Hasta que nazca CAPÍTULO 42 · SEMANA 20 5
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CAPÍTULO 42 · SEMANA 20 5

Nagore la llama el domingo a las diez y cuarto de la mañana.

—¿Lo ha leído?

—Lo leí el viernes por la noche cuatro veces y no entendí ni la mitad.

—Por eso la llamo un domingo. —Se oye una cafetera de fondo, de casa, y una radio—. Se lo explico en cinco minutos y luego le digo la parte mala.

—Adelante.

—Fiscalía ha incoado diligencias de investigación. Eso significa que un fiscal ha leído lo que se le presentó y ha decidido que hay motivo para averiguar. No es una acusación, no es un juicio y no hay todavía nadie imputado.

—¿Por qué delito?

—Por dos cosas. Falsedad en documento privado, que es lo de la firma. Y otra que no le van a gustar las palabras, pero que es la que importa: practicar reproducción asistida en una mujer sin su consentimiento.

Clara está de pie en la cocina, con la ventana abierta y el domingo entrando por ella.

—¿Eso existe?

—Eso está en el Código Penal desde hace treinta años y son de dos a seis años de prisión. —Nagore hace una pausa—. Lo escribieron pensando en otra cosa, en los ochenta, cuando esto empezaba. Y encaja aquí como un guante.

—¿Contra quién?

—Contra el centro y contra personas por determinar.

—¿Qué es «por determinar»?

—Es una fórmula. —Nagore lo dice con cuidado—. Significa que el fiscal todavía no ha puesto nombres. Y significa que cuando dentro de tres semanas los ponga, van a ser dos o tres.

Clara mira el patio de manzana.

—Vale.

—Y ahora la parte mala.

—Dígala.

—Esto no le suspende nada.

Clara cierra la ventana.

—¿Cómo que no me suspende nada?

—Que la incoación de un procedimiento penal contra el centro no suspende la protección de la gestación. Está escrito así, con esas palabras, en el artículo siete punto seis. —Un ruido de taza—. Y lo escribieron exactamente para esto. No es un descuido. Alguien se sentó a redactar esa frase.

—O sea que un fiscal dice por escrito que puede haber un delito y yo sigo igual.

—Usted sigue exactamente igual que el viernes por la mañana.

—¿Y entonces para qué sirve?

—Para junio. —Nagore no lo suaviza ni un grado—. Para el juicio. Para que dentro de un año haya una sentencia que diga lo que pasó y con nombres. Para que a esa gente se le acabe la carrera. Y para que el día que usted reclame lo que le han hecho, haya un papel que lo sostenga.

—Para mi cuerpo no sirve.

—Para su cuerpo, hoy, no.

Clara se apoya en la encimera y se queda mirando el imán blanco de la nevera.

—Nagore, escúcheme un momento. Si hay un delito, si un fiscal ya ha decidido que hay motivo, yo puedo ir mañana a ese juzgado y decir: esto es un delito, sáquenme de aquí.

—Puede ir. La van a escuchar con toda la educación del mundo y le van a decir que no.

—¿Por qué?

—Porque son dos procedimientos distintos y no se hablan entre ellos.

—Nagore habla más despacio, como quien explica una instalación—.

Lo penal mira al pasado: qué pasó el catorce de julio y quién lo hizo.

Lo administrativo mira al presente: qué se hace con una gestación mientras se discute la validez de un consentimiento.

Y nadie tiene la obligación de poner esas dos cosas de acuerdo hasta que haya una sentencia firme. Hasta entonces corren en paralelo.

—Y yo estoy en la que corre en el presente.

—Usted está en la que corre en el presente.

—Ya.

—Lo sé. Es intolerable. Y es así, y llevo veinte años viéndolo, y sigue siendo intolerable.

Cuelgan a las diez y media.

Clara hace la comida, tiende, contesta un correo del laboratorio de ensayos y a las cuatro sale a andar dos horas antes de la hora, porque el domingo la casa se le queda pequeña.

A las seis y cuarto está poniendo una lavadora cuando le entra un mensaje de Rocío con un enlace y sin texto.

Iris no ha subido un vídeo.

Ha escrito.

