CAPÍTULO 33 · SEMANA 19 1
Álex llega a las nueve menos cuarto y lo primero que dice desde la entrada es que huele bien.
—Hay pollo.
—¿Y eso?
—Que estaba en el congelador desde agosto y ya empezaba a dar pena.
Se lava las manos en el fregadero, que es una cosa que hace desde siempre en vez de ir al baño, y que a ella siempre le ha dado exactamente igual. Clara pone los dos platos. Se sienta enfrente.
—Cuéntame lo del concurso —dice.
Y Álex se lo cuenta.
Se lo cuenta durante once minutos, con la boca llena y con las manos, porque es un tema que le importa y porque lleva desde el veintiocho de septiembre sin que nadie en esta casa le pregunte por nada suyo.
Que el pliego sale en enero. Que lo han redactado con criterios de solvencia que favorecen a las grandes y que eso es una decisión política y no técnica.
Que su empresa lleva catorce años en ese hospital y que catorce años en un concurso no valen nada, porque no se puntúan.
Que si lo pierden, subrogan a la mitad y la otra mitad va a la calle con lo que diga el convenio.
—¿Y tú?
—Yo soy de los que subrogan. Yo llevo clima y de clima no hay tanta gente que sepa, y menos con una instalación de mil novecientos noventa y cuatro que está toda parcheada.
—¿Y estás seguro?
—Segurísimo no está nadie. —Se sirve agua—. Pero sí. Yo estoy tranquilo.
Clara le pasa el pan.
Y mientras habla, hace una cosa que empezó a hacer hace tres semanas sin proponérselo y que esta noche hace a conciencia.
Cuenta.
Se ha decidido que el pliego salga en enero.
Se está valorando externalizar la parte de baja tensión.
Al final se ha optado por sacarlo a lote único.
Tres en once minutos. Ni una sola persona en ninguna de las tres. Ni un nombre, ni un cargo, ni un ellos. Un pliego que sale solo, una externalización que se valora sola, una decisión que se opta sola.
Clara come pollo y le pregunta cuándo se sabrá.
—En marzo. —Álex se para un momento con el tenedor a media altura—. Bueno. En marzo.
—Ya.
—Va a ser un marzo entretenido.
Y se ríe. Y es una risa de verdad, de las de antes, la primera que ella le oye desde septiembre.
Clara se ríe también.
Y eso es lo que más la desconcierta de toda la cena: que le salga. Que le salga bien, y a tiempo, y con el volumen adecuado.
—¿Y tú qué tal hoy? —dice él—. Que has ido a la oficina.
—He ido.
—¿Y?
—Bien. Rocío me ha dado dos besos y no me ha preguntado nada, y se le notaba el esfuerzo de no preguntar. —Clara se encoge de hombros—. Y he discutido con el del laboratorio y he ganado.
—Eso es que estás bien.
—Eso es que el del laboratorio no tenía razón.
Álex se ríe otra vez.
A los postres, que son dos yogures y media manzana partida, deja la cuchara y se queda un momento mirando la mesa.
—Oye. He estado pensando una cosa y no sé si es pronto para decirla.
—Dila.
—La habitación del fondo.
Clara no se mueve.
—Hay cuatro cajas ahí desde 2026 —sigue él—. Y la mesa esa de despacho, que no la usa nadie y que está llena de facturas de la reforma. Y digo yo que en algún momento habrá que vaciarla.
—Sí.
—No digo ahora, ¿eh? Digo en enero, después de Reyes, con calma. Sacamos las cajas, tiramos lo que haya que tirar y le damos una mano de pintura y ya está.
—Vale.
—¿Sí?
—Sí. —Clara se levanta a por una cuchara que no le hace ninguna falta—. En enero.
Álex se queda mirándola desde la mesa.
—Clara.
—Dime.
—Gracias.
Ella abre el cajón de los cubiertos, coge la cuchara y lo cierra.
—Una cosa —dice, de espaldas—. El viernes dijiste que el lunes ibas a llamar al Verea.
—Llamé.
—¿Y?
—Y nada, por teléfono. —Álex resopla—. Pero subí el martes por la tarde, que me dijeron que subiera. Y me dijeron que lo de tus seis puntos está en dirección y que lo están viendo.
—¿Quién te lo dijo?
—Nadal.
Clara se vuelve con la cuchara en la mano.
—¿Quién es Nadal?
—El director médico. —Álex está rebañando el yogur con mucha atención—. Emilio Nadal. Un señor mayor, muy correcto, de los que te dan la mano con las dos manos. Me recibió a los diez minutos.
—¿Y te dijo eso?
—Me dijo que lo están viendo con calma porque hay puntos que son de la clínica y puntos que son del programa, y que no quieren mandarte una contestación a medias que luego haya que corregir.
—Ya.
—Y me dijo que te contestan esta semana o la que viene.
Clara se sienta otra vez y deja la cuchara al lado del plato, sin usarla.
—¿Y tú a ese hombre lo conocías de antes?
—De verlo por allí. —Álex encoge un hombro—. Yo he subido tres o cuatro veces desde octubre y siempre me atiende él.
—¿Desde octubre?
—Desde octubre, sí. Desde lo del sobre.
Y sigue con el yogur, y no se le mueve nada en la cara, ni en las manos, ni en el ritmo con el que raspa el fondo del vasito.
Clara tiene delante, a treinta centímetros, a un hombre que acaba de decir octubre y a una chica de veintiséis años que el martes pasado, en un aparcamiento, dijo septiembre , y a las dos personas les cree.
Y le da tiempo de sobra a decidir que esta noche, en esta cocina, no va a decir la palabra septiembre.
—Pues qué bien que te atienda a ti —dice—, porque a mí no me coge nadie el teléfono.
—Es que a mí me conocen del hospital. Es todo el mismo mundo, Clara. Se conocen todos.
—Ya.
Recogen los dos. Álex friega y ella seca, que es el reparto de toda la vida, y en algún momento él le pone la mano en la espalda al pasar por detrás y la deja ahí un segundo.
Clara no se aparta.
A las once y veinte, cuando lo oye acostarse y oye la lámpara de la mesilla, saca el cuaderno de gusanillo, se sienta a la mesa de la cocina y escribe.
6 nov. 21:00–22:10. Cocina.
Concurso mantenimiento del hospital. Pliego enero. Resultado marzo.
Tres construcciones impersonales en once minutos.
Propone vaciar la habitación del fondo en enero. Digo que sí.
Subió al Verea el martes 5 por la tarde. Le recibieron «a los diez minutos».
Textual: «Nadal. Emilio Nadal. El director médico.»
Textual: «Yo he subido tres o cuatro veces desde octubre.»
(Y. dijo: tres veces desde septiembre. Y que le pasan sin cita.)
Lo relee entero. Añade una línea más al final, con letra más pequeña:
Hoy no le he preguntado nada.
Después no guarda el cuaderno en el bolso.
Se levanta, va a la habitación del fondo, abre el armario, saca la caja que pone LIbrOS 3 , mete el cuaderno dentro, encima del resguardo, del código y del informe, y vuelve a colocar la caja debajo de las otras dos.
Se lava los dientes.
Mira, como todas las noches, la junta de la ducha, que ahora es blanca y está bien hecha y tiene el cordón perfecto, sin una sola burbuja ni un solo corte, porque Álex tardó dos tardes y lo hizo bien.
Apaga la luz.