Hasta que nazca CAPÍTULO 38 · SEMANA 20 0
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CAPÍTULO 38 · SEMANA 20 0

—Once seis. Y peso, cuatrocientos gramos más. —Amparo lo apunta—. ¿Y has dormido?

—Siete y diez.

—¿Siete y diez? —Levanta la cabeza—. ¿Del tirón?

—Con un corte.

—Ay, qué alegría me das. —Escribe la cifra dos veces, una en el papel y otra en la tableta—. Es que llevabas dos meses en cinco y media y yo ya no sabía qué ponerte.

Clara se sirve más leche y hace lo que lleva desde el domingo ensayando en la cabeza, que es preguntar por el futuro.

—Amparo, una cosa.

—Dime.

—El sitio del parto.

Amparo deja el bolígrafo encima de la carpeta.

—Hay una hoja en el expediente con cuatro hospitales y las casillas en blanco. —Clara habla en el tono con el que pregunta por el plazo de una licencia municipal—. Yo quiero elegir uno. ¿Cómo se hace?

—Pues se marca y se firma, y no hay más. —Amparo se la queda mirando—. ¿Tú sabes cuáles son los cuatro?

—Me los dio un chico del registro en octubre, en un papelito.

—Rubén.

—Ese.

—Pues se lo dices a él, que él lleva eso. —Se recoloca en la silla—. ¿Y cuál quieres?

—El Doce.

Lo dice sin darle importancia, sin levantar la vista, untando la tostada con las dos manos.

Amparo tarda dos segundos en contestar y en esos dos segundos Clara sabe perfectamente lo que está pasando por esa cabeza: que es el hospital donde trabaja el marido, que es el hospital donde tratan a la otra niña, y que una mujer que elige eso ha dejado de pelear.

—Pues es un buen sitio —dice Amparo—. Tienen un paritorio de hace dos años que es una maravilla y las matronas son majísimas.

—Ya.

—Y está a veinte minutos de aquí.

—A dieciocho.

Amparo se ríe y le da un golpecito en el brazo al levantarse.

—Otra cosa —dice Clara—. La eco de las veinte.

—¿Cuándo la tienes?

—El veintiuno.

—Esa es la larga. —Amparo va a por el bolígrafo que se ha dejado en la encimera—. Esa dura cuarenta minutos y salen todos muertos de aburrimiento menos la madre. Llévate agua.

—Vale.

—Y come antes, que si vas en ayunas te mareas y luego me lo cuentan a mí.

Cuando termina de subir los datos, gira la tableta un momento hacia sí misma y levanta las cejas delante de la pantalla.

—Noventa y nueve.

—¿Qué?

—El número. —Le da la vuelta a la tableta—. Que estás en noventa y nueve.

Clara mira. Es un noventa y nueve en grande, azul, con cuatro círculos verdes debajo y una frase.

¡Tu mejor semana! Has mantenido tus recomendaciones seis días seguidos.

—¿Y eso es mucho?

—Eso es el techo, cariño. —Amparo se sienta otra vez, sin quitarse el abrigo—. El cien no lo ve nadie, porque para el cien hay que dormir ocho horas siete días seguidos y eso no lo hace ni una monja de clausura. Yo llevo cinco años en esto y he visto dos noventa y nueves.

—Pues ya está.

—Pues ya está. —Recoge la carpeta—. Y te voy a decir una cosa. Con estos números, en el informe del mes yo voy a poner que se puede bajar a dos visitas.

Clara unta la tostada.

—Lo que a ti te venga mejor.

—A mí me viene mejor martes y viernes, que los jueves tengo tres casos en Vallecas y voy con la lengua fuera todo el día. —Se pone de pie—. Y a ti te dejo el jueves libre, que además es un día en el que no hay nadie en ningún sitio.

—Vale.

—¿Seguro que no te importa?

—Amparo, que me da igual.

—Es que hay gente a la que le da cosa, ¿eh? No te creas. Se acostumbran a que vengas y luego el primer día que no vas te llaman a las diez para preguntarte una tontería. —Se abrocha el abrigo—. Hasta el viernes.

