Hasta que nazca CAPÍTULO 25 · SEMANA 17 5
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CAPÍTULO 25 · SEMANA 17 5

El domingo por la mañana, a las nueve y diez, Clara se sienta en la mesa de la cocina con el portátil y los auriculares puestos y le da al play desde el principio.

El vídeo dura un minuto y cuarenta y siete segundos. Eso es lo primero que la desarma: que dure un minuto y cuarenta y siete segundos.

Los primeros cuarenta son Iris. Está en su cocina, de pie, apoyada en la encimera, sin sentarse, y detrás se ve un papel de embalar grande pegado a la pared con una cuadrícula hecha a rotulador y algunas casillas tachadas.

—Yo esto no lo iba a enseñar —dice—. Lo tengo desde junio y no lo iba a enseñar nunca, porque me pareció que era meterme donde no me llaman y porque a mí me lo enseñaron para que me quedara tranquila, no para publicarlo.

Aprieta los labios y los suelta.

—Y ahora me llega un papel de un juzgado en el que se dice que a mí me han contado una cosa que no existe. Que no tiene base documental. Que es objetivamente falsa. —Levanta un folio y lo vuelve a bajar sin enseñarlo—. Pues muy bien. Aquí está la base.

Nada más. No dice el nombre de Clara. No dice el nombre de la clínica. No pide nada, ni que se comparta, ni que se firme, ni que se opine.

Y entonces empieza lo otro.

Empieza a la mitad. No hay principio: alguien ha cortado por delante, y el corte se nota porque la imagen entra con una mano ya moviéndose y con una frase a medias que no llega a entenderse.

La consulta es la tres. Las paredes verde claro. La silla azul de escay con el respaldo alto y el reposabrazos derecho pelado en la esquina.

La mujer sentada lleva una bata de papel azul encima de la ropa, el pelo aplastado en la coronilla por un gorro que ya no tiene puesto, y una vía en el dorso de la mano izquierda con un tapón blanco y un esparadrapo transparente. Está mirando hacia abajo y hacia la derecha, a algo que no se ve.

Alguien habla fuera de plano.

Se oye la cadencia y no las palabras. Es una voz de mujer, o de hombre muy joven, y está lejos del micrófono, y dura unos cuatro segundos. Se distingue entonces al principio y después algo que puede ser material , o puede ser que si , o puede no ser nada.

La mujer de la silla levanta la cabeza.

Mira un momento hacia la cámara, vuelve a mirar hacia abajo, y dice, arrastrando un poco las eses:

—Haced lo que tengáis que hacer para que esta vez funcione.

Después se ríe. Es media risa, de las que se hacen para cerrar una frase y que el otro no se quede incómodo.

—Que ya está bien —añade—. Que llevamos siete.

Fin del clip. Fundido a negro y el logo pequeño de la plataforma.

Clara le da al play otra vez.

Y otra.

A la cuarta ya no está escuchando: está mirando la vía del dorso de la mano izquierda, que es la parte que le permite fechar aquello sin ninguna duda posible.

El nueve de julio.

De ese día se acuerda entero hasta un punto, y a partir de ese punto no.

Se acuerda de que entró a las ocho y cuarto en ayunas y con Álex, y de que en el vestuario había una chica de Talavera, en su cuarto ciclo, que le contó que ella ya no le decía nada a su madre porque su madre lloraba más que ella.

Se acuerda de la bata de papel y de que le quedaba corta y de que las dos se rieron de eso.

Se acuerda del anestesista, un señor mayor muy hablador que le preguntó a qué se dedicaba y que estuvo diez minutos contándole una reforma que le habían hecho en su casa en Villalba mientras le canalizaba la vía, y que se quejó del alicatado.

Se acuerda de que dijo ahora vas a notar un poquito de frío en el brazo .

Y a partir de ahí hay una hora y media de la que le quedan cuatro cosas.

La manta térmica azul, que pesaba menos de lo que parecía.

El ruido de la cortina de la cama de al lado corriéndose dos veces, primero abriendo y luego cerrando.

Una galleta de esas de paquete individual y un zumo de piña que no le apetecía nada y que se bebió porque le dijeron que tenía que beber algo antes de levantarse.

Y Álex de pie a los pies de la camilla, con el abrigo puesto y el gorro de papel todavía en la mano, preguntándole si estaba bien.

Y una cosa más, muy pequeña, en la que no había vuelto a pensar en tres meses y medio.

