CAPÍTULO 34 · SEMANA 19 2
—Siéntese y cuéntemelo desde el principio.
Nagore no ha ofrecido café. Ha cerrado la puerta del despacho, que la otra vez estaba abierta, y se ha sentado enfrente con el cuaderno de gusanillo cerrado encima de las rodillas.
Clara se lo cuenta en cuatro minutos.
El informe del doce. Berta Solans un sábado por la mañana en una consulta sin calefacción, con cuatro rectángulos dibujados en un folio. El laboratorio de Düsseldorf. Los dos tubos. El resultado.
Nagore no la interrumpe ni una vez. Cuando termina, abre el cuaderno y hace una cosa que Clara no le ha visto hacer nunca: no escribe.
—¿Quién le sacó la sangre?
—Una persona.
—Clara.
—Una chica que trabaja en el laboratorio del Verea.
Nagore cierra los ojos un segundo.
—¿Dónde?
—En su casa.
—¿Con qué tubos?
—Del laboratorio.
—¿Del laboratorio del centro que estamos investigando?
—Sí.
—¿Y quién los etiquetó?
—Yo. Con un código de cuatro cifras que elegí yo.
—¿Y quién certifica que esa sangre salió de su brazo?
Clara no contesta.
—Nadie. —Nagore se recuesta—. ¿Y el laboratorio? ¿Está acreditado en España?
—No lo sé. Es alemán.
—¿Tiene acreditación para emitir pruebas de filiación con validez en un procedimiento español?
—No lo sé.
—Yo sí, porque lo he mirado esta mañana en cuanto colgué con usted. —Nagore se inclina hacia delante—. No.
—¿Y cómo lo ha sabido tan rápido?
—Porque no hay ninguno. Ninguno de los que hacen esto por internet.
—Vuelve a coger el bolígrafo—. Los que valen te piden una petición médica, te sacan la sangre ellos en su centro, te identifican con el DNI y te hacen firmar una hoja.
Y eso lo saben también los que no valen, por eso los que no valen te lo hacen sin nada de eso, que es justo lo que usted quería.
Se quedan calladas. En la calle, alguien descarga algo con un carro y el ruido de las ruedas sobre los adoquines entra por la ventana en tres tandas separadas.
—¿Cómo lo pagó? —dice Nagore.
—Con tarjeta.
—¿Suya?
—Mía.
—¿Y el envío?
—También.
Nagore por fin escribe algo. Dos líneas.
—Setecientos noventa euros —dice Clara—. Y sesenta y dos con cuarenta la mensajería.
—Ya. Pues eso también está.
—¿Qué quiere decir «también está»?
—Que hay un cargo de un laboratorio alemán en el extracto de una mujer que asegura no haber consentido nada. —Nagore levanta la vista—. Yo no digo que eso sea grave. Digo que existe y que yo prefiero saberlo hoy y no cuando me lo enseñen ellos.
Clara se mira las manos.
—Le voy a decir lo que tiene usted —dice Nagore—.
Usted no tiene una prueba. Usted tiene un papel de un laboratorio extranjero que dice una cosa sobre una muestra que nadie puede vincular a su cuerpo, obtenida en un domicilio particular, con material sustraído del propio centro al que acusamos, por una empleada de ese centro a la que usted contactó por escrito, y de la que existe una conversación guardada en un servidor.
—Ya.
—No diga «ya».
—Es que ya lo sabía.
—Pues escúchelo entero, que es distinto saberlo y oírlo. —Nagore levanta un dedo—. Si esto aparece algún día encima de una mesa, y va a aparecer, porque estas cosas siempre aparecen, ¿sabe lo que van a hacer con ello?
—Dígamelo.
—Van a dejar de defenderse. —Lo dice muy despacio—.
Van a dejar de explicar por qué falta una ratificación y se van a pasar el resto del procedimiento hablando de una señora que sustrajo material sanitario, que manipuló muestras biológicas y que captó a una trabajadora de veintiséis años con contrato temporal.
Y esa señora es usted. Y a mí me van a preguntar si yo lo sabía.
—¿Y usted lo sabía?
—Desde las nueve y diez de esta mañana.
—¿Y qué hago?
