CAPÍTULO 22 · SEMANA 17 1
A las tres y cuarenta de la madrugada, el móvil se enciende encima de la mesilla y la despierta la luz, no la vibración.
Clara no estaba dormida. Lleva desde las dos y media boca arriba, contando las lamas de la persiana, que son cuarenta y una y que ya ha contado otras noches y siempre le salen cuarenta y una.
Escribe a Amparo una palabra, como quedaron.
bien
A los cuarenta segundos le contesta.
¿Segura?
sí
Vale. Cierro el aviso. Duerme.
Pasan tres minutos.
Estoy despierta. Si quieres me acerco.
No hace falta
Ya sé que no hace falta
A las cuatro y veinte llama al telefonillo.
Viene en chándal, con un plumífero encima y las zapatillas de casa metidas en una bolsa de plástico del Mercadona, y trae la cara de quien lleva cuatro horas dando vueltas en su propia cama.
—Que conste que vengo de mi casa —dice mientras se cambia el calzado en la entrada—. Esto no es una visita.
—Vale.
—Y no traigo la carpeta.
Es verdad. No trae la bolsa del Ministerio ni la tableta ni el manguito. Trae un llavero y el móvil.
Pone agua a calentar sin preguntar dónde está nada, porque lleva tres semanas viniendo y ya sabe dónde está todo, y saca dos bolsitas de manzanilla del armario de arriba, del segundo estante, que es donde están.
—Dame el brazo.
—Has dicho que no traes el manguito.
—Y no lo traigo. —Le coge la muñeca con dos dedos y mira el reloj—. A la antigua.
Cuenta quince segundos.
—Ochenta y ocho. Está bien. Está bien para las cuatro de la mañana, que a las cuatro de la mañana no hay nadie tranquilo en este país.
Se sientan. La cocina a esa hora es otra cocina: la luz de debajo del armario en vez de la del techo, la nevera que se oye el doble, el patio de manzana entero negro salvo una ventana de un cuarto en el bloque de enfrente.
—¿Y tú por qué estás despierta? —dice Clara.
—Porque tengo cincuenta y seis años y una menopausia de campeonato. —Sopla la manzanilla—. Y porque el miércoles es el día que me toca hablar con el abogado y llevo tres años durmiendo mal los martes por la noche. Es automático ya. Ni lo pienso.
—¿Qué abogado?
—Uno malísimo que me cobra treinta euros al mes. —Se ríe sin ganas—. Cosas del niño.
—Tu hijo tiene veintiocho.
—El mayor. —Amparo la mira por encima de la taza—. Esa historia te la cuento otro día. Hoy has llamado tú.
—Yo no he llamado.
—Has escrito «bien» a las cuatro menos veinte. Eso es llamar.
Clara se ríe una vez, corta.
—Amparo.
—Dime.
—Me dijiste el primer día que habías llevado a otras.
—A cuatro.
—¿Cuatro del programa?
—Cuatro del programa. De otras cosas, muchísimas.
Del programa, cuatro. —Deja la taza—. La primera fue en 2030, cuando esto empezó y no sabíamos ni cómo se rellenaban los papeles.
Una chica de Getafe con una familia detrás que parecía un equipo de fútbol, la madre, dos hermanas y una abuela.
Fue todo como la seda, salió bien y todavía nos mandamos un mensaje por Reyes.
—¿Y las otras?
—La tercera bien también. Aquella era una mujer de mi edad, muy suya, que casi no me hablaba, y a los dos meses ya me contaba su vida. —Amparo mueve una mano—. Y la cuarta fue este verano y de esa no te puedo contar nada porque acabó en mayo y está todo abierto todavía.
—Has saltado la segunda.
—Sí.
Se queda callada un momento, con las dos manos alrededor de la taza.
—La segunda fue mala.
—¿Qué quiere decir mala?
—Que lo pasó mal.
—Amparo.
—Que lo pasó mal, Clara. Que no comía. Que perdió cuatro kilos en la veintitrés y hubo que ponerle un suplemento. Que la tuve que llevar yo a dos citas en mi coche porque no salía de casa. —Se pasa la mano por el pelo—. Y que decía cosas.
—¿Qué cosas?
—Decía que ella no había firmado nada.
La nevera se para y la cocina se queda de repente sin ese sonido, y las dos lo notan.
—¿Y qué hiciste? —dice Clara.
—Lo pregunté.
—¿A quién?
—A la unidad. Lo pregunté en la reunión de los lunes, tal cual, delante de todo el mundo, que éramos nueve. Dije: la paciente sostiene que no firmó el consentimiento. —Amparo levanta las cejas—. Y me contestaron que constaba firmado y me enseñaron la pantalla. Y en la pantalla constaba firmado.
—¿Y ya está?
—Y ya está.
—¿Y no volviste a preguntar?
