CAPÍTULO 24 · SEMANA 17 3
Nagore la llama el viernes a las nueve y diez.
—Lo presento hoy antes de las dos. Se lo leo por encima, que son cuatro folios y no le voy a estropear la mañana entera.
—Léamelo.
Clara se sienta en la silla de la cocina.
—¿No está?
—No está. Y he pedido además el índice de documentos, que es la lista de todo lo que contiene el expediente y que tienen que darlo siempre, y en el índice tampoco figura.
—Un ruido de papeles—. Así que lo que alego es que aplicaron una cláusula sin cumplir la condición que la propia cláusula impone.
Y por tanto, no hubo consentimiento válido para hacer lo que hicieran.
—¿Qué hicieron?
—Eso no lo sé y en el escrito no lo digo, porque no me lo puedo inventar. —Nagore hace una pausa—. Y hay un tercer párrafo que sí quiero que oiga entero, porque es el que va a doler.
—Adelante.
—«Esta parte hace constar que su representada no ha prestado en ningún momento consentimiento para la incorporación de su gestación al Programa de Continuidad Terapéutica, y que cuantas manifestaciones se hayan efectuado ante terceros en sentido contrario carecen de base documental alguna y son objetivamente falsas. »
Clara se queda callada.
—¿Terceros? —dice.
—Terceros.
—Eso es Iris.
—Eso es la representante legal de la receptora, que es parte interesada en el expediente y a la que se le da traslado de todo lo que entra. —Nagore no lo suaviza ni medio grado—. Sí. Le llega a ella. Le llega hoy por la tarde o el lunes a primera hora.
—Espera.
—No puedo esperar.
—Nagore, hemos mandado seis condiciones el lunes. El lunes. Todavía no han contestado.
—Ya.
—Y ella quitó los directos. Los quitó el domingo por la tarde, el mismo día, a las dos horas de que se lo pidiera. Y no ha vuelto a poner nada. Lo he mirado todos los días.
—Ya lo sé. Lo he mirado yo también. —Un silencio corto—.
Sanjuán, escúcheme bien. El plazo del comité vence el diez de noviembre.
Si yo no meto esto ahora, el comité resuelve sobre un expediente en el que nadie ha dicho que falta el documento principal.
Y cuando lo digamos después, nos contestarán que pudimos decirlo en plazo y no lo dijimos. Y tendrán razón.
—Cinco días.
—No.
—Tres.
—No, Clara. —Es la primera vez en un mes que la llama Clara—.
Y no se lo digo por dureza. Se lo digo porque si dentro de tres semanas usted decide seguir adelante con ese pacto suyo, va a querer haberlo firmado desde una posición en la que ellos supieran que usted lo sabía todo.
Un acuerdo firmado por alguien que no ha alegado nada no vale nada. Es un papel para que lo enseñen.
Clara mira por la ventana, al patio de manzana.
—Vale.
—Se lo mando en cuanto esté registrado.
A las dos y veinte llega el justificante por correo. Cuatro folios y un sello con fecha y hora: 25/10/2032, 13:48.
Clara abre el borrador de un correo nuevo tres veces esa tarde.
El destinatario es Álex, porque de Iris no tiene el número. Escribe dos líneas explicando que el escrito no va contra ella, que va contra la clínica, que lo que dice es que a ella le contaron algo que no está en ningún papel.
Lo borra. Lo escribe otra vez. Lo borra.
A la tercera se da cuenta de que lo que está haciendo es redactar una nota de descargo para la parte contraria y de que Nagore la mataría, y cierra el ordenador.
A las siete menos cuarto llama Álex desde el trabajo.
—¿Has mandado tú algo hoy?
—Sí.
—Me acaba de llamar Iris.
—Ya.
—Clara, me ha llamado llorando. —Se oye una puerta y el ruido de fondo se corta de golpe, como si hubiera entrado en un cuarto de máquinas—. Y no llorando de las de llorar. Llorando de las otras.
—¿Qué le han mandado?
—No lo sé exactamente. Dice que le ha llegado un escrito tuyo en el que la llamas mentirosa.
—No la llamo mentirosa.
—Pues eso es lo que ha entendido, y lo ha entendido leyéndolo tres veces, porque me lo ha leído en alto.
—Lo que dice el escrito es que lo que le contaron a ella no tiene ningún papel detrás. —Clara oye su propia voz muy tranquila y muy lejos de ella—. Que se lo dijeron sin base. Eso no va contra ella. Va contra quien se lo dijo.
—Ya. Pues explícaselo tú, entonces.
—Explícaselo tú, que eres el que habla con ella.
—Yo llevo desde las seis explicándoselo.
—¿Y?
Álex tarda.
—Me ha colgado.
Clara cuelga sin despedirse y se queda con la mano encima del móvil, en la mesa, un rato largo.
A las nueve y veinte Álex todavía no ha llegado a casa y no ha escrito.
A las nueve y cuarenta y uno entra un mensaje de Nagore. Es un enlace y tres palabras delante.
No lo vea sola.
Clara lo abre.
Es la misma plataforma. El canal es el de Iris, que llevaba cinco días sin publicar absolutamente nada. El título tiene cuatro palabras y ninguna mayúscula: esto es lo que hay .
La miniatura no es una habitación de hospital.
La miniatura es una consulta con las paredes verde claro y una silla azul de escay con el respaldo alto.
Clara conoce esa silla. Se ha sentado en esa silla siete veces, la última el nueve de julio, y sabe que tiene el reposabrazos derecho pelado en la esquina y que cruje si te apoyas en el lado izquierdo para levantarte.
Le da al play.
El vídeo empieza a la mitad de algo, sin principio, como si alguien hubiera cortado por delante.
Se ve a una mujer sentada de tres cuartos, con una bata de papel azul encima de la ropa y el pelo aplastado por un gorro que ya no lleva puesto.
La imagen tiembla un poco, de un móvil sujeto con la mano.
La mujer es ella.
Alguien habla fuera de plano. Se oye la cadencia pero no las palabras, porque el micrófono está lejos de quien pregunta y cerca de quien contesta.
Y entonces ella, en la pantalla, levanta la cabeza, mira un momento hacia la cámara y dice, con la voz un poco pastosa y arrastrando las eses:
—Haced lo que tengáis que hacer para que esta vez funcione.
Veintidós segundos.
Clara para el vídeo.
Se queda con el móvil en la mano y con la pantalla congelada en su propia cara, y no le vuelve a dar al play.