que es una interrupción de veintiuna semanas?

—Empiezo a hacerme una idea.

—No. No te la haces. —Deja las llaves en el plato—. Yo trabajo en un hospital. Yo llevo quince años tomando café con las de ginecología a las siete de la mañana. Eso no es una pastilla y una tarde en un sitio bonito. Eso es un ingreso, y es un parto, y dura, y se puede complicar. Y se complica.

—Sí.

—Y tú te ibas a subir a un avión tú sola, a un país donde no conoces a nadie, sin decírmelo a mí ni a nadie, para que te lo hicieran unos señores que no te han visto en la vida y que no tienen tu historia.

—Sí.

—¿Y qué querías que hiciera?

Clara cierra la tapa del portátil.

—Podías habérmelo preguntado.

Álex abre la boca. La cierra.

Se queda de pie en la puerta de la cocina, con la chaqueta puesta, y ahí, por primera vez en dos meses, Clara le ve pasar por la cara la sombra de haber entendido algo.

Dura poco. Dura lo que tarda en encontrar la frase siguiente.

—Yo no voy a dejar que te mates —dice—. Eso no lo voy a hacer, y no me lo puedes pedir.

El pasaporte está en la caja de plástico azul del armario del pasillo, donde están las escrituras, los seguros, el certificado de eficiencia energética y la carpeta de la hipoteca.

Clara la baja y lo busca. Está debajo del carné de la comunidad de propietarios y de un libro de familia que no tiene ninguna página escrita.

Es el de 2024. La foto se la hizo en una cabina de la calle Alcalá y sale con el pelo más corto y con cara de estar hartísima de la cabina.

Tiene tres sellos y dos tarjetas de embarque olvidadas dentro.

Marrakech, 2025. Lisboa y Oporto, los dos del mismo año, el año en que decidieron aprovechar para viajar antes de que llegara el niño.

Lo mete en un sobre y escribe encima el número de procedimiento y la fecha, con la letra de las mayúsculas separadas.

Después va a la habitación del fondo, abre el armario, saca la caja LIbrOS 3 y coge lo único que hay dentro que no es papel.

El teléfono de teclas, en su caja, sin estrenar.

Se lo mete en el bolsillo interior de la chaqueta, el que cierra con cremallera, y vuelve a colocar la caja debajo de las otras dos.