Hasta que nazca CAPÍTULO 31 · SEMANA 18 5
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CAPÍTULO 31 · SEMANA 18 5

El sábado por la noche, Clara encuentra el laboratorio en cuarenta minutos.

Está en Düsseldorf. Hace lo que ella necesita y lo llama prueba prenatal no invasiva de relación biológica , y tiene una página con pestañas en cinco idiomas, una tarifa y unas preguntas frecuentes redactadas por alguien que sabe redactar.

Setecientos noventa euros. Resultado en tres días laborables desde la recepción de la muestra.

Piden dos tubos de sangre materna de un tipo concreto, con un conservante concreto que evita que las células se rompan durante el transporte, y una muestra de referencia de la persona con la que se compara.

Y piden que la extracción la haga personal sanitario y que los tubos salgan hacia el laboratorio dentro de las veinticuatro horas siguientes.

Clara lee tres veces la parte del tipo de tubo. Después busca el tubo. Es una marca americana, tapón negro, y no se vende en farmacias, y las tres primeras páginas de resultados son distribuidores que venden cajas de cien a hospitales.

A las once y media hace la otra cosa, que es la que lleva dos horas evitando.

Busca a Yaiza Ferrando.

La encuentra en cuatro minutos, porque el apellido no es común y porque tiene un perfil abierto con veintiséis fotos, casi todas de una perra marrón con una oreja levantada. La última publicación es de agosto, en una playa, y hay tres comentarios.

Clara escribe un mensaje. Lo borra. Escribe otro. Lo borra. El tercero lo manda a las doce menos veinte.

Soy la del aparcamiento del martes. Necesito pedirte una cosa que no tiene que ver con papeles. Si prefieres no contestar, no contestes y yo no vuelvo a escribirte nunca.

Después se queda mirando la pantalla del móvil.

Y a los dos minutos se da cuenta de lo que acaba de hacer.

Le dijo a esa chica que no dejara rastro en ningún sitio. Se lo dijo en un aparcamiento, con su voz de dar instrucciones en obra, muy segura de sí misma. Y lo primero que ha hecho ella ha sido dejar uno: escrito, con fecha, con hora, en una aplicación que guarda absolutamente todo.

Yaiza contesta el domingo a las nueve y diez.

Dime dónde.

Quedan a las doce en el aparcamiento de un supermercado de Tetuán, en la segunda planta, en el coche de Clara.

Yaiza llega con la capucha puesta y con la perra atada a la muñeca, y la mete en el asiento de atrás sin preguntar. La perra da dos vueltas y se echa.

—Perdona por el bicho. Es que si la dejo sola llora y la vecina me pone notas.

—No pasa nada.

—Dime.

Clara se lo cuenta en tres minutos y sin adornarlo. El informe. El doce. Lo que le explicó una médica ayer, con cuatro rectángulos y un bolígrafo azul, en una consulta a oscuras y sin calefacción. El laboratorio de Düsseldorf. Los tubos de tapón negro.

Yaiza la escucha entera sin interrumpirla ni una vez. Cuando Clara termina, mira al parabrisas.

—No.

—Vale.

—Es que no, ¿eh? —Se vuelve—. Es que tú me estás pidiendo que saque material del laboratorio y que te pinche en un coche.

—Sí.

—Pues no.

—Vale.

Clara no dice nada más. Es una técnica que aprendió en obra hace quince años, callarse después de que el otro diga que no, y le funciona siete de cada diez veces, y le da una vergüenza física estar usándola aquí, con esta chica, en este coche.

Yaiza resopla.

—A ver. Los tubos los tenemos. Los usamos para otras cosas y hay una caja de cien en el almacén y nadie cuenta cien tubos. Eso no es el problema.

—¿Cuál es el problema?

—Que el jueves escribí lo que me dijiste.

Clara se vuelve.

—¿Lo escribiste?

—Cuatro folios. —Yaiza mira hacia atrás, a la perra—. Qué imprimí, a qué hora, quién me lo pidió, con qué palabras, y que se lo dije a mi jefa el once de septiembre en su despacho con la puerta abierta. Lo firmé, le puse la fecha del jueves y lo tengo en mi casa dentro de un libro.

—Muy bien hecho.

—Sí, muy bien hecho. —Se ríe sin ninguna gracia—.

En esos cuatro folios yo salgo como una tía que hizo su trabajo y que encima avisó.

Si te pincho, en el siguiente papel que se escriba sobre mí salgo como la que robó material y se lo llevó a la paciente.

Y eso ya no lo arregla nadie, Clara. Ni tú, ni un juez, ni nada.