Es un texto largo, publicado a las seis de la tarde de un domingo, sin fotos, sin música y con los párrafos separados. El título es la primera línea.

Treinta y nueve minutos no pueden pesar más que nueve años.

Me han dicho que hay una firma que no es suya. Me lo han dicho por escrito y con papeles, y hay un fiscal mirándolo. Puede que sea verdad. Yo no estaba allí y no lo puedo saber.

Voy a decir lo que pienso aunque sea verdad. Sobre todo si es verdad.

Si alguien firmó por otra persona, que vaya a la cárcel. Yo la primera. No pienso defender a nadie que haya hecho eso, y si mañana me llaman a declarar, declaro, y digo todo lo que sé, y todo lo que me dijeron, y quién me lo dijo.

Pero eso ya ha pasado. Eso pasó en julio. Y lo que pasó en julio no se arregla deshaciendo lo que hay ahora.

A mí me dicen que lo justo es que ese embarazo termine porque hubo un delito.

Y yo no lo entiendo. Yo entiendo que lo justo es que el que cometió el delito pague por el delito.

Lo que no entiendo es por qué la que tiene que pagarlo es una niña de nueve años que no ha firmado nada, que no ha engañado a nadie, y que lleva desde febrero sin ir al colegio.

Treinta y nueve minutos de un catorce de julio.

Nueve años de una persona.

No voy a decir el nombre de nadie. No voy a decir dónde está nadie. Y al que se le ocurra ir a molestar a esa mujer se lo repito por quinta vez: estás en mi contra, no en la mía.

Pero no me voy a callar. Que se me juzgue por esto si hay que juzgarme por algo.

Clara lo lee dos veces.

La segunda lo lee de otra manera: como leería un informe de la parte contraria la noche antes de una reunión. Con el bolígrafo en la mano. Buscando el párrafo flojo, la afirmación que no se sostiene, el sitio por donde entrarle.

Y no lo encuentra.

Hay una cosa que podría discutirse, que es lo de que julio no se arregla deshaciendo lo de ahora, porque eso es precisamente lo que hace un tribunal cuando anula un contrato viciado.

Pero eso es un argumento de despacho, y Clara sabe perfectamente que a esa frase, dicha en voz alta por una mujer con una hija en hematología, no la tumba ningún argumento de despacho.

Los comentarios están abiertos. Hay ocho mil y pico. Clara lee siete.

Toda la razón. Que se investigue lo que haya que investigar, pero la niña no tiene culpa de nada.

Si aceptas esto, mañana te lo hacen a ti y ya no vas a poder decir nada, porque el argumento estará hecho y lo habrás aplaudido tú.

Yo he estado en las dos partes de esta historia y me estáis matando a todos.

Iris, con todo el cariño y sin ninguna ironía: si la firma es falsa, entonces esa mujer está embarazada porque alguien la engañó. Y a la gente engañada no se le puede pedir que aguante el engaño porque el engaño ya ha dado fruto. Eso es exactamente lo que hace que salga rentable engañar.

Nueve años pesan más. Punto.

ES QUE HAY UNA NIÑA ENFERMA

Cuando esto se acabe habrá dos mujeres destrozadas y un tío que sigue yendo a trabajar.

Ese último tiene cuatro mil me gusta.

Álex llega a las ocho y media. Trae pan, aunque es domingo y hay media barra.

Ve el portátil abierto en la mesa de la cocina y se para en la puerta.

—¿Lo has visto?

—Lo he visto.

—Voy a hablar con ella.

—No.

—Clara, es que esto no se puede—

—No. —Cierra la tapa del portátil—. Déjala.

—¿Que la deje?

—Está diciendo lo que piensa. Y lo piensa de verdad, y no ha escrito ni una sola mentira en todo el texto. —Se levanta a por un vaso—. Y si yo estuviera en su sitio escribiría lo mismo. Peor, probablemente.

Álex se queda con la bolsa del pan colgando de la mano.

—Entonces qué hacemos.

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Que no hay nada que hacer con eso, Álex. —Llena el vaso—. Lo que ha escrito no es una campaña. Es un argumento. Y contra un argumento no se hace nada.

A las once de la noche el texto lo han compartido veintiséis mil veces.