CAPÍTULO 26 · SEMANA 17 6
El lunes llegan las dos cosas el mismo día. Esa coincidencia es lo único que le permite verlo.
La primera entra a las nueve y cuarenta por correo electrónico.
Es la respuesta de la unidad de continuidad a su solicitud del jueves veinticuatro, firmada por una coordinadora cuyo nombre Clara no ha oído nunca.
Catorce páginas en PDF: las hojas de seguimiento domiciliario del tres al veinticuatro de octubre, escaneadas del original en papel, con la letra de Amparo, que es letra grande y redonda y que se lee sin ningún esfuerzo.
Clara las lee todas.
La mayoría son casillas. Tensión, peso, sueño, actividad, alimentación, cumplimiento de citas. Las observaciones están casi siempre vacías o son de una línea.
3/10. Primera visita. Se instala pulsera y aplicación. Se explica funcionamiento. Comprende. Colabora.
5/10. TA 13,9 a la llegada. Se repite a los 20 min: 12,8. Sin otros hallazgos.
8/10. Sin incidencias. Trabaja en domicilio. Actividad física escasa. Se le insiste.
10/10. Elevación del pulso a las 21:10. Se contacta telefónicamente con la paciente. Refiere actividad física no registrada. Se cierra aviso.
15/10. Sin incidencias.
17/10. Refiere cinco horas de sueño con dos interrupciones. Buen estado general.
Clara lee la del diez de octubre dos veces y no siente nada raro, porque es exactamente lo que Amparo le dijo por teléfono que iba a escribir, con las mismas palabras.
Después llega a la del veinticuatro.
24/10. TA 11/7. Peso estable. Buen estado general. La paciente registra por escrito el contenido de las visitas.
Clara se queda quieta.
El veinticuatro de octubre es el jueves del cojín de lactancia. Es el día siguiente a la madrugada.
Lee la línea otra vez. No dice nada más. No dice qué registra, ni desde cuándo, ni por qué, ni para qué. Dice que registra.
Y es verdad. Es la única frase de las catorce páginas que es literalmente cierta y que ella no le ha dicho a Amparo en ningún momento.
Clara mira el cuaderno de gusanillo, que está encima de la mesa, a treinta centímetros del portátil, abierto todavía por la reconstrucción del nueve de julio con las tres rayas y los corchetes.
Lo cierra. Se levanta. Se sirve un vaso de agua y se lo bebe entero de pie junto al fregadero. Después vuelve, abre el cuaderno otra vez y lo deja como estaba.
La segunda cosa llega a las cinco y veinte de la tarde, en mano, por mensajería.
Es un sobre acolchado grande del Instituto Verea con su nombre y su número de expediente escritos en una etiqueta, y dentro hay un taco de papel de unos tres dedos con una carátula que dice COPIA DE HISTORIA CLÍNICA — SC-4417 — ENTREGA A PACIENTE y la fecha del veinticinco de octubre.
Clara lo pone encima de la mesa de la cocina.
Después baja al coche y sube la carpeta de anillas que le dio Nagore el martes pasado en su despacho, que es la copia que el Verea entregó el día veintiuno a la representación procesal.
Las pone una al lado de la otra.
Son dos copias del mismo expediente completo, entregadas por el mismo centro con cuatro días de diferencia, una a la abogada y otra a la paciente.
Aparta las tazas, el bote de los bolígrafos y el frutero, y se pone a compararlas.
Tarda dos horas y veinte minutos. Lo hace como coteja una separata de proyecto contra la que se mandó a visado: primero los índices, después el contenido, marcando cada diferencia en un folio aparte con una raya y un número, sin interpretar nada mientras coteja, porque interpretar mientras cotejas es la manera segura de saltarte tres cosas.
El índice de la copia de Nagore tiene veintiún documentos. El de la copia de la paciente tiene veintiuno también.
No son los mismos veintiuno.
En el de la paciente hay dos consentimientos de anestesia y una hoja de tarifas firmada que en el de Nagore no aparecen. En el de Nagore hay un informe de la unidad de continuidad y un escrito de traslado del comité que en el de la paciente no aparecen.
Eso no le llama la atención. Eso es normal y eso pasa en todas las administraciones de este país, y a ella le pasa cada semana con cuatro ayuntamientos distintos: cada ventanilla manda lo que tiene delante y todo el mundo llama a eso completo .
Lo que le llama la atención es la numeración.
Los documentos vienen numerados a pie de página con un sello de tinta azul, de esos de rueda, de los que se ponen a mano cuando se folia un expediente por primera vez.
Y esos números no siguen el orden del índice.
Siguen otro orden. El orden en el que alguien, en algún momento, apiló los papeles y les pasó la rueda por encima.
Clara los ordena por sello.
Uno, dos, tres, cuatro. Sigue.
Doce. Trece. Catorce. Dieciséis.
No hay quince.
Lo comprueba en las dos copias. Lo comprueba tres veces, hoja por hoja, mirando también el reverso de cada folio por si el sello hubiera salido flojo o se hubiera imprimido en el dorso. En la copia de Nagore tampoco está.
Del doce al catorce son tres informes de laboratorio del quinto ciclo, de febrero de 2031. El dieciséis es la hoja de programación de quirófano del nueve de julio de 2032.
Entre uno y otro, en el sitio exacto donde tendría que estar el quince, hay un salto de un año y cinco meses y un número que falta.
A las ocho y diez, Clara hace una cosa que no había hecho hasta ahora.
Fotografía las dos copias enteras, hoja por hoja, con el móvil. Apoya cada folio en la mesa, se sube a una silla para que salga recto y sin sombra, y va pasando.
Doscientas noventa y ocho fotografías. Le lleva hora y media y le duele la espalda al bajarse de la silla la última vez, y tiene que sentarse un momento antes de recoger.
Las sube a una carpeta nueva de la nube y le pone el nombre de un expediente de obra: BM-2031-fachada-oeste .
Mientras se sube la última tanda, apoyada en la encimera y esperando la barra azul, lo nota. Tres veces, muy seguidas, del lado izquierdo.
—Estoy —dice—. Estoy, Marcos.
Después coge un pósit del bloque amarillo, escribe un número y lo pega por dentro de la puerta del armario de los vasos, a la altura del segundo estante, al lado del otro, que sigue ahí desde el veintiocho de septiembre y que ya está despegado por una esquina.
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