CAPÍTULO 27 · SEMANA 18 0
—Buenas tardes. Vengo a preguntar por un documento que falta en mi historia clínica.
La chica del mostrador es la de la trenza. Hoy la lleva bien hecha.
—¿Nombre?
—A ver. —Teclea—. Aquí me consta la entrega del veinticinco. ¿No te ha llegado?
—Me llegó ayer.
—Vale. ¿Y qué falta?
—El documento quince.
La chica levanta la vista.
—¿El quince?
—Los folios llevan un sello de numeración, uno de rueda, azul. En mi copia hay doce, trece, catorce y dieciséis. Falta el quince. —Clara deja el móvil encima del mostrador con la foto ampliada—. Aquí lo tienes.
La chica mira la pantalla tres segundos.
—Es que eso yo no lo veo.
—¿Qué es lo que no ves?
—El foliado. Yo veo la lista de documentos. —Gira un poco el monitor sin llegar a enseñárselo del todo—. Yo aquí tengo veintiuno y te hemos mandado veintiuno.
—Ya. Y en el papel hay un salto.
—Es que el foliado lo hace archivo. Nosotras no tocamos eso.
—Vale. ¿Y puedo hablar con archivo?
—Archivo no atiende al público.
Clara respira una vez, despacio.
—A ver si me explico, y perdona, que no es contigo. —Apoya las dos manos en el mostrador—. Existe un documento que forma parte de mi historia clínica, que alguien numeró en su día, y que en las dos copias que ha emitido este centro no está. Yo lo único que quiero es que me lo mandéis.
—Ya, si te entiendo.
—Entonces, ¿cómo se hace?
—Por escrito. —Lo dice con toda la amabilidad del mundo—. Rellenas una solicitud de acceso, pones ahí lo que falta y entra por el circuito otra vez.
—¿Y cuánto tarda?
—Quince días hábiles.
—Ya he esperado quince días hábiles.
—Ya. Pero es que esto es una solicitud nueva.
Detrás de Clara hay ahora tres personas esperando y un hombre de pie con un abrigo doblado sobre el brazo.
—Mira, te voy a pedir una cosa —dice Clara, y baja el tono—. Quiero hablar con alguien que no seas tú. No porque tú no me estés atendiendo bien, que me estás atendiendo perfectamente. Quiero hablar con quien decida esto.
—Es que ahora mismo no hay nadie de dirección.
—¿Y mañana?
—Te puedo dejar aviso. —Coge un bloc de los de papel autocopiativo—. ¿Un teléfono?
Clara se lo da.
—Y quiero que quede constancia de que he venido hoy y de lo que he pedido.
—Sí, sí. Yo lo apunto todo.
Lo apunta todo. Escribe cuatro líneas y en la última pone la hora y sus iniciales.
Cuando Clara se aparta del mostrador y va hacia el ascensor, oye detrás el ruido del teléfono interior descolgándose.
En el aparcamiento, en la planta menos dos, junto a la columna de su plaza, hay una chica de unos veinticinco años apoyada en el capó del coche de al lado.
Lleva vaqueros, un plumífero corto y una mochila colgada de un hombro. No está esperando a alguien que vaya a llegar, porque en cuanto ve a Clara se separa del capó y da dos pasos.
—¿Clara Sanjuán?
—Sí.
—Yo trabajo arriba. —Habla deprisa y bajo y mira una vez hacia la rampa—. En el laboratorio. Me llamo Yaiza.
Clara no dice nada.
—No te voy a entretener, es un momento. —Se pasa la mochila al otro hombro—. Acabas de estar en el mostrador preguntando por el quince.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Bea ha llamado a dirección médica mientras tú estabas todavía delante del ascensor.
Clara mira hacia la rampa. No baja nadie.
—¿Y tú qué quieres?
—Yo no quiero nada. —Yaiza traga—. Yo quiero contarte una cosa, que la sepas, y luego me voy a mi casa.
—Cuéntala.
—El catorce de julio yo estaba de mañana.
Entro a las siete. —Habla mirándole al hombro y no a la cara—.
Yo lo que hago es preparar la lista de transferencias del día, sacar las etiquetas y dejar cada cosa en su sitio.
Es una lista que se imprime a primera hora y que sube a quirófano en papel, porque aquí eso sigue yendo en papel.
—Vale.
—Esa mañana la imprimí a las siete y veinte, como siempre. Y a las ocho y cuarto me dijeron que la volviera a sacar porque había un cambio.
—¿Qué cambio?