—De momento, no enseñárselo a nadie más que a mí. Y no volver a hacerlo. —Nagore pasa la página del cuaderno—. Y ahora vamos a lo útil, que es a lo que ha venido.
—¿Y una amniocentesis?
—Se lo he estado pensando esta mañana. —Nagore niega con la cabeza—. Una amniocentesis en un centro acreditado sí valdría. Se identifica a la paciente, se toma la muestra delante de testigos, se sella y va con hoja de custodia. Eso es una prueba de verdad.
—Pues eso.
—Para eso hace falta una indicación médica.
Y la indicación se la tiene que dar un ginecólogo, y el ginecólogo va a preguntar por qué, y si le dice la verdad, ese ginecólogo entra en un problema y la solicitud entra en el sistema.
—Nagore la mira—. Y si el sistema lo ve el martes, el miércoles lo sabe dirección médica.
—Entonces no.
—Entonces no. Además, no es inocua. Tiene un riesgo pequeño pero lo tiene. Y a las diecinueve semanas, con lo que usted quiere demostrar, sería regalarles un argumento que no le puedo ni describir.
Clara mira el póster enmarcado de la pared.
—Lo que a usted la salva no es una prueba biológica. —Nagore lo dice apoyando las dos manos en la mesa—. Métaselo en la cabeza, porque es contraintuitivo y todo el mundo tarda dos semanas en aceptarlo. Lo que a usted la salva es el papeleo de ellos.
—¿Por qué?
—Porque un laboratorio de reproducción asistida está obligado a la trazabilidad.
Obligado por ley y desde hace veinte años.
Cada movimiento de material biológico se registra: qué se congela, dónde se guarda, en qué tanque, en qué posición, quién lo mueve, a qué hora, con qué autorización y por qué.
Y todo eso lleva un usuario detrás. Un nombre y un apellido.
—¿Y eso lo puedo pedir?
—Lo he pedido. —Busca un folio en la carpeta—. El lunes cuatro presenté la solicitud judicial de exhibición. Pido dos cosas: la ratificación que el comité dice que consta, y la trazabilidad completa del expediente SC-4417.
—¿Y?
—El juzgado ha dado diez días al centro.
Clara hace la cuenta.
—Eso es el dieciocho.
—Diez días hábiles, o sea el diecinueve o el veinte. —Nagore la mira—. Y si piden prórroga, que la van a pedir, el veintisiete.
—El veinticinco es el límite.
—Sí.
—O sea que llega tarde.
—Llega tarde si llega por esa vía. —Cierra la carpeta—. Y por eso le voy a decir la única cosa que hoy le sirve.
—Diga.
—En ese laboratorio hay entre tres y seis personas cuyo usuario está pegado a cada movimiento de julio.
Y esas personas ya saben que hay un juzgado pidiendo papeles, porque el requerimiento se notificó el martes y en un sitio de cuarenta empleados eso se sabe en dos horas.
—Se encoge de hombros—. Y cuando pasa una cosa así, siempre hay alguien que se sienta en su casa por la noche y hace la cuenta de cuál de todos esos nombres es el más fácil de dejar caer.
—¿Y qué hago con eso?
—Nada. Esperar.
—¿Esperar a qué?
—A que alguien tenga miedo. —Nagore lo dice sin ninguna dureza—. No se consigue de otra manera. A la gente no se la convence. A la gente le llega un papel con el membrete del juzgado y se acuerda de la hipoteca.
Clara coge el bolso del suelo.
—¿Y lo de mis seis puntos?
—Veintitrés días. —Nagore lo apunta—. Les vuelvo a escribir mañana.
La acompaña hasta la puerta.
—Una última cosa. ¿Su marido sabe lo de Alemania?
—No.
—¿Sabe que usted sabe?
—No.
—Vale. —Nagore abre—. Pues a partir de hoy dé por hecho que todo lo que usted diga en esa cocina está en dirección médica en veinticuatro horas. No porque él lo cuente por maldad. Porque sube tres veces al mes, le reciben a los diez minutos y las conversaciones son lo que son.
—Ya.
—¿De cuánto está?
—Diecinueve más dos.
Nagore mira al techo un segundo, contando.
—Dieciocho días —dice.