CAPÍTULO 40 · SEMANA 20 2
El jueves no hay nadie.
Es el primer jueves sin Amparo, y la casa a las nueve y media está tan silenciosa que se oye el ascensor del vecino, y el compresor de la nevera, y una moto en Cartagena que arranca tres veces.
Clara enciende el ordenador del trabajo a las nueve. A las diez lo apaga.
Va al armario del pasillo, coloca la banqueta, se sube y baja la caja de VEREA. Y detrás de la caja de VEREA, arrinconada contra la pared del fondo, hay otra que no ha tocado desde julio.
Es una caja de zapatos con una goma elástica alrededor. Dentro está lo que sobró.
Dos plumas sin abrir, todavía en el blíster, con la caducidad impresa en 2033. Un paquete de toallitas de alcohol empezado. Ocho agujas. Un contenedor amarillo de los pequeños, con la tapa a medio cerrar porque nunca llegó a llenarse. Y una hoja doblada en cuatro.
Clara se sienta en el suelo del pasillo con la caja al lado y la espalda apoyada en la puerta del armario.
La hoja es la pauta.
Se la imprimieron el veintiocho de junio en el mostrador, en un folio con el membrete del Instituto. Ella la pegó en la puerta de la nevera con el imán de Cercedilla, debajo de la lista de la compra, y en julio la despegó y la metió aquí sin mirarla.
Tiene doce casillas. Una por día. Y a mano, con su letra de cuadernos de obra, mayúsculas separadas, la hora: 21:00.
Once casillas tienen una cruz.
Día uno, veintiocho de junio, sábado. Ese lo hizo Álex.
Ella se puso de espaldas junto a la ventana de la cocina, él le pellizcó la piel y no lo hizo bien y salió una gota, y luego los dos se quedaron mirando la gota como si fuera un mal presagio y se rieron muy fuerte para tapar que lo estaban pensando los dos.
Día dos. Ella sola en el baño, con el móvil apoyado en el lavabo y un vídeo de una enfermera puesto en bucle.
Día cuatro, uno de julio. Ese se lo puso en la caseta de obra de Getafe, a las nueve de la noche, con el encargado esperando fuera para cerrar la valla, porque la pluma hay que ponérsela a la misma hora y ese día se le echó encima el replanteo de la fachada sur.
Se sentó en una silla de plástico entre dos archivadores metálicos y se pinchó en la barriga con el mono todavía puesto y el fluorescente parpadeando, y cuando salió le dijo al encargado que ya estaba, y el encargado no le preguntó nada.
Día cinco.
En el margen de la hoja, a la altura del día cinco, hay tres palabras escritas con bolígrafo azul y subrayadas dos veces.
Última vez.
Clara se queda mirándolas.
Las escribió ella. Se acuerda de escribirlas y se acuerda perfectamente de por qué: porque el día cinco es cuando empieza a doler de verdad, cuando llevas los ovarios como dos pelotas de tenis y no te puedes agachar a atarte las zapatillas, y porque llevaba cinco años y necesitaba dejar escrito en algún sitio del mundo que aquello se acababa.
El día cinco fue el dos de julio.
Sostiene la hoja con las dos manos, sentada en el suelo, con las piernas estiradas y las zapatillas de casa apuntando al techo.
Y lo que le sube no es lo del embrión.
Lo del embrión, en frío, es un hecho técnico: una división que se detiene en el día cuatro. Un fenómeno que pasa en la mitad de los ciclos del mundo, que ella conoce desde 2027, que le han explicado cuatro veces y que le ha pasado cuatro veces.
Lo que le sube son once días.
Once días de una mujer de treinta y nueve años pinchándose a las nueve de la noche en una caseta de obra.
Once días de un hombre que le puso una alarma en su propio móvil, la del día seis, porque ella tenía una reunión larga y se le podía pasar, y que se la puso con el nombre de revisar presupuesto para que no se le viera en la pantalla si la sacaba delante de alguien.
Once días de comprar agujas en doble fila con las luces de emergencia puestas.
Once días de escribir última vez en el margen de un papel exactamente el mismo día en el que ese hombre, en otro sitio, con otro bolígrafo, firmaba un folio en el que aceptaba que un menor fuera incluido desde el nacimiento en un protocolo de seguimiento hematológico.
Y una cosa más, y esta llega la última y es la que la dobla.
El veintiocho de junio, en la consulta tres, con la bata de papel ya puesta y la auxiliar esperando de pie, ella cogió el taco de papeles, lo pasó de golpe hasta el final con el pulgar, levantó la cabeza y preguntó:
—¿Dónde firmo?
Y Álex, que estaba de pie a su derecha mirando el móvil, señaló con la barbilla y dijo:
—Abajo.
No preguntó nada más.
Clara se dobla hacia delante sobre la caja de zapatos y llora ocho o nueve minutos, en el suelo del pasillo, con la puerta del armario abierta y la banqueta en medio y las dos cajas fuera.
Después se levanta, se lava la cara con agua fría y se hace un té que no se bebe.
A las doce y veinte entra un correo.
Estimada Sra. Sanjuán:
En relación con su consulta de fecha 31/10/2032, le informamos de lo siguiente:
1. La expresión «compatibilidad fraterna completa» es la fórmula empleada por el laboratorio de referencia cuando existe identidad en los seis loci evaluados.
2. Respecto de la correspondencia entre referencias internas del Programa y muestras concretas, le informamos de que dicha información no puede facilitarse por afectar a datos de terceros.
Reciba un cordial saludo.
Unidad de Registro. Programa de Continuidad Terapéutica.
Clara lo lee dos veces.
Y después una tercera, deteniéndose en las cinco últimas palabras del punto dos, que las ha escrito un chico de treinta y pocos años con una acreditación azul colgada del cuello, sentado en una mesa, para no darle una información, sin darse cuenta de que se la estaba dando.
Lo reenvía a Nagore sin escribir nada encima.
A los diez minutos llega la respuesta, que son cuatro palabras y un punto.
Guarde eso. Vale oro.
Por la tarde sale a andar a las siete, como todos los días, y lleva la caja de zapatos dentro de una bolsa de tela.
En la farmacia de la esquina de Marcenado hay cola de cuatro personas. Cuando le toca, saca el contenedor amarillo, las ocho agujas sin usar y las dos plumas en su blíster, y lo deja todo en el mostrador.
—¿Esto es para retirar?
—Sí.
—¿Está caducado?
—No. Sobró.
La farmacéutica coge el contenedor con dos dedos y lo mete debajo del mostrador sin mirarlo, con la naturalidad de quien hace eso doce veces al día, y deja las plumas en una bandeja aparte.
—Vale. Gracias.
—Gracias a usted.
Clara sale y sigue andando por Marcenado hacia arriba, y hace los cuatro kilómetros enteros, y llega a casa a las siete y cincuenta y cinco.
La hoja de la pauta no la ha tirado.
La deja en la caja LIbrOS 3 , encima de todo lo demás, doblada en cuatro exactamente como estaba.