—Un código. —Yaiza se para un segundo—. En tu línea.
Clara no se mueve.
—Yo eso no lo veo raro, ¿eh? —dice Yaiza deprisa, como si le hubiera visto algo en la cara—.
Eso pasa. Se cambian códigos por mil motivos.
Porque un preembrión no evoluciona, porque el laboratorio decide otra cosa esa misma mañana, porque hay una incidencia con la crio.
Yo he sacado cincuenta listas de esas y me han cambiado códigos en veinte.
—Entonces por qué me lo cuentas.
—Porque la lista la imprimo yo. Con mi usuario. —Se le va la voz un punto y la recupera—. Y en el sistema, la segunda impresión de esa mañana consta hecha por mí, a las ocho y dieciocho. Y eso se queda ahí para siempre.
—¿Y?
—Y que llevo desde septiembre viendo cómo se pone todo esto, y llevo desde septiembre pensando que si un día alguien pregunta quién sacó esa lista, la respuesta va a ser yo. —Yaiza se mira las manos—. Y yo tengo veintiséis años y un contrato de obra y servicio que se renueva cada seis meses.
—¿Se lo has dicho a alguien?
—A mi jefa. En septiembre.
—¿Y?
—Me dijo que no me preocupara. Que estaba todo en orden y que había un consentimiento firmado y que yo hice lo que tenía que hacer.
—Levanta la cabeza por primera vez y mira a Clara a la cara—.
Y me lo dijo muy bien y con muy buenas palabras y me puso la mano en el brazo. Y desde ese día duermo fatal.
Ninguna de las dos dice nada. Arriba, en la planta menos uno, alguien cierra un maletero.
—¿Qué quieres de mí? —dice Clara.
—Nada.
—Yaiza.
—Que nada, de verdad. Yo no te voy a dar papeles.
Yo no tengo acceso a eso y si lo sacara se sabría en dos horas quién ha sido, porque en ese laboratorio somos cuatro y dos están de baja.
—Se ajusta la mochila—. Yo lo que quiero es que alguien de fuera sepa que yo dije lo que vi, y cuándo lo dije.
Ya está. Que si un día esto explota y hay que buscar a alguien pequeño para colgárselo, haya alguien en el mundo que sepa que yo lo dije en septiembre.
—¿Y no lo has puesto por escrito?
—No.
—Ponlo por escrito.
—Ya. —Yaiza se ríe sin ninguna gracia—. Y me voy a la calle el jueves.
—No lo mandes a ningún sitio. —Clara habla en el tono con el que da instrucciones en obra, y se oye a sí misma hacerlo—.
Escríbelo entero: qué día, a qué hora, qué imprimiste, quién te lo pidió y con qué palabras.
Ponle la fecha de hoy y di dentro que lo comunicaste en septiembre a tu responsable.
Fírmalo. Y guárdatelo tú, en tu casa, en papel.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para que exista antes.
Yaiza se queda pensando. Asiente una vez, corto.
—Vale.
—Y una cosa más.
—Dime.
—¿Bea llama a dirección médica cada vez que alguien pregunta algo?
—No.
—¿Con lo mío sí?
—Con lo tuyo hay una nota. —Yaiza vuelve a mirar hacia la rampa—. En tu ficha sale un aviso que dice que cualquier consulta de esta paciente se comunique a dirección médica. Yo eso lo veo porque la ficha la vemos todos, hasta los del laboratorio.
—¿Desde cuándo?
—Desde el veintiséis de septiembre.
Dos días antes del sobre.
Yaiza se gira hacia la escalera. A los tres pasos se para y vuelve media vuelta.
—Y otra cosa, y esta te la digo y ya me callo. Yo no sé lo que dirección médica hace con esas notas.
—Pero.
—Pero tu marido ha subido tres veces desde septiembre. Y a él lo pasan sin pedir cita.
Se va por la escalera y no por el ascensor.
Clara se queda de pie junto a su coche cuatro o cinco minutos, con las llaves en la mano y sin abrir.
Después se sienta, arranca, y en la rampa de salida se da cuenta de que tiene que decidir una cosa antes de llegar a casa: si esta noche, cuando Álex se siente en la cocina, ella le va a preguntar cuántas veces ha estado arriba.
Sube por Cartagena y decide que no.
Y en el semáforo de López de Hoyos entiende que acaba de tomar la misma decisión que le contó Amparo a las cinco de la mañana en su propia cocina, con otras palabras, y que la ha tomado en cuatro kilómetros.