CAPÍTULO 20 · SEMANA 16 5
El domingo Clara se levanta a las ocho, hace café para los dos y pone en la mesa la hoja que escribió el miércoles.
Álex sale del baño a las nueve menos cuarto con el pelo mojado y se para en la puerta de la cocina, porque hay dos tazas servidas y porque hace veinticuatro días que en esta casa nadie sirve dos tazas.
—Siéntate —dice ella.
Se sienta despacio, como quien se sienta en una reunión a la que no sabe si lo han llamado a él.
Es una hoja del cuaderno de gusanillo, arrancada por el canto, con seis puntos numerados en mayúsculas separadas. Clara la deja delante de él y no se la lee, porque leérsela sería otra cosa distinta.
Álex la lee dos veces enteras. La segunda más despacio.
—Vale —dice al fin—. ¿Esto es lo que quieres?
—Esto es lo que hace falta.
—No te he preguntado eso.
—Y yo no te he contestado eso.
Vuelve al papel. Empieza por arriba y va bajando con el dedo, y en el uno se para.
—La campaña la quita.
—¿Tú qué sabes?
—Que la quita, Clara. Ya quitó el vídeo.
—El vídeo se lo quitó ella sola y siguen los directos.
—Los directos son otra cosa.
—Los directos son la campaña. —Clara coge la taza y no bebe—. Punto uno: se acaban los directos y no vuelve a haber nada. Ni sobre mí, ni sobre el embarazo, ni sobre el programa, ni sobre el juzgado. Que hable de su hija todo lo que quiera y todo lo que necesite. De esto no.
—Vale.
—¿Vale que sí o vale que lo vas a preguntar?
—Vale que la llamo ahora.
Y la llama ahora. Marca desde la mesa, sin levantarse, con el altavoz apagado, y espera cinco tonos.
—Iris. Soy yo. —Escucha—. No, no ha pasado nada. Estoy con Clara.
Dice tres frases. Cuando termina la tercera, Clara alarga la mano por encima de la mesa y él le pasa el teléfono sin discutir y sin poner cara.
—¿Iris?
—Hola. —La voz suena distinta por teléfono, más joven y más limpia—. Dime.
—Los directos.
—Los quito.
Clara tenía preparadas tres frases para esta parte y de repente no le sirve ninguna.
—Los quito hoy —sigue Iris, antes de que le dé tiempo a decir nada—.
Y no vuelvo a poner nada. Yo eso lo empecé porque me dijeron que sirve, que la gente se mueve y que a veces sale algo de ahí, y me ha servido para dormir, que es la verdad y no la voy a maquillar.
Pero si a ti te está haciendo daño, se acaba hoy. Faltaría más.
—Vale.
—¿Algo más?
—De momento no.
—Pues nada. —Una pausa—. Clara.
—Dime.
—Gracias por llamarme tú y no mandarme a nadie.
Cuelga.
Álex mira el teléfono encima de la mesa como si acabara de hacer algo por su cuenta.
—Sigue —dice Clara.
Baja al dos. Ninguna intervención posterior sobre el niño sin mi consentimiento por escrito, caso por caso.
—Es que no va a haber ninguna intervención posterior.
—Entonces no te cuesta nada firmarlo.
—A mí no me cuesta nada, si es lo que quieres. Digo que es raro poner por escrito una cosa que no va a pasar.
—Los pliegos están llenos de cosas que no van a pasar. Por eso se llaman pliegos.
—Ya. —Álex se pasa la mano por la nuca—. Que sí. Que vale.
—¿Lo firmas?
—Yo lo firmo hoy mismo. Lo que pasa es que yo no soy quien tiene que firmarlo.
—¿Y quién es?
—Ellos. El programa. Yo qué sé quién firma esas cosas: el director médico, alguien de dirección, un jefe de servicio.
—Pues eso.
—Pues eso qué.
—Pues que lo firmen ellos. —Clara señala el papel con la barbilla—. Los seis. En un papel con membrete, con nombre, con cargo y con fecha. No un correo. No un «no te preocupes». Un papel.
Álex asiente y sigue bajando.
En el tres se para en seco.
Prohibido adelantar el parto por conveniencia de la receptora.
—¿Esto de dónde sale?
—De mí.
—¿Te lo ha dicho alguien? ¿Tu abogada?
—No me lo ha dicho nadie. —Clara deja la taza—. Se me ocurrió el jueves por la noche, en la cama. Si a ella le va mal en enero, alguien va a hacer la cuenta de cuántas semanas llevo. Y a las treinta y cuatro semanas un niño sale y vive.
