CAPÍTULO 19 · SEMANA 16 3
La cafetería está en la planta baja y a las seis y media de la tarde está vacía salvo por dos celadores y una máquina de café que hace un ruido de motor cada vez que alguien pulsa algo.
—Cinco minutos —ha dicho Iris en el pasillo—. Que se quede Álex con ella, que además así hablan.
Se sientan en una mesa junto a la cristalera. Iris lleva un café con leche que ya se ha enfriado y que no se va a beber, y le da vueltas con la cucharilla cada poco sin llegar a probarlo.
De cerca tiene la piel muy seca alrededor de la boca y las uñas comidas hasta abajo, todas.
—Primero una cosa —dice—. El vídeo lo quité el domingo.
—Ya.
—Lo quité y da igual, porque lo tenía descargado medio mundo y ahora está en cuatro sitios que no son míos, y en esos yo no puedo hacer nada.
Lo he intentado. He escrito a dos y me han contestado los dos que están ejerciendo su libertad de expresión.
—Coloca la taza en el centro del platillo—.
Y lo de las llamadas a tu trabajo. Eso me lo contó Álex el martes y te digo la verdad, me puse mala.
Escribí una cosa esa noche pidiendo que pararan y bloqueé a cuatro que me contestaron una barbaridad.
—Vale.
—No te estoy pidiendo que me digas que no pasa nada.
—No te lo iba a decir.
—Mejor. —Iris se ríe una vez, corta y sin gracia—. Bueno, mejor no. Pero mejor.
Se queda un momento mirando por la cristalera, donde no hay nada que ver salvo el aparcamiento y una rampa de ambulancias con dos conos.
—Yo hablo mucho por ahí y luego en persona no sé —dice—. Es que en la cámara estoy sola y aquí estás tú delante.
—Ya.
—Y tú eres muy callada.
—Soy muy callada.
—Vale. Pues yo hablo por las dos, que es lo que llevo haciendo toda la vida.
La máquina de café arranca otra vez. Uno de los celadores se ríe de algo.
—¿Te ha dicho algo? —pregunta Iris—. La niña.
—Me ha dicho que la profesora repite mucho.
—Ay. —Iris cierra los ojos un segundo—. Es que le pone fichas de infantil. Y la mujer es un cielo, pero le pone fichas de infantil y la niña se da cuenta.
—Y me ha explicado un vídeo de imanes.
—Ese chico. —Iris resopla—. Ese chico se ha metido en mi casa. Yo sé más de ese chico que de mi hermana.
Y entonces se calla, y en el silencio se le ve pasar por la cara el momento exacto en que decide decir lo que ha bajado a decir.
—Te voy a contar una cosa y luego me subo.
—Pone las dos manos encima de la mesa, con las palmas hacia abajo, y las deja ahí un segundo—.
Cuando en junio me dijeron que había una posibilidad, yo pensé que me estaban tomando el pelo.
Se lo dije a la doctora en su cara. Le dije: eso no lo hace nadie.
Una mujer que no me conoce de nada, que no ha visto a mi hija en su vida, que no sabe ni cómo se llama, ¿va a llevar adelante un embarazo sabiendo eso y sabiendo para qué? Anda ya. Eso no lo hace nadie.
Clara no se mueve.
—Y me dijeron que sí. Que ya estaba dicho. Que había aceptado.
—¿Quién te lo dijo?
—En el centro. —Iris hace un gesto vago hacia arriba, hacia ninguna parte—.
Y me enseñaron cosas, ¿eh? Que yo no soy tonta y pregunté, y pregunté mucho, y pregunté dos veces por si acaso.
Me enseñaron cosas y a mí me quedó clarísimo.
Y esa noche me fui a casa y me metí en la cama con la ropa puesta y estuve llorando hasta las tres de la mañana, y no de pena.
Se le va un poco la voz y la recupera enseguida, como quien recoloca un peso.
—Y desde entonces yo he pensado en ti todos los días. Todos. Y no sabía ni qué cara tenías hasta hace tres semanas.
Alarga las dos manos por encima de la mesa y coge las de Clara.
Lo hace deprisa, sin pedir permiso, las dos a la vez, con las palmas calientes de la taza, y aprieta bastante más de lo que hace falta.
—Gracias —dice—. Gracias, gracias, gracias.
Clara tiene las manos quietas debajo de las de ella.
Piensa cuatro cosas seguidas y muy deprisa.
Piensa que tiene que decir ahora mismo que ella no ha aceptado nada.
Piensa que si lo dice, Iris le va a preguntar qué firmó entonces, y que ella no sabe qué firmó, porque lo único que tiene es una cláusula de cinco apartados que no menciona ningún programa y una remisión a un documento que no existe en ninguna carpeta de su casa.
Piensa en la carpeta de cartulina con dos papeles alineados por el margen izquierdo.
Y piensa en la niña de la primera planta, que está tres pisos por encima de esta mesa con cuarenta y ocho minutos de bomba y una tableta pegada con esparadrapo de tela.
—Yo sé que ahora estás pasando por lo tuyo —dice Iris, sin soltarle las manos—.
Y sé que te han hecho cosas y que te han llamado al trabajo y que eso es culpa mía aunque yo no lo haya mandado.
Y no te voy a pedir nada más. Nada. En la vida.
Esto ya está pedido y tú ya has dicho que sí, y a mí no me queda nada que pedirte.
Le suelta las manos y se echa hacia atrás.
—Y si necesitas algo tú, lo que sea, un médico, un abogado, dinero, lo que sea, me lo dices y yo lo busco. Yo tengo poco, pero lo que hay está para las dos.
Se levanta y coge la taza fría.
—Y otra cosa que he pensado mucho y que quiero que sepas.
En marzo, cuando nazca, yo no pienso estar ni en el paritorio ni en el pasillo ni en el hospital.
Que eso lo he hablado con la doctora y lo he dejado dicho.
Yo me quedo en casa con Noa y que nos llamen cuando esté.
Eso es tuyo y de tu marido y yo ahí no pinto nada.
Le pone una mano en el hombro al pasar y aprieta una vez.
—Gracias, de verdad.
—De nada —dice Clara.
Y lo oye salir de su propia boca antes de poder pararlo.
Iris se va hacia los ascensores con la taza en la mano y la deja de camino en la cinta de las bandejas, sin mirar, con la puntería de quien lleva ocho meses dejando tazas en esa cinta.
Clara se queda diez minutos más sentada en la mesa junto a la cristalera. Fuera ya es de noche y entra una ambulancia sin sirena y con las luces puestas, y dos hombres bajan una camilla vacía.
Después sale al aparcamiento, llega al coche, se sienta y tira del cinturón.
El cinturón se traba. Vuelve a tirar y se traba otra vez, porque ha tirado demasiado deprisa, que es lo que pasa siempre con los cinturones. Lo suelta del todo, espera a que se recoja entero, cuenta hasta tres y tira despacio.
A la cuarta le entra.