Hasta que nazca CAPÍTULO 30 · SEMANA 18 4
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CAPÍTULO 30 · SEMANA 18 4

El centro de salud un sábado por la mañana es otro edificio.

La puerta principal está cerrada con una cadena y hay que entrar por urgencias, donde una auxiliar que Clara no ha visto nunca le dice que pase, que la doctora Solans ha avisado.

El pasillo largo está a oscuras. Solo hay luz en dos consultas y en el mostrador del fondo, y en algún despacho hay una radio puesta muy baja.

Solans está en su consulta con la bata sobre el respaldo y un jersey grueso de cuello alto, porque la calefacción los sábados no la ponen.

En la mesa hay dos folios impresos, un cuaderno abierto y un vaso de plástico de la máquina.

—Siéntate. —Le da la vuelta a uno de los folios—. ¿Esto te lo han mandado ellos?

—El jueves. Se les había traspapelado.

—Ya.

Solans se pone las gafas.

—Anoche, cuando me llegó tu mensaje, lo abrí en el móvil, no entendí nada y me fui a dormir.

—Se apoya en los antebrazos—. Y a la una y media me levanté y estuve hasta las cuatro.

Te lo digo para que sepas de dónde te hablo: yo esto lo estudié hace treinta y un años y no lo he vuelto a tocar.

Yo soy médica de familia. No soy inmunóloga ni hematóloga y lo que te diga hoy te lo tiene que confirmar alguien que lo sea.

—Vale.

—Pero es que es bastante sencillo. Es de las pocas cosas de la medicina que son de sumar y restar.

Coge un bolígrafo azul y le da la vuelta al segundo folio, que está en blanco.

—Aquí hay seis puntos. —Dibuja seis rayitas en fila—. Cada persona tiene dos versiones de cada punto: una la trae del padre y otra la trae de la madre. Y no vienen sueltas. Vienen en bloque. Las seis del padre viajan juntas y las seis de la madre viajan juntas.

—¿Siempre?

—Casi siempre. De vez en cuando el bloque se parte, pero es raro y no cambia lo que te voy a decir. —Dibuja dos rectángulos, uno encima del otro—. Entonces cada uno de nosotros es esto: un bloque del padre y un bloque de la madre. ¿Vale?

—Vale.

—Ahora, la niña.

Y ahí Solans se para y levanta la vista.

—Clara, para seguir necesito que me digas una cosa que no me has dicho nunca y que llevo cinco semanas sin preguntarte.

Clara mira los rectángulos del folio.

—Es hija de Álex.

Solans no cambia de cara. Escribe una A pequeña dentro del rectángulo de arriba.

—¿Y la madre?

—Una mujer con la que estuvo hace once años. Iris.

—¿Antes de ti?

—Antes de mí.

—¿Y él lo supo cuándo?

—Dice que este año.

—Vale. —Escribe una I en el rectángulo de abajo, y no comenta lo de dice —. Entonces la niña es esto: un bloque de Álex y un bloque de esa mujer.

Dibuja otros dos rectángulos al lado.

—Y ahora un hijo tuyo y de Álex. Un bloque de Álex, el que le toque, que puede ser el mismo que le tocó a ella o el otro, ahí hay una moneda al aire. Y un bloque tuyo.

Escribe una A y una C.

—¿Cuántos puntos comparte como mucho ese hijo con la niña?

Clara mira los dibujos. No le lleva nada.

—Seis.

—Seis. Si sale bien la moneda. Y si sale mal, cero de ese lado. —Solans deja el bolígrafo—. Seis de doce. Eso es lo que se llama medio compatible. Y eso es exactamente lo que te dijeron a ti.

—Sí.

—Y tu informe pone doce.

Clara no dice nada.

—Para que ese informe fuera de un hijo tuyo y de Álex —dice Solans, muy despacio—, tu bloque tendría que ser idéntico al de esa mujer. Los seis puntos, las dos versiones de cada uno, todo. Y tú a esa mujer no la conoces de nada.

—¿Y no puede coincidir?

—Hay combinaciones que son frecuentes, sí.

Hay haplotipos que en España los tiene mucha gente.

Un inmunólogo te diría que no es imposible del todo, porque en genética casi nada es imposible del todo.

—Se quita las gafas—. Pero yo llevo tres horas con esto y te lo voy a decir como se lo diría a mi hija: eso no pasa.

Clara se queda mirando el folio con los cuatro rectángulos.

Y lo primero que entiende no es el razonamiento. Lo primero que entiende es una cosa mucho más pequeña y mucho más rápida, que le llega antes que la lógica y que le sube desde algún sitio a la altura de los riñones:

que alguien le metió otra cosa dentro.