Álex no dice nada durante bastante rato. En el patio de manzana alguien está usando un taladro un domingo por la mañana.
—Eso no lo va a pedir nadie —dice al final.
—Ya. Por eso lo pongo.
El cuatro lo lee entero y después levanta la cabeza y hace una cosa que a Clara le va a durar meses: sonríe. No de burla. De alivio.
—Esto ya es así, Clara.
—¿El qué.
—Que las decisiones médicas del niño las tomas tú. Eso ya es así. Eres la madre. —Se encoge de hombros—. Es como poner en un contrato que el agua moja.
—Pues lo ponemos igual.
—Que sí, mujer. Si por mí lo ponemos.
El cinco lo acepta sin comentarlo. El seis lo lee dos veces.
Es una línea que Clara añadió el jueves a las once de la noche y que dice si cualquiera de los cinco puntos anteriores se incumple, se acaba , y Álex se queda ahí más de lo que ha estado en ninguno de los otros.
—¿Se acaba qué? —dice.
—Se acaba.
—Clara, «se acaba» a las veintiséis semanas no significa nada. A las veintiséis semanas ya no se acaba nada.
—Ya lo sé.
—Entonces por qué lo pones.
—Porque quiero que cuando lo firmen sepan que yo lo sé. —Clara le sostiene la mirada—. Y porque el día que alguien se salte uno de los cinco, quiero tener por escrito lo que ellos entendieron que pasaba.
Álex se queda quieto un momento. Después dobla la hoja por la mitad, la abre otra vez y la vuelve a dejar plana encima de la mesa, alisándola con la palma.
—Mañana es lunes. Yo el martes por la mañana subo al Verea y lo dejo por escrito.
—No.
—¿No?
—Lo mando yo. —Clara ya lo ha pensado—. Lo manda Nagore, por registro, a la clínica y al comité, el mismo escrito a los dos sitios. Que quede entrada y que quede fecha.
—Clara, si lo manda tu abogada se van a poner a la defensiva.
—Si no lo manda mi abogada, no existe.
Álex se levanta y lleva las dos tazas al fregadero. Lo hace despacio. Y desde ahí, de espaldas, con el grifo cerrado todavía, dice lo que llevaba desde el primer punto queriendo decir.
—¿Esto significa que sigues adelante?
Clara mira la hoja doblada.
—Significa que si sigo adelante, va a ser así.
—Vale.
—No he dicho que sí.
—Ya lo sé. —Abre el grifo—. Ya lo sé, Clara.
Pero cuando se vuelve tiene la cara de un hombre al que le acaban de decir que sí, y no le sale disimularlo, y ella lo ve y no lo corrige.
A las once llama a Nagore, que un domingo contesta al segundo tono y con la televisión puesta detrás.
—Léamelo.
Clara se lo lee. Nagore no la interrumpe ni una vez.
—El tres está muy bien pensado —dice cuando termina—. El tres se lo ha pensado usted sola, ¿verdad?
—Sí.
—Se nota. Los otros cinco los pediría cualquiera con dos dedos de frente. Ese no. Ese hay que haber pensado como piensa el que está enfrente. —Un ruido de mando a distancia—. Se lo registro mañana a primera hora, en la clínica y en el comité, y le voy a añadir una coletilla que no le va a gustar.
—¿Cuál?
—Que este escrito se presenta sin perjuicio del recurso en curso y sin que suponga aceptación ni allanamiento de ninguna clase.
—Eso lo estropea.
—Eso la protege. —Nagore baja el volumen de la tele—. Sanjuán, si usted les manda seis condiciones a pelo, el jueves la letrada de la Comunidad las lleva al juzgado como una aceptación negociada y a mí me tumban el recurso en dos folios y sin despeinarse.
—Vale.
—Y otra cosa, y esta apúntela. Cuando le contesten, y le van a contestar, mire una sola cosa: mire si le contestan a los seis o si le contestan a cinco.
—¿Y si contestan a cinco?
—Entonces ya sabremos cuál es el que no pueden firmar.
Por la tarde, Clara está trabajando en la mesa de la cocina cuando oye ruido en el baño.
Es un ruido que conoce y que no ha oído en dos años: el de la espátula raspando silicona vieja.
Se levanta y se asoma. Álex está de rodillas en el plato de la ducha, con el cúter, la espátula y un rollo de papel, arrancando el cordón de silicona amarillenta que puso un sábado de febrero de 2030.
—Voy a hacerlo bien —dice sin volverse—. Hay que quitarlo todo y dejarlo secar veinticuatro horas. Mañana pongo la buena.
Clara se queda en la puerta.
—Vale —dice.