Amparo baja la vista al fondo de la taza.
—Yo llevo treinta y un años en esto —dice— y en treinta y un años he oído a muchísima gente decir que no ha firmado una cosa que ha firmado.
Y no porque mientan. Porque estaban asustados.
Porque les acababan de dar una noticia. Porque iban con la premedicación puesta.
Porque hay días en los que tú firmas seis papeles en dos horas y no te enteras de ninguno y luego te preguntan y dices que a ti no te han dado nada.
Eso yo lo he visto mil veces y lo he visto en gente de todas las edades y de todas las cabezas.
—Ya.
—Así que me dije eso. Me dije: esta mujer no se acuerda. —Deja la taza en la mesa con mucho cuidado—. Y en la casilla de observaciones puse que la paciente estaba confusa respecto a los antecedentes.
—Confusa.
—Confusa. —Amparo asiente despacio—. Y era verdad, ¿eh? No me inventé nada. Estaba confusa. Lo que pasa es que yo escribí esa palabra y no escribí la otra.
—¿Cuál otra?
—Que a lo mejor tenía razón.
Se hace un silencio de esos que a las cuatro y media de la mañana no incomodan a nadie.
—Y no volví a preguntar —dice Amparo—. Decidí no preguntar.
Así, tal cual, y no me lo estoy poniendo bonito ahora que estamos aquí las dos: yo salí de aquella reunión, bajé por la escalera y tomé la decisión de no preguntar más.
Porque me habían enseñado una pantalla. Y porque si yo seguía preguntando, la que se iba a quedar sin trabajo era yo, y yo tengo un piso a treinta y un años y un abogado de treinta euros al mes.
—¿Y esa mujer qué fue de ella?
—Su expediente se resolvió. Tres semanas.
—¿Y siguió?
—Siguió.
Clara mira la ventana del cuarto de enfrente, que sigue encendida y que no se ha movido nada en cuarenta minutos.
—¿Y cuando lo escribiste, tú sabías lo que estabas haciendo?
—Lo supe a los dos días. —Amparo se levanta y lleva las dos tazas al fregadero—. Y me pasé un mes fatal. Y luego se me pasó, que es lo peor que te voy a contar esta noche.
Abre el grifo, aclara las tazas, las pone boca abajo en el escurridor y al final les da la vuelta una por una para que no se queden con agua dentro, que es una manía suya que Clara ya le ha visto tres semanas seguidas y que hasta esta noche le parecía solo una manía.
—Ahora te pregunto yo una —dice Amparo, de espaldas—. Y no me contestes si no quieres.
—Dime.
—¿Tú qué vas a hacer?
Clara se queda un momento con las manos en la mesa.
—He mandado seis condiciones.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Ya lo sé.
—Vale. —Amparo se seca las manos en el trapo del horno, que también lo hace ella—. Pues nada.
Se pone el plumífero.
—Me voy, que a las seis y media tengo que estar en mi casa para llevar al niño y son las cinco y diez.
—Amparo, que tu hijo tiene veintiocho años.
—El mío tiene veintiocho y el de mi vecina tiene once, y su madre entra a las seis en el Mercamadrid. —Se cambia las zapatillas—. Llevo a ese desde septiembre.
En la puerta se para con la mano en el picaporte.
—Una cosa.
—Dime.
—No pongas en ningún sitio que he venido. —Lo dice sin dramatismo, mirándola de frente—. Ni en un papel, ni en un correo, ni se lo cuentes a tu abogada. Yo he venido de mi casa, en chándal, a las cuatro de la mañana, y eso no lo puedo hacer.
—Vale.
—Es que me la lío, Clara. Que no es que me riñan.
—Que sí. Que vale.
—Gracias, cariño. —Le pone una mano en el brazo y aprieta una vez—. El jueves a las nueve, como siempre. Y te traigo lo que te he dicho.
Cuando se cierra la puerta del rellano y se oye bajar el ascensor, Clara se queda en el pasillo hasta que deja de oírse del todo.
Después va a la cocina, saca el cuaderno de gusanillo del bolso y lo abre por la hoja siguiente a la de las condiciones.
23 oct. 04:20–05:10. Cocina. Amparo Quiles, fuera de servicio, por iniciativa propia.
Cuatro gestantes previas del Programa (2030–2032). La 2.ª sostuvo repetidamente que no había firmado.
A. lo preguntó una vez, en reunión de unidad, con nueve personas delante. Le enseñaron pantalla. No volvió a preguntar.
Escribió en observaciones: «confusa respecto a los antecedentes».
Textual: «Decidí no preguntar».
Expediente resuelto en tres semanas. La gestación continuó.
Lo lee entero dos veces. Después apunta la hora a la que se ha ido y cierra el cuaderno y lo guarda en el bolso, debajo de la cartera.