Hasta que nazca CAPÍTULO 39 · SEMANA 20 1
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CAPÍTULO 39 · SEMANA 20 1

Cenan pronto porque Álex ha salido pronto.

Hay merluza al horno y hay una conversación tranquila sobre un correo de Rubén Castells que ha entrado a las seis y media confirmando que la designación de centro se puede hacer por escrito y adjuntando la hoja para firmar.

—¿Ves? —dice Álex—. Cuando quieren, en cuatro horas.

—Cuando quieren.

—Es que es siempre lo mismo. Si les pides una cosa que a ellos les cuadra, cuatro horas. Si les pides una que no, quince días hábiles.

Recogen. Hoy friega ella y seca él, que es al revés de lo normal, y en algún momento entre el segundo plato y el escurridor, Clara lo dice.

—Álex.

—Dime.

—Una cosa que me lleva rondando desde hace días y que a lo mejor es una tontería.

—Dime.

—Vilches me dijo en junio que quedaban dos congelados del quinto ciclo.

Álex sigue secando.

—Sí.

—¿Qué pasó con esos?

El paño se para medio segundo y vuelve a moverse.

—¿Cómo que qué pasó?

—Que si el del séptimo no salió adelante, ¿por qué no usaron esos?

—Porque esos eran malos.

—¿Malos?

—Malos, Clara. Y eso te lo dijo ella, no yo, en esa misma consulta, en junio, con nosotros dos sentados delante.

—Deja el vaso en el escurridor—. Que quedaban dos, que uno era regular tirando a malo y el otro era peor, y que si el fresco no funcionaba, con esos las posibilidades eran muy bajas.

Muy bajas, dijo. Y no quiso darnos un número.

Y es verdad. Clara se acuerda de la frase, del sitio, de que Vilches evitó el porcentaje y de que ella le insistió y Vilches no cedió.

—Ya.

—Y sin ciclo nuevo, porque no había octavo. Eso también lo hablamos ahí, y lo hablamos en casa. —Álex cuelga el paño en el asa del horno—. Con esos dos era jugarse el último cartucho a un veinte por ciento o menos, y luego a casa.

Clara cierra el grifo y se seca las manos.

—Vale. Entonces explícame lo del séptimo.

—¿El qué del séptimo?

—Lo que pasó de verdad. Con el fresco.

Álex se apoya en la encimera y se queda un momento mirando el suelo, y a Clara le da tiempo de sobra a pensar que si dice que hoy no, esta conversación no vuelve a existir.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Vale. —Coge aire—. Del séptimo salieron tres ovocitos maduros. De los tres fecundaron dos. Y de los dos, uno se paró el día dos y el otro llegó al día tres bien.

—Eso no me lo dijo nadie así.

—Eso te lo dijeron el día doce por teléfono. Te llamó la embrióloga y te dijo que ibais con uno y que tenía buena pinta.

—Sí. Eso sí.

—Pues eso. —Dobla el paño en tres y lo deja en la encimera—. Y el trece por la tarde ese se paró.

Clara no se mueve.

—El trece.

—El trece. Sobre las siete.

—¿Y a mí por qué no me llamaron el trece?

Y ahí Álex tarda de verdad.

—Me llamaron a mí.

—¿A ti?

—A mí. —Levanta la cara—. Estabas dormida, Clara. Te habías tomado el diazepam ese que te dieron para después de la punción, llevabas dormida desde las seis y no habías cenado. Y yo estaba en el salón, con la tele puesta sin sonido, y sonó mi teléfono.

—¿Y no me despertaste?

—No.

—¿Por qué no me despertaste?

—Porque a las siete de la tarde de un sábado no se puede hacer nada con esa información más que estar despierta hasta las cuatro de la mañana. —Lo dice de una manera que a ella le suena a algo repetido muchas veces en la cabeza y nunca en voz alta—. Y porque tenías la transferencia el lunes.

—La transferencia de qué, si se había parado.

—Eso es exactamente lo que yo pregunté.

Clara se queda muy quieta, con las manos todavía en el trapo.

—¿Y qué te dijeron?

—Que había una alternativa.

Se hace un silencio de los que ya no son de esta casa.

—Clara. —Álex se separa de la encimera y da un paso, y no llega a tocarla—. Tu embrión ya había muerto. Yo no te quité a tu hijo. Te di el único embarazo que quedaba y encima podía salvar a Noa.