—Entonces el informe es de otra persona —dice.

—Esa es una posibilidad.

—Se equivocaron de papel. Es un informe de otra paciente que se ha metido en mi expediente por error. Eso pasa todos los días.

—Puede ser.

—Tú misma me has dicho mil veces que estos sistemas cruzan cosas.

—Puede ser, Clara. —Solans lo dice sin ninguna dulzura y sin ninguna prisa—. Léeme la referencia interna del informe.

—NV-1147.

—¿Y el código que te llegó a ti en el papel de septiembre?

Clara se queda con la boca abierta medio segundo.

—NV-1147.

—Ya.

Se hace un silencio. En el pasillo pasa alguien empujando un carro con ruedas malas y la radio del despacho cambia de canción.

—Hay dos posibilidades y solo dos —dice Solans—. O ese informe no es de tu embarazo, y entonces esto es un desastre administrativo del tamaño de una catedral. O ese informe es de tu embarazo.

—Y entonces qué.

—Y entonces ese embarazo no viene de ti.

Clara oye la frase entera, con el verbo y todo, y lo que hace mientras la oye es mirar el reloj de la pared de la consulta, que marca las once y veintitrés y que va cuatro minutos adelantado, porque siempre ha ido cuatro minutos adelantado y ella lo sabe desde septiembre.

—Hay otra cosa en el informe —dice.

—Dime.

—La muestra la recibieron el veinte de mayo.

Solans coge el folio impreso y busca la línea.

—Sí.

—Yo empecé a pincharme el veintiocho de junio. La consulta en la que decidimos hacer el séptimo fue el once de junio. —Clara habla en el tono con el que lee una acta de replanteo—. El veinte de mayo, en mi ciclo, no había nada.

Solans deja el folio.

—Eso también lo he visto —dice— y lo he estado mirando esta noche, y me he dicho que a lo mejor las muestras entran con otra fecha, o que a lo mejor esa fecha es de otra cosa, del donante o de vete tú a saber. Y no lo sé. No te lo puedo interpretar.

—Vale.

—Yo puedo estar equivocada en todo esto —dice Solans—. Ojalá lo esté. Es más: quiero estarlo.

—¿Y cómo se sabe?

—Se sabe mirándolo.

—¿Y eso cómo se hace?

Solans se recuesta y tarda en contestar.

—Se hace con una prueba. Hay pruebas que se hacen con tu sangre, sin tocar nada de dentro, porque en tu sangre circula material del embarazo. Eso existe, no es raro y se hace todos los días.

—Pídela.

—No puedo.

—Berta.

—No es que no quiera. —Se le va la voz un momento y la recupera—.

Es que si yo la pido, la pido desde aquí y con tu número de historia.

Y todo lo que yo pida desde aquí con tu número de historia se ve.

Lo ve el circuito, lo ve la unidad y lo ve el Verea, porque están conectados y porque tú estás incorporada a un programa.

—¿Tú sabes que en mi ficha del Verea hay un aviso?

—No sé nada de ningún aviso. —Solans la mira de frente—. Sé cómo funciona esto.

Clara se mira las manos.

—O sea que si lo pido por dentro, se enteran antes que yo.

—Se enteran a la vez que tú, que es peor.

—¿Y en una privada?

—Una privada te va a pedir una petición médica.

Y la petición la firmo yo, con mi número de colegiada.

Y estamos otra vez en lo mismo. —Solans junta los dos folios y se los tiende—.

Necesitas que esto lo mire alguien que no esté ni en un sitio ni en el otro.

Y yo no te puedo decir cómo se hace eso, porque no lo sé, y porque si lo supiera tampoco te lo podría decir.

Clara coge los folios y los dobla en tres.

—¿Y si sale que tienes razón?

—Entonces tendrás un papel que no vale nada delante de un juez y que lo vale todo para ti. —Solans se levanta y coge la bata del respaldo—. Y a partir de ahí ya no es medicina, y ahí yo no te sirvo.

Va hacia la puerta y se para con la mano en el picaporte.

—Una cosa más y te dejo ir. Sea lo que sea lo que hagas, hazlo esta semana.

—¿Por qué?

—Porque estás de dieciocho más cuatro. —Abre la puerta—. Y a partir de un punto, lo que averigües va a dar exactamente igual.

En el aparcamiento, Clara llega al coche y no entra.

Se queda de pie con la llave en la mano, apoyada en la puerta del conductor. Hace frío por primera vez este otoño, el frío de verdad, el que se nota en los dedos, y hay dos hojas mojadas pegadas al parabrisas que no piensa quitar.

Lo nota. Dos veces, del lado izquierdo.

—Ya —dice—. Ya, Marcos, ya.