CAPÍTULO 32 · SEMANA 19 1
El paquete llega a Düsseldorf el martes a las once y cuarenta y dos.
Clara lo comprueba doce veces entre el lunes por la noche y el martes al mediodía, refrescando la página de seguimiento con el pulgar mientras hace otras cosas. Admitido. En instalación de origen. Salida del país. En instalación de destino. En reparto. Entregado, firmado por E. Kranz.
Se detiene en el nombre de E. Kranz un momento absurdo, preguntándose si será un hombre o una mujer y qué hará el resto del día.
El martes por la tarde entra un correo automático del laboratorio confirmando la recepción de la muestra con el código de cuatro cifras y anunciando el resultado en tres días laborables.
El miércoles Clara vuelve a la oficina.
La ha llamado Damián el lunes para decirle que ya está bien de tonterías, que el jueves hay reunión con la propiedad de Bravo Murillo y con los del laboratorio de ensayos, y que la quiere allí y no en una pantalla.
Y es raro. Es raro subir en el ascensor.
Es raro que Rocío se levante a darle dos besos y que le pregunte por la barriga y que no le pregunte por nada más, con un cuidado tan visible que se le nota el esfuerzo.
Es raro sentarse en su sitio y encontrarse la taza donde la dejó el siete de octubre, lavada y boca abajo.
Trabaja seis horas seguidas y son las mejores seis horas desde septiembre. A la una y media discute con un técnico del laboratorio por teléfono sobre el número de catas y gana la discusión, y cuando cuelga se da cuenta de que lleva veinte minutos sin acordarse de nada.
A las cuatro y diez de la tarde, en el metro, entre Alonso Martínez y Gregorio Marañón, le entra el correo.
Ihr Ergebnis liegt vor. / Your result is available. / Su resultado está disponible.
Un enlace y un aviso de que hará falta el código de cuatro cifras.
Clara se baja en Gregorio Marañón, que no es su parada, sube las escaleras mecánicas y sale al bulevar, y se sienta en el primer banco libre, entre dos plataneros, con el bolso en el regazo y el abrigo puesto.
Son las cuatro y veinte de un miércoles de noviembre y hay gente pasando en las dos direcciones.
Saca el papel del bolsillo con cremallera. El código se lo sabe de memoria desde el domingo, pero saca el papel igual y lo comprueba, porque las cosas se comprueban.
Antes de teclearlo, lo nota. Una vez, floja, del lado izquierdo, la primera de la tarde.
—Un segundo, Marcos —dice.
Y teclea las cuatro cifras.
El informe tiene tres páginas y está en alemán y en español, a dos columnas.
La primera página es identificación. Código de muestra. Fecha de recepción. Tipo de análisis. Fracción fetal detectada: 9,4 %, dentro del rango informable. Método. Referencia del kit.
La segunda es una tabla de veinte marcadores con tres columnas de números y una columna de conclusión por fila.
La tercera tiene cuatro líneas.
RESULTADO
Los perfiles genéticos obtenidos excluyen la relación materna biológica entre la muestra de referencia (código 4417-A) y la fracción fetal analizada.
Probabilidad de maternidad: 0 %.
Se recomienda confirmación mediante muestra invasiva en centro acreditado.
Clara lee las cuatro líneas.
Después las lee otra vez, y en la segunda lectura lo que hace es exactamente lo que hace siempre con un informe de ensayo que da un resultado raro: se va a la primera página a comprobar el código de la muestra.
Porque nueve de cada diez informes que dan un resultado imposible lo dan porque alguien se equivocó de probeta, y ella ha visto tirar una estructura entera por una etiqueta mal puesta.
El código es el correcto. 4417-A.
Lo eligió ella el domingo, en un coche, en la segunda planta de un aparcamiento de Tetuán, con un rotulador que había en un cajón ajeno.
Guarda el móvil en el bolso y cierra la cremallera.
Se queda sentada en el banco.
En el bulevar hay un hombre mayor dando de comer a las palomas con un cucurucho de papel de periódico.
Hay dos chicas en el banco de enfrente comiendo pipas y dejando las cáscaras en el suelo.
Pasa un autobús. Pasa una ambulancia sin sirena y con las luces puestas, hacia el hospital que está a doscientos metros de aquí, y Clara la sigue con la vista hasta que gira.
Después hace la cuenta.
No le hace falta el informe para hacerla, porque la cuenta se la dibujó Berta Solans el sábado en un folio con cuatro rectángulos. Doce puntos. Un bloque de Álex. Un bloque de Iris.
Compatibilidad fraterna completa.
Hermano de padre y de madre.
Y detrás de eso, ordenadamente, como se colocan las piezas cuando por fin encaja la primera, vienen las demás.
Que el estudio se pidió el veinte de mayo.
Que el veinte de mayo ella estaba en Alicante en la boda de una prima de Álex.
Que el once de junio se sentaron delante de Vilches y decidieron hacer un séptimo ciclo. Que ella se pinchó once días.
Que el catorce de julio, a las ocho y dieciocho de la mañana, una chica de veintiséis años volvió a imprimir una lista porque le habían dicho que había un cambio de código.
Le viene una pregunta y la aparta con la mano, físicamente, igual que se aparta una avispa: si esto no es suyo, dónde está lo suyo.
La pregunta vuelve a los treinta segundos y Clara se levanta del banco y echa a andar. Vuelve otra vez a la altura de Príncipe de Vergara, y allí decide que hoy no.
Hoy no, porque a las nueve menos cuarto Álex va a entrar por la puerta de su casa y ella tiene que estar en la cocina.
Llega a las seis y veinte. El piso está vacío y huele a la lavadora del lunes, que se ha quedado dentro del tambor con la puerta cerrada.
Deja el bolso. Se quita el abrigo. Tiende la ropa.
Después abre el portátil del trabajo en la mesa de la cocina y entra en la carpeta que se llama casa .
Ciento cuarenta y cinco filas. La última columna se llama ciclo 7 · Marcos .
Clara hace doble clic en la celda del encabezado.
Borra ocho caracteres, uno a uno, con la tecla de retroceso, y no de un solo golpe, porque de un solo golpe se habría borrado también lo de delante.
Guarda. Cierra el archivo.
Después coge el móvil, entra en las notas y busca la de marzo de 2027, la que se llama Sin título y que desde el veinticuatro de octubre tiene una sola palabra.
La borra.
La nota se queda vacía, con el cursor parpadeando en la primera línea, y la aplicación le pregunta si quiere eliminar la nota vacía.
Dice que sí.
Después va a la habitación del fondo, saca del armario la caja que pone LIbrOS 3 y mete dentro el papel con el código y una copia del informe que se ha impreso esta mañana en la oficina, en la impresora de al lado del baño, sin que la viera nadie.
Vuelve a la cocina y saca el pollo del congelador.