Ella no dice nada.

—Es que es verdad, joder. —No es un grito, es otra cosa, es un hombre que necesita que le crean—.

Es que si yo el sábado digo que no, el lunes tú entras en esa clínica y te dicen que no hay nada.

Y tú lloras en el coche, y yo te llevo a casa, y en enero te dicen que ya está bien, que tienes cuarenta años y siete ciclos y dos pérdidas y que hay que parar.

Y ahí se acaba. Se acaba todo, y tú lo sabes tan bien como yo.

—Sí.

—Y yo dije que sí a lo único que había.

Clara dobla el trapo en cuatro y lo deja en la encimera.

—¿Y el otro cómo apareció?

—¿Qué otro?

—El que me pusieron. —Habla despacio y sin ninguna carga, como quien pregunta un dato en una reunión—. Un embrión no aparece en un fin de semana, Álex. Tú y yo llevamos cinco años en esto. Sabemos lo que tarda un ciclo, lo que tarda una estimulación y lo que tarda un cultivo. ¿De dónde salió?

—Ya estaba.

—¿Ya estaba dónde?

—En el programa.

—¿Desde cuándo?

—¡Y yo qué sé desde cuándo! —Sube la voz y la baja enseguida, mirando de reojo al techo, hacia los vecinos—. Desde antes. Ella hizo un ciclo en primavera. Eso lo hicieron por lo de la niña, con lo del hermano compatible, y no tenía nada que ver contigo ni conmigo ni con esta casa.

—¿Iris hizo un ciclo?

—Iris hizo un ciclo. En marzo o en abril. Con estimulación, con punción y con todo, y lo pasó fatal, por cierto, que estuvo dos semanas de baja.

—¿Y tú lo sabías?

—Yo lo sabía porque yo soy el padre de la niña, Clara. —Abre las dos manos—. Yo tuve que ir a firmar papeles. Yo tuve que dar mi consentimiento para que se usara lo mío. ¿Qué querías que hiciera, decir que no?

—¿Y cuándo se supo que servían?

—Cuando salieron los estudios.

—¿Cuándo salieron los estudios?

—En mayo. —Y ya lo dice con fastidio, como quien contesta una pregunta cuyo sentido no entiende—. Yo qué sé el día. En mayo. Justo antes de la boda de mi prima, que me llamaron por teléfono y yo estaba comprando el traje.

Clara está de espaldas, colocando en el escurridor un vaso que ya estaba colocado.

La boda de Alicante fue el veinticuatro de mayo, sábado.

Salieron el viernes por la tarde en el coche y pusieron un pódcast de tres horas.

El traje lo compró el fin de semana anterior, porque el domingo dieciocho estuvieron por el centro, comieron en un sitio de la calle Barquillo y ella le dijo que la corbata era horrorosa y él la compró igual.

El once de junio fue la consulta con Vilches en la que decidieron hacer un séptimo.

Clara se seca las manos otra vez, aunque ya las tiene secas.

—Vale —dice.

—¿Vale?

—Vale. Ya lo entiendo.

Álex la mira con una cara que ella no le ha visto nunca, alivio y desconfianza a la vez, como quien se asoma a mirar por qué de repente ha dejado de dolerle una muela.

—Yo no elegí nada —dice—. Que quede claro eso, Clara, porque llevo dos meses viéndotelo en la cara. Yo no me senté delante de una mesa a elegir entre tu hijo y otro. A mí me llamaron un sábado por la tarde para decirme que se había parado, y me dijeron que había una salida, y yo dije que sí.

—¿Y firmaste algo?

Un segundo. Uno solo.

—Había que firmar una cosa y se firmó.

Clara cuelga su trapo en el asa del horno, al lado del de él.

—Me voy a acostar —dice—. Estoy muerta.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Clara.

—Que estoy bien, Álex.

Y le pone la mano en el brazo al pasar, dos segundos, y él se queda de pie en mitad de la cocina sin entender del todo qué acaba de ocurrir y con muchísimas ganas de que sea bueno.

En la habitación del fondo, Clara se sienta con el cuaderno de gusanillo sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano.

Lo abre por la hoja siguiente.

Y no escribe nada.

Cierra el cuaderno, lo devuelve a la caja y se queda sentada donde está, con las manos en las rodillas y la luz apagada, porque no le hace ninguna falta apuntar en un papel la fecha de la boda de la prima de su marido.