Una chica con una bata blanca y un móvil que le preguntó si le importaba grabar un momentito.

Clara para el vídeo.

Va al navegador y busca la página del Instituto Verea. Menú superior: El centro. Equipo. Tratamientos. Pacientes.

Pincha en Pacientes .

Hay seis vídeos en una fila, con la miniatura en blanco y negro y un nombre debajo. Cinco parejas y una mujer sola.

La mujer sola es ella.

Clara S. · Julio 2032

Cincuenta y dos segundos.

Es la misma silla, la misma bata de papel, el mismo pelo aplastado. Está mejor encuadrada, eso sí, y le han puesto una música por debajo, un piano de esos que no molestan.

—¿Qué le dirías a alguien que está empezando ahora? —pregunta la voz de fuera de plano.

Y esta vez se oye perfectamente. Porque este vídeo lo han montado, y le han quitado el ruido, y le han subido el micrófono.

—Pues que es muy largo. —La mujer de la silla se ríe—. Que es muy largo y que hay días muy malos, y que aquí te tratan como una persona y no como un número, que eso yo lo he notado mucho.

—¿Y qué te llevas de este ciclo?

—Que esta vez va a salir.

Fundido. Logotipo del Instituto Verea. Un teléfono, una dirección de Chamartín y un horario.

Publicado el nueve de agosto. Tres mil doscientas reproducciones.

Clara se acuerda ahora de haber dicho que sí. Se acuerda de la chica de la bata blanca, del móvil sujeto con las dos manos, de que le dijo que era para la web, que si prefería no, no pasaba nada, que lo hacían con una de cada diez pacientes. Y se acuerda de haber dicho que vale. Que sí. Que claro.

No se acuerda de la otra pregunta.

Se pasa una hora entera intentando acordarse. Sube el volumen de los auriculares al máximo y escucha los cuatro segundos de la voz de fuera de plano treinta veces, y lo único que consigue sacar en limpio es entonces , y una duda razonable sobre si en el segundo dos hay una ese o una zeta.

A las once y media, Álex sale de la habitación, va hacia la cocina y se para en la puerta. Ve lo que está viendo en la pantalla. Se queda ahí un rato sin decir nada.

—¿Eso lo ha puesto ella? —dice al final.

—Anoche.

—Joder.

—¿Tú sabías que existía?

—No.

—El de la página del centro sí lo sabías.

Álex se queda muy quieto.

—Ese sí. —Baja la vista al mando de la tele—. Ese me lo enseñó Vilches en septiembre, en el pasillo, en su móvil. Me dijo que habías salido muy bien y muy natural.

—¿Y no me lo dijiste?

—Se me pasó, Clara. Te juro que se me pasó. Fue el día de la eco de las doce y tú estabas contenta y yo estaba…

—Vale.

—Es que no era nada.

—Ya. —Clara cierra la tapa del portátil—. No era nada.

Álex se queda todavía un momento en la puerta, con las manos en los bolsillos del pantalón de chándal.

—¿Quieres que la llame?

—No.

—Clara, si le explico que—

—No.

Por la tarde saca el cuaderno de gusanillo y se pone a reconstruir el nueve de julio.

Lo hace como reconstruye un incidente en obra: hacia atrás desde lo que consta, con las horas a la izquierda y los hechos a la derecha, una línea por cada cosa que pueda acreditar y una raya por cada cosa que no.

08:15 entrada. Vestuario. Bata. Chica de Talavera.

08:40 aprox. Anestesista. Vía mano izq. Villalba, alicatado.

09:00 aprox. Quirófano.

—

—

—

10:30 aprox. Reanimación. Manta. Galleta y zumo de piña. Cortina x2.

10:45 aprox. Álex a los pies. Gorro de papel en la mano.

¿? Chica con bata blanca. Móvil. «Un momentito para la web». Digo que sí.

11:20 aprox. Alta. Salgo andando.

Entre las nueve y las diez y media hay tres rayas.

Clara las mira un rato largo. Después coge el bolígrafo y escribe encima, entre corchetes:

[aquí me preguntan algo]

A las siete y veinte, mientras friega, lo nota otra vez. Dos veces seguidas y arriba, casi debajo de las costillas.

—Ya —dice—. Ya te he oído.

Y luego se queda con las manos en el agua, escuchando por si acaso alguien lo ha oído a ella.