Cuando se cierra la puerta del rellano, Clara se queda en la cocina mirando el imán blanco de la nevera.

Cuarenta y ocho horas seguidas sin nadie en esta casa, todos los jueves, a partir de la semana que viene.

Por la noche, Álex aparece a las nueve menos veinte y ella le cuenta lo del hospital mientras pone la mesa.

Le sale una cosa rara: le sale bien y le sale sin esfuerzo, y eso la asusta bastante más que si le costara.

—¿El Doce? —Álex se para con la chaqueta a medio quitar—. ¿En serio?

—Es el que mejor está de los cuatro. Lo he mirado. Y tú te conoces el edificio.

—Yo me conozco el sótano y las cubiertas, Clara, que no es lo mismo.

—Pues eso. Si hay que ir corriendo, sabes por dónde se entra.

Álex se ríe. Se sienta y se queda un momento con las manos encima de la mesa, y está feliz y no lo disimula, y no sabe disimularlo, y nunca ha sabido.

—Se lo digo mañana a Rubén —dice ella—. Y que me mande la hoja.

—Se lo digo yo, que subo el jueves.

—No.

Y lo dice demasiado deprisa, y lo nota mientras lo está diciendo, y tiene que arreglarlo en el mismo aliento.

—O sea, díselo tú también si quieres. Pero yo se lo mando por escrito, que si no luego no consta y estamos otra vez con los quince días hábiles.

—Vale. —Álex asiente—. Eso es verdad. Con esta gente todo por escrito.

Cenan. Él habla del concurso otra vez, y de un compañero que se ha comprado una autocaravana de segunda mano y que quiere que vayan todos a verla, y de que en enero, cuando vacíen la habitación del fondo, habría que mirar lo de cambiar los armarios empotrados, que son de los de puerta corredera y van fatal.

Y entonces Clara hace lo que lleva toda la tarde decidiendo si hacer.

—El viernes, ¿vas al Doce?

—A las cinco. Tiene control.

—Voy contigo.

Álex se queda con el tenedor a media altura.

—¿Vas a venir?

—Si no molesto.

—No molestas. —Deja el tenedor en el plato—. Clara.

—Qué.

—Nada. —Se pasa la mano por la boca—. Que le va a hacer ilusión.

Y ahí, exactamente ahí, Clara sabe que se ha pasado.

No en lo del hospital: en la cara que ha puesto él. Ha ido dos pasos por delante de donde tenía que ir, y ahora hay un viernes a las cinco en un calendario y no lo puede quitar sin explicar por qué lo quita.

A las siete de la tarde se pone las zapatillas.

Lleva seis días saliendo a andar a la misma hora.

Cincuenta minutos, y la aplicación se lo celebra todas las noches con un círculo verde y una frase distinta.

Baja por Cartagena, cruza López de Hoyos y sube por Marcenado, y luego vuelve por la otra acera, y son cuatro kilómetros justos y le lleva cincuenta y dos minutos.

Hoy, en la vuelta, se desvía dos calles.

Entra en un bazar de los que están abiertos hasta las diez, de los que tienen de todo apilado hasta el techo, y compra un teléfono de los baratos, de teclas, blanco, con una tarjeta de prepago de diez euros.

—¿Es para un mayor? —dice el chico.

—Es para el coche.

—Ah, muy bien. Ese es el que más vendo. —Le enseña la caja—. Le dura la batería una semana.

Paga en efectivo. Cuarenta y tres euros con noventa.

—¿Bolsa?

—No hace falta.

Se lo mete en el bolsillo interior de la chaqueta, que es el que cierra con cremallera, y sigue andando por Marcenado hacia arriba con el mismo paso de siempre.

Llega a casa a las siete y cincuenta y dos.

Se quita las zapatillas sentada en la banqueta de la entrada, y mientras se agacha a colocarlas, el móvil le vibra en el bolsillo del pantalón.

¡Enhorabuena! Has completado tu séptimo día consecutivo de actividad recomendada. Tu IAG se mantiene en el 99 %.