—Tienes razón —dice Clara.

—Ya sé que tengo razón.

—Y aun así te lo estoy pidiendo.

No hablan durante un minuto entero. En la planta de abajo alguien arranca, sube por la rampa, pasa por delante del coche y sigue hacia la salida.

—¿Y esto para qué sirve? —dice Yaiza—. Porque yo de leyes no sé, pero de muestras sé.

Si mañana tú vas a un juzgado con un papel de Alemania y les dices que te sacaste sangre en un piso de Bravo Murillo, se ríen de ti en la cara.

No hay cadena de custodia. No hay nadie que certifique que esa sangre salió de tu brazo.

No hay nada. Eso no es una prueba, eso es un papel.

—Lo sé.

—¿Lo sabes de verdad o lo estás diciendo?

—Me lo dijo ayer la médica y me lo estás diciendo tú ahora, y sí, lo sé.

—Entonces qué haces.

—Enterarme.

Yaiza se vuelve del todo en el asiento.

—¿Enterarte?

—Sí.

—¿Setecientos noventa euros y meterme a mí en esto para enterarte?

—Yo llevo cinco semanas peleándome con esto sin saber contra qué. —Clara mira el volante—. Y a mí, para pelear, me hace falta saber qué es. Aunque no me sirva para nada. Aunque no pueda enseñárselo a nadie. Necesito saber qué es lo que estoy haciendo.

Yaiza no dice nada durante un rato bastante largo.

—Mi madre limpió veintidós años en un colegio —dice al final—. Y un día la acusaron de haber robado unos móviles del aula de música. Y no fue ella.

—Ya.

—Y estuvo cuatro meses hasta que apareció el que había sido, que era un crío de segundo.

Y en esos cuatro meses no dormía. Y lo que decía todo el rato no era que la iban a echar, ni que iba a ir a juicio, ni nada de eso.

—Yaiza mira por la ventanilla—. Lo que decía era que quería saber quién había dicho su nombre.

—Es parecido.

—Es lo mismo.

Se queda pensándolo casi un minuto entero, con la mano en el cuello de la perra, que se ha vuelto a dormir.

—El almacén lo abro yo los lunes a las siete, porque me toca reponer. —Se endereza—. Y dentro no hay cámaras. Hay una en el pasillo, en la puerta.

—Yaiza.

—Cállate un momento, que lo estoy pensando.

Diez segundos más.

—Los tubos los cojo mañana. Pero yo no te pincho en un coche, que eso es una guarrada, y además con el frío que hace luego se hemoliza y hemos hecho el idiota. —Coge la correa—. Vienes mañana a mi casa a las tres. Mis compañeras trabajan.

—¿Y la referencia?

—La referencia es un bastoncillo de la boca y eso te lo haces tú sola.

El lunes a las cuatro y veinte de la tarde, Clara sale del portal de un edificio de Bravo Murillo con dos tubos de tapón negro dentro de un sobre acolchado, envueltos cada uno en papel de cocina y sujetos con una goma del pelo de Yaiza.

Los tubos no llevan su nombre.

Llevan un código de cuatro cifras que ha elegido ella, escrito con un rotulador permanente que había en un cajón de la cocina de esa casa, y ese código está apuntado en un papel que Clara ha metido en el bolsillo interior del bolso, el que cierra, junto al volante de Solans.

En el rellano, antes de bajar, Yaiza le ha dicho una sola cosa.

—Si esto sale mal, yo voy a decir que no nos conocemos.

—Me parece bien.

—Vale.

A las cinco menos diez, Clara entrega el paquete en un punto de envíos internacionales de la calle Orense.

—¿Contenido?

—Muestras biológicas no infecciosas.

—¿Documentación?

—No.

La chica del mostrador teclea sin levantar la vista.

—¿Valor declarado?

—Cincuenta euros.

—¿Entrega en Düsseldorf mañana antes de las doce?

—Sí.

Sesenta y dos euros con cuarenta. Paga con tarjeta y le dan un resguardo con un código de seguimiento de dieciocho dígitos y un adhesivo con un código de barras.

Esa noche, durante la cena, Álex habla de un contrato de mantenimiento que sale a concurso en enero y de que si lo gana la otra empresa se va a la calle medio departamento. Clara le contesta, le pregunta cosas y se sorprende de lo bien que le sale.

Antes de acostarse entra en la habitación del fondo, abre el armario, saca la tercera caja de la mudanza —la que pone LIbrOS 3 con rotulador y que no han abierto desde 2026— y guarda dentro el resguardo del envío, doblado en cuatro.

Después vuelve a ponerla debajo de las otras dos y cierra el armario.