Hasta que nazca CAPÍTULO 41 · SEMANA 20 3
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CAPÍTULO 41 · SEMANA 20 3

El pasillo de consultas externas de hematología pediátrica es más estrecho que el del hospital de día y tiene seis sillas atornilladas contra la pared y una máquina de bebidas al fondo que está fuera de servicio desde antes del verano, con un papel pegado con celo y la letra de alguien que ya no trabaja aquí.

Noa está en la tercera silla, con las piernas cruzadas encima del asiento y una mascarilla puesta.

Eso es lo primero que ve Clara. En octubre no llevaba mascarilla.

—Hola —dice Álex.

—Hola.

No levanta la vista. Lleva la misma sudadera azul y encima una polar abierta, y las manos metidas dentro de las mangas. En el dorso de la mano izquierda hay un moratón del tamaño de una moneda de dos euros y en la muñeca otro más pequeño y más antiguo, ya amarillo.

—¿Y tu madre?

—Dentro.

Se sientan. Álex a su lado, Clara una silla más allá.

—¿Lleváis mucho?

—Una hora y veinte. —Lo dice sin quejarse, como quien da un dato en una reunión—. Y antes hemos estado en extracciones cuarenta minutos porque no me cogían.

—¿Y te ha dolido?

—Álex, tengo nueve años, no cinco.

Clara mira al suelo para no sonreír y no lo consigue del todo.

—¿Y esa mascarilla? —dice.

—Desde el lunes. —Noa se la baja un segundo para rascarse la nariz y se la vuelve a subir sin que nadie se lo diga—. Es una tontería, porque yo en mi casa no me la pongo, y en mi casa está mi madre, que va a todos los sitios y coge el metro.

—Ya.

—Se lo he dicho.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que es distinto.

—¿Y tú qué crees?

Noa se lo piensa de verdad, tres o cuatro segundos.

—Que es distinto —admite— pero que es una tontería igual.

La puerta de la consulta está entreabierta y por la rendija sale la voz de Iris, que no se entiende.

Al otro lado del pasillo, junto al carro de la enfermera, hay dos médicos de pie mirando la misma pantalla de un ordenador de sobremesa.

Una es una mujer de unos cincuenta, con la bata sin abotonar y el pelo recogido con un boli, que es la que lleva a Noa desde febrero y a la que Álex ha saludado con la cabeza al llegar. El otro es un hombre más joven, con la bata muy limpia y muy planchada, que no ha saludado a nadie.

Están a tres metros. Y están hablando entre ellos deprisa, con esa media voz de pasillo que no es un susurro sino simplemente hablar sin proyectar, y que se oye perfectamente desde la tercera silla.

—Si esperas a marzo y falla, no tienes nada.

—Si vas ahora con el nueve de diez, la crónica te la comes seguro.

—La crónica se trata.

—La crónica se trata y se vive con ella diez años. Ojos, boca y piel.

—Y si esperas, se vive sin ella.

—Si llega.

—Va a llegar.

—Eso no lo sabes tú ni lo sé yo. —La mujer se cruza de brazos—. Yo lo que no quiero es que se me muera esperando un cordón que a lo mejor ni da la dosis.

—No se te va a morir.

—Ah, ¿no?

—Rocío, con soporte, no se te va a morir en cuatro meses.

—Dime tú cuántas veces has dicho esa frase.

Noa ha dejado de mover el pie.

Clara lo ve porque estaba mirándole las zapatillas, que llevaban tres minutos balanceándose sobre el borde de la silla, y de repente no.

—¿Quién es el nueve de diez? —dice Noa.

Nadie contesta. Los dos siguen a lo suyo.

—¿Quién es el nueve de diez? —repite, más alto.

Se vuelven los dos a la vez.

Y ahí hay dos segundos en los que Clara ve, con una claridad bastante desagradable, cómo dos personas competentes se dan cuenta al mismo tiempo de que llevan minuto y medio hablando delante de una niña de nueve años que lleva un año entero oyendo hablar de sí misma en pasillos.

