Hasta que nazca CAPÍTULO 17 · SEMANA 16 1
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CAPÍTULO 17 · SEMANA 16 1

Ha dormido seis horas y cuarenta minutos y la aplicación se lo dice antes que su propio cuerpo.

Debajo, tres círculos verdes y uno naranja.

Clara se queda sentada en el borde del sofá cama, mirando el número.

Lo que nota no es rabia. Lo que nota es que se alegra.

Le pasa entera, un segundo largo, antes de que le dé tiempo a impedirlo: se alegra de que sea noventa y cuatro, y se alegra como se alegra uno de un examen aprobado, y después se queda sentada con esa alegría dentro, que ahora no sabe dónde poner.

A las nueve y media abre el ordenador del trabajo, entra en la carpeta que se llama casa y abre la hoja de cálculo.

Ciento cuarenta y una filas. La última es del veintiocho de junio: inicio estimulación, séptimo .

Añade tres. Transferencia, catorce de julio. Beta positiva, veintiocho de julio, 412. Ecografía de las doce, siete de septiembre.

Le lleva cuatro minutos y cuando termina no cierra el archivo, y no lo cierra porque en la columna de la derecha hay una suma automática al final, catorce mil doscientos y pico, y esa suma lleva dos años dándole miedo y hoy no se lo da.

Cierra el archivo. Lo vuelve a abrir a los diez minutos y añade una cuarta fila, en gris, sin importe: revisión 12 oct — 148 lpm .

A las once sale a la calle.

Lleva nueve días sin salir más que a bajar la basura y a ir al centro de salud.

Baja andando hasta Cartagena, cruza y sigue por la acera del sol, y anda cuarenta minutos sin ir a ningún sitio, y a los cuarenta minutos se da cuenta de que se ha metido por una calle en la que hay una tienda de ropa premamá que lleva viendo desde 2028 y por delante de la cual siempre ha pasado por la otra acera.

Se para delante del escaparate.

Entra.

—Buenos días. ¿Te ayudo en algo?

—Busco unos pantalones.

—¿De cuánto estamos?

—Dieciséis semanas.

—Uy, pues justo. —La chica se ríe—. La dieciséis es cuando entra todo el mundo por esa puerta con una goma del pelo en el ojal.

Clara se ríe. Le sale de verdad y le sorprende que le salga de verdad.

Se prueba dos en un probador con una cortina que no cierra del todo.

Los primeros le hacen bolsa. Los segundos son negros, de banda ancha, de esos que suben hasta las costillas, y cuando se los sube y se mira de perfil en el espejo se queda quieta, porque de perfil ya se ve, y en casa no lo había visto porque en casa no hay un espejo de cuerpo entero desde la mudanza.

Sale con los pantalones puestos.

—Ay, esos te quedan muy bien. Esos son los que se lleva todo el mundo.

—Me los llevo.

Cuarenta y nueve euros. Le parecen muchos y se los gasta igual.

—¿Sabes ya si niño o niña?

—Todavía no.

Es verdad. Y decirlo en voz alta le produce una sensación rarísima, como pisar un escalón que no está, porque es la primera frase que ha dicho en tres semanas sobre este embarazo que no lleva dentro ni un abogado ni un número de expediente.

—Enhorabuena —dice la chica, y le mete el tique en la bolsa.

—Gracias.

A la una y media la llama Solans.

—La analítica está bien. Hemoglobina once seis, hierro justito, lo demás normal. Te subo un suplemento de hierro a la receta electrónica y te lo tomas por la noche, que por la mañana sienta fatal.

—Vale.

—Y está bien en el sentido de que no hay nada. —Solans hace una pausa—. Te lo digo así porque sé que