CAPÍTULO 18 · SEMANA 16 3
El hospital de día pediátrico está en la primera planta y tiene la sala de espera pintada de amarillo, con una mesa baja llena de piezas de construcción y una televisión colgada en alto que pone dibujos sin sonido y con subtítulos.
Hay cuatro niños. Uno muy pequeño, dormido encima de su padre, con la boca abierta.
Dos de siete u ocho años que se conocen y que discuten sobre un videojuego con una familiaridad de compañeros de oficina.
Y una chica de unos catorce, sola, con auriculares grandes y una mochila del instituto a los pies, que no levanta la vista ni una vez en los diez minutos que Clara está allí.
Iris los espera junto a la puerta de dentro. Lleva una sudadera distinta de la de los directos y de cerca es bastante más pequeña de lo que parece en pantalla.
—Hola. —Le da dos besos a Clara antes de que a Clara le dé tiempo a decidir nada—. Está de mal humor. Os aviso.
—Vale.
—No es por vosotros, ¿eh? Es que le han cambiado la hora esta mañana y llevamos aquí desde las tres.
—¿Y a qué hora se va?
—Cuando acabe. —Iris levanta las cejas—. Aquí las horas son orientativas.
Los lleva por un pasillo hasta una sala grande con seis sillones reclinables separados por cortinas corridas a medias. Huele a plástico caliente y a desinfectante de manos.
En el tercer sillón hay una niña con una sudadera azul, con las piernas cruzadas encima del asiento como si estuviera en su casa, un brazo estirado con una vía y una tableta apoyada en las rodillas.
Está más delgada que en la foto de junio y tiene el color de la gente que lleva mucho tiempo dentro de un edificio. En el antebrazo libre, tres puntos morados pequeños, en fila, del tamaño de una lenteja.
—Hola —dice Álex.
—Hola. —No levanta la vista.
—Esta es Clara.
Noa levanta la vista entonces. La mira dos segundos largos, sin ninguna vergüenza, de arriba abajo, deteniéndose sin disimulo en la tripa, y vuelve a la tableta.
—Vale.
Iris dice que va a por un café y que si quieren algo, y nadie quiere nada, y se va.
Álex acerca una silla de plástico. Clara se queda de pie.
—¿Qué tal el cole? —dice Álex.
—No voy al cole.
—Ya, digo lo de la profesora que viene.
—Viene los martes. —Noa desliza el dedo por la pantalla—. Es maja pero repite mucho. Me explica tres veces la misma cosa porque cree que estoy mala de la cabeza.
—No creerá eso.
—Álex, que sí. Que me pone las de tres años.
Lo llama Álex. Clara lo registra sin mover la cara.
Pasa una auxiliar, mira la bomba, aprieta dos botones y le dice a Noa que le quedan cincuenta minutos.
—¿Cincuenta? Has dicho cuarenta antes.
—He dicho cuarenta y cinco.
—Has dicho cuarenta.
—Bueno, pues cuarenta y ocho. —La auxiliar le da un golpecito en el pie al pasar—. Y no me marees, que hoy voy sola.
Noa espera a que se aleje tres sillones.
—Siempre dice de menos —le dice a Clara, en voz baja y sin volverse— para que no protestes al principio. Es un truco.
—¿Y funciona?
—A los pequeños sí. —Señala con la barbilla al del fondo—. Ese se lo cree todo.
Clara acerca la otra silla y se sienta.
—¿Tú eres la del bebé? —dice Noa.
—Sí.
—Vale.
Vuelve a la tableta. Pasan quince o veinte segundos en los que solo se oye la bomba y los dibujos de la sala de espera al fondo del pasillo.
—¿Y cuánto le queda?
—Nace en marzo.
Noa hace la cuenta con los labios, sin sonido, tocando los dedos de la mano libre uno por uno.
—Cinco meses.
—Sí.
—En marzo yo cumplo diez. El catorce. —Lo dice sin ninguna intención.
—¿Y qué vas a hacer?
—Es que depende. —Se remueve en el sillón y se coloca la vía con la otra mano, con un cuidado automático de quien lleva ocho meses colocándose la vía—.
Si estoy bien, quiero ir al cumple de Vera, que es en febrero, y ese es antes.
Pero si en febrero estoy con lo del trasplante, no puedo ir a ningún sitio, porque son cuatro meses metida en una habitación sin ver a nadie más que a mi madre y con mascarilla.
Cuatro meses. —Levanta cuatro dedos—. Y mi madre dice que se pasan rápido, que es mentira.
—¿Y tú qué prefieres?
Noa la mira como si la pregunta fuera de una tontería considerable.
—El trasplante. Obviamente.
—Ya.
—Es que si no me lo hacen, esto no se acaba nunca. —Señala con la barbilla la bomba, el brazo, la sala entera—. Yo llevo aquí desde febrero. Cuatro meses ya me da igual.
Se queda un momento callada, mirando la bolsa que gotea.
Y después dice, exactamente en el mismo tono con el que ha hablado del cumpleaños de Vera:
—¿Y si al bebé no le apetece que le saquen cosas?
Clara no contesta.
—Porque a mí me dijeron que era una vez —sigue Noa— y llevo cuatro. Bueno, cuatro de las gordas. De las normales llevo un montón.
—¿Y qué crees que habría que hacer?
—Yo qué sé. —Se encoge de hombros—. Preguntárselo.
—No puede contestar.
—Ya. —Vuelve a la tableta—. Por eso lo digo.
Y ahí se acaba. Se acaba de verdad: a los cuatro segundos está enseñándole a Clara un vídeo sin sonido de un chico que construye estructuras con imanes y explicándole con muchísimo detalle por qué el del martes era mejor que este, porque en el del martes se le caía y lo dejaba caído y lo volvía a hacer.
—Este lo corta —dice—. Se le cae y corta. Eso es hacer trampa.
La tableta se le resbala dos veces de las rodillas.
—Es que se ha roto la pata.
Clara la coge. La funda lleva una lengüeta trasera que hace de soporte y el enganche de plástico está partido justo por la bisagra; se ve el corte y se ve que alguien ha intentado pegarlo con un pegamento que no era.
—¿Tenéis esparadrapo?
—Aquí hay esparadrapo hasta en el techo.
Noa alcanza el carro pequeño que tiene al lado, saca un rollo de esparadrapo de tela, del blanco de siempre, y se lo da.
Clara corta cuatro tiras con los dientes porque no hay tijeras.
Abre la lengüeta hasta la inclinación que sujeta de verdad, que son unos setenta grados y no los cuarenta y cinco que trae de fábrica, y fija por los dos lados y por la bisagra, tensando cada tira antes de pegarla y alisándola después con el pulgar para que no queden burbujas.
La apoya en la bandeja del sillón. Aguanta.
Noa la empuja con un dedo. Aguanta. La empuja más fuerte, con dos. Aguanta.
—Está mejor que antes —dice.