—Nada, cariño —dice la mujer—. Cosas nuestras.

—Es que lo habéis dicho aquí.

—Ya. Perdona.

—Es que lo habéis dicho aquí y estoy yo. —Noa se ha destapado la boca sin darse cuenta—. Y no estoy dormida.

Álex se inclina hacia delante.

—Noa.

—No. —Se vuelve hacia él con la mascarilla en la barbilla—. ¿Podéis hablar de mí cuando yo no esté?

—Es que no es que estuvieran—

—Que os vayáis a otro sitio. Que hay como cuarenta pasillos en este hospital.

El hombre de la bata limpia dice que tiene toda la razón, y lo dice bien, sin condescendencia y sin sonreír, coge el teclado y hace un gesto con la cabeza a su compañera, y los dos se meten por la puerta de al lado y la cierran.

Noa no aparta la vista de la puerta cerrada.

Después se vuelve hacia Clara.

—Lo del cordón es lo bueno. ¿No?

Clara nota la silla debajo, y el pasillo, y a Álex al lado sin respirar.

—Eso es lo que me han dicho a mí —dice.

—A mí también. —Noa se sube la mascarilla, que se le vuelve a caer—. Me lo dijeron en verano. Que lo del hermano es lo mejor de todo, que es lo que más se parece a mí, y que lo demás son cosas peores.

—Ya.

—¿Entonces por qué hay otra cosa?

Clara no contesta.

—Porque si lo del cordón es lo bueno, y ya está hecho, y solo hay que esperar —dice Noa, y le sale la voz un poco alta y un poco temblona por primera vez desde que Clara la conoce—, ¿por qué están ahí discutiendo?

—Noa —dice Álex.

—Que me contestéis.

—Es que hay que mirar todas las opciones. Siempre.

—Eso lo dice todo el mundo. —Se hunde en la silla y se cruza de brazos por dentro de la polar—. Eso lo dice mi madre, y la Rocío, y el otro, y tú. Todo el mundo dice lo mismo, con la misma cara, y luego se van a un pasillo.

Se abre la puerta de la consulta y sale Iris.

Trae la cara de haber estado cuarenta minutos ahí dentro. No ha llorado, o ha llorado hace rato y se le ha secado y solo queda lo de debajo de los ojos.

Ve a Clara y le hace un gesto con la cabeza, y no es frío ni es cálido: es el gesto de alguien que hoy no tiene sitio para esto.

—Vámonos.

—Mamá, ¿quién es el nueve de diez?

Iris se para en seco con la mano todavía en el picaporte.

Mira hacia el carro de la enfermera, donde ya no hay nadie. Mira a Álex. Mira a Clara.

—Es una persona de un registro —dice—. Una persona que está en una lista y que dijo que sí sin conocerte de nada.

—¿Y para qué es?

—Para lo mismo.

—¿Y es peor?

Iris le coloca la polar por los hombros y le sube la cremallera hasta la mitad.

—Es distinto.

Noa se baja de la silla despacio, apoyando primero una mano en el asiento y luego la otra en el respaldo, y eso es lo único de toda la tarde que le dice a Clara con exactitud lo que ha pasado desde el dieciocho de octubre.

Recogen la mochila. Iris le da la mano y Noa se deja dar la mano, que a los nueve años ya no siempre se dejan.

Y al pasar por delante de Clara, Noa se para.

Se saca del bolsillo delantero de la polar el móvil de su madre, con la funda de siempre, la de la lengüeta trasera.

La lengüeta sigue llevando cuatro tiras de esparadrapo de tela, blancas, ya grises por los bordes, tensadas una por una y alisadas con el pulgar en un sillón del hospital de día hace cuatro semanas.

—Sigue aguantando —dice Noa.

Y se va por el pasillo detrás de su madre.