Hasta que nazca CAPÍTULO 21 · SEMANA 17 0
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CAPÍTULO 21 · SEMANA 17 0

—Se han acabado los directos —dice Amparo mientras le pone el manguito.

—¿Los veías?

—Los veía mi cuñada y me los contaba, que es peor. —Aprieta el botón—. Yo te digo la verdad: me alegro. Aquello no le hacía bien a nadie, ni a ti ni a ella.

—¿La conoces?

—No. —Sin pestañear—. Yo llevo tu casa. De lo otro no sé nada y no quiero saber nada, que bastante tengo.

Once ocho.

—Muy bien. Y has dormido cinco y cuarenta. —Amparo lo apunta—. ¿Has andado?

—Media hora el sábado.

—Media hora el sábado no es andar, Clara, eso es una anécdota.

Se va a las once menos diez porque hoy Clara tiene consulta en el centro de salud, y le dice desde la puerta que el jueves le trae una cosa.

—¿Qué cosa?

—Una tontería. Tú déjame.

A las once y veinte, Solans le tiende la mano por encima de la mesa.

—Enséñame la tarjeta esa.

Clara le da el carné de la unidad, que es una tarjeta de plástico con su nombre, un código de doce dígitos y un teléfono. Solans la mira por las dos caras y se la devuelve.

—Yo lo que quiero ver no es el carné. Es lo que te apuntan.

—Eso no me lo dan.

—¿Cómo que no te lo dan?

—Es de la unidad. Va al expediente.

Solans deja el bolígrafo en el aire, a media palabra.

—Pídelo por escrito —dice—. Es tu historia clínica y es tuya. Todo lo que esa señora escriba sobre ti lo puedes pedir tú.

—¿Y si dicen que no?

—Entonces me lo dices y lo pido yo por otra vía, que a mí me lo tienen que dar. —Lo apunta en el cuaderno con dos rayas al lado—. Y no lo pidas por teléfono. Por escrito y con acuse.

—Vale.

—Once seis de tensión. Peso, seiscientos gramos más que hace dos semanas, que está bien. ¿El hierro?

—Por la noche.

—Muy bien. —Cierra el manguito—. Y me han llamado del Verea para pasarme el cribado del segundo trimestre. Te lo cambiaron del sábado doce al jueves veinticuatro.

—A mí me llamaron el viernes anterior. Que el ecografista estaba de baja.

—Ya. —Solans deja el bolígrafo—. ¿Vas a ir?

—Voy a ir.

—Vale. —No pregunta nada más—. Cuando lo tengas, tráemelo y lo miramos juntas. Y quiero el informe entero, no el resumen de una hoja que dan ellos.

Por la tarde, a las cuatro y veinte, Clara está en la mesa de la cocina con la memoria de anclajes abierta y una hoja de mediciones al lado, y nota una cosa.

Es tan pequeña que la descarta. Es del tamaño de un pinchazo sin dolor, o de una burbuja subiendo por dentro de un vaso, y es abajo y a la izquierda, y dura menos de un segundo.

Sigue trabajando. A los diez minutos ya no se acuerda.

A las cinco y diez pasa otra vez.

Clara deja el ratón. Se queda muy quieta, con las dos manos apoyadas en la mesa, mirando la pantalla sin verla, y espera.

No pasa nada durante once minutos. Lo sabe porque ha mirado el reloj de la esquina de la pantalla al empezar a esperar, que es exactamente lo que hace ella cuando quiere caracterizar un fenómeno: fijar el instante cero y contar desde ahí.

A las cinco y veintiuno vuelve. Y esta vez son dos seguidos, con dos o tres segundos entre uno y otro.

Clara abre un documento en blanco y escribe: 22 oct. 16:20 / 17:10 / 17:21 (x2). Cuadrante inf. izq. Menos de 1 s. Sin dolor. Reposo, sentada.

Se queda mirando lo que ha escrito.

Es una hoja de incidencias. Es literalmente el formato con el que lleva veinte años registrando fisuras: fecha, hora, localización, duración, síntomas, condiciones de contorno.

No lo borra.

Después busca en internet cuándo se notan los primeros movimientos y lee que en un primer embarazo suele ser entre la dieciocho y la veinte, y que antes de la dieciocho lo normal es confundirlo con gases.

Cierra el navegador sin leer el segundo resultado.

A las seis abre el móvil, entra en las notas y busca una que no toca desde hace tres años.

Se llama Sin título y está en una carpeta junto a una receta de croquetas y la matrícula del coche que llevaron a la ITV en 2028. La escribió en marzo de 2027, cuatro días después del primer positivo, el que duró once días.

Tiene dos palabras y nada más.

Marcos

Elena

Clara mira la pantalla un rato largo.

Se acuerda de la tarde entera y se acuerda con una precisión que la incomoda.

Estaban en la cocina de la casa de alquiler de Ventas, la del suelo de gres verde, y era sábado y había fútbol puesto en el salón sin sonido.

Álex dijo que si era niña la llamaban como la abuela de él, que se llamaba Purificación, y Clara dijo que ni de coña.

Estuvieron dos horas. Salieron esas dos y una tercera que él proponía en broma cada diez minutos para picarla.

Al día siguiente, en el metro, camino de la obra de Coslada, Clara las apuntó en el móvil. Las apuntó a escondidas, con el teléfono pegado al abrigo, porque apuntarlas delante de él le parecía tentar a algo.

Once días después empezó a sangrar en una reunión de replanteo.

Nunca las borró. En cinco años, con dos pérdidas y siete ciclos, nunca las borró y nunca las abrió.

A las seis y cuarto vuelve a notarlo, y esta vez es un poco más arriba.

—Marcos —dice Clara.

Lo dice en voz alta, en la cocina, sola, y le sale más fuerte de lo que corresponde a la habitación en la que está.

Se calla en seco.

Mira hacia el pasillo. Mira la puerta cerrada del rellano. Mira la ventana que da al patio de manzana, donde a esta hora hay dos televisiones puestas y una mujer fumando en un tendedero dos pisos más abajo.

No hay nadie. No hay nadie en esta casa desde las once menos diez de la mañana.

Se queda ahí quieta unos segundos, comprobando que nadie lo ha oído, con la mano todavía en el ratón.

Después hace lo único que sabe hacer con una cosa que no sabe dónde poner: la registra. Abre la hoja de cálculo de la carpeta casa , se va a la celda del encabezado de la última columna, donde pone ciclo 7 , hace doble clic y escribe Marcos detrás.

Guarda. Cierra.

A las ocho y media llega Álex con la bolsa del pan y con un cartucho de silicona blanca en la otra mano, y le pregunta qué tal el día. Clara le dice que bien, que ha terminado la memoria de anclajes, que ha ido a Solans y que la tensión está en once seis.

No se lo dice.

Se lo guarda entero: la hora, las cuatro veces, la nota de 2027 y la palabra.

Y cuando se acuesta en la habitación del fondo, con sábanas desde el jueves pasado y sin el abrigo por encima, se da cuenta de que es la primera cosa que se guarda para ella desde el veintiocho de septiembre.

Y de que no lo ha hecho por estrategia.