CAPÍTULO 23 · SEMANA 17 2
Amparo llega el jueves a las nueve en punto y trae, dentro de una bolsa de tela, un cojín de lactancia de los grandes, con la funda lavada y planchada.
—Es de mi cuñada. Tiene tres años y está como nuevo porque ella no lo usó.
—Amparo.
—Que no es un regalo, que es un préstamo. —Lo deja encima de la silla—. Es para dormir. Te lo pones entre las rodillas y verás lo que es bueno. En la treinta me lo vas a agradecer.
Ninguna de las dos dice nada de la madrugada del miércoles.
Le toma la tensión, le pesa, le pregunta si ha andado y Clara le dice que sí, cuarenta minutos ayer, y es verdad.
—¿Ves? —Amparo lo apunta—. Y hoy vas al Verea, ¿no?
—A las cinco.
—Pues llévate agua y no vayas con prisa.
A las diez y media, Clara se sienta a la mesa con el ordenador y escribe un correo de cinco líneas a la dirección de la unidad de continuidad, con copia a Nagore, solicitando copia íntegra de toda la documentación generada sobre su persona desde el tres de octubre, incluidas las hojas de seguimiento domiciliario y el contenido de la casilla de observaciones.
Lo lee dos veces y lo manda a las once menos veinte.
Amparo está a dos metros, subiendo los datos de la mañana con el índice de la mano derecha, y no levanta la vista.
En la sala de ecografías del Instituto Verea, a las cinco y diez de la tarde, hay una persona más.
Está de pie junto a la puerta, no se ha quitado el abrigo y lleva una acreditación de plástico colgada del cuello con una banda azul. Treinta y pocos años. Tiene una carpeta fina y un bolígrafo y no ha dicho su nombre.
—Es del registro del programa —dice Vilches sin levantar la vista de la pantalla—. Viene a las incorporadas.
—¿A todas?
—A las incorporadas —repite Vilches.
Y con eso contesta y no contesta, y sigue moviendo la sonda.
Clara está tumbada con la camiseta subida y la cinturilla del pantalón nuevo doblada hacia abajo. El gel está frío. Esta vez Vilches no se disculpa por el calentador.
—Vamos a ir por orden, que esto es largo. Cabeza. Diámetro biparietal, cincuenta y ocho. Cerebelo. Cavum. Bien. —La sonda se mueve un centímetro cada vez—. Perfil. Labio. Bien.
El hombre de la acreditación escribe algo. Es un movimiento corto, tres palabras a lo sumo.
—Corazón. Cuatro cámaras. —Vilches se queda quieta bastante rato—. Salidas. Bien.
—¿Está bien?
—Está muy bien. Estoy mirando despacio porque esto es lo que hay que mirar despacio.
Sigue. Estómago, riñones, vejiga, inserción del cordón. Va diciendo los nombres en voz alta según pasa, no para Clara sino para sí misma, como quien va tachando una lista.
—Columna. —Recorre desde arriba—. Bien.
Después gira un poco la muñeca y se detiene.
—Ahí tienes la mano.
Clara mira.
Es una mano abierta, con los cinco dedos separados, muy pequeña y muy blanca sobre el fondo negro. Está quieta tres segundos.
Después se cierra y sale del plano.
—Otra vez —dice Clara.
—A ver si vuelve.
No vuelve. Vilches lo intenta medio minuto y luego lo deja, porque hay que seguir midiendo cosas.
—Y es niño, por cierto. —Lo dice mientras teclea—. Se ve clarísimo desde el principio. ¿Lo querías saber?
—Sí.
—Pues niño. —Sigue tecleando—. Trescientos ocho gramos. Percentil cincuenta y cuatro. Líquido normal, placenta posterior, arterias uterinas bien. Va como un reloj.
El hombre de la acreditación escribe otra vez.
Cuando Clara se está bajando de la camilla, Vilches le da un papel de una hoja y le dice que el informe completo se lo suben al portal esta noche y que a la doctora del centro de salud se lo mandan también. Y después, ya en la puerta, con la mano en el marco:
—Enhorabuena, Clara.
Lo dice igual que en septiembre. Y esta vez no le pide que lo repita.
En el pasillo, a la altura de la junta de dilatación mal resuelta, el hombre de la acreditación la alcanza.
—Perdona. ¿Tienes dos minutos?
—Depende para qué.
—Es para la planificación. —Abre la carpeta—. Nada urgente, pero cuanto antes lo tengamos, mejor.
—Dime.
—¿Habéis pensado ya el centro para el parto?
Clara se para en mitad del pasillo.
—Estoy de diecisiete semanas.
—Ya, ya. —Sonríe, y es la sonrisa de alguien que ha tenido esta conversación otras veces y que ya sabe exactamente dónde le va a chirriar—.
Es que la recogida no la puede hacer cualquier sitio.
Hace falta un centro con banco autorizado y con equipo disponible en el momento, y en la Comunidad son cuatro.
Y hay que reservar con antelación, y hay que avisar al banco, y hay que tener una alternativa prevista por si hubiera que trasladar.
—¿Trasladar a quién?
—A ti.
Lo dice sin cambiar de cara y sin bajar la voz, en un pasillo por el que en ese momento pasa una pareja hacia la sala de espera.
—Si te pones de parto en un centro que no esté en la lista —sigue—, la recogida no se puede hacer. Y eso pasa. Pasa más de lo que parece, porque la gente se pone de parto donde le pilla. Por eso conviene decidirlo ahora y no en marzo.
Clara mira la carpeta.
—Yo he mandado seis condiciones al programa el lunes.
—Ah. Vale.
—¿Las has visto?
—Yo no llevo eso.
—¿Y quién lo lleva?
—Eso entra por registro y sube a dirección médica. —Cierra la carpeta—. Yo soy del registro de datos. Yo hago esto y las visitas y poco más.
—Ya.
—Pero se lo puedo preguntar, si quieres. —Saca una tarjeta del bolsillo interior del abrigo y se la da—. Escríbeme a esa dirección y lo miro.
La tarjeta lleva el logotipo del Ministerio, un nombre —Rubén Castells— y un correo genérico de la unidad de registro. No tiene teléfono.
—Una cosa —dice Clara.
—Dime.
—Los cuatro centros de la lista. ¿Me los puedes dar?
—Te los mando por correo.
—Dámelos ahora.
El hombre se la queda mirando medio segundo más de la cuenta. Después abre otra vez la carpeta, arranca la esquina inferior de un folio y escribe cuatro nombres a mano, en una tira de papel de tres centímetros, apoyándose en la pared.
Escribe deprisa y sin dudar en ninguno de los cuatro.
Clara la dobla en dos y la mete en el bolsillo con cremallera, junto al volante con las cuatro fechas escritas al dorso.
En el coche, antes de arrancar, saca el informe de la ecografía y lo lee entero, las dos caras, incluida la letra pequeña del pie, que dice que este documento no sustituye al informe completo y que ha sido generado automáticamente.
Después coge el móvil y abre la nota de 2027, la de las dos palabras.
Borra la segunda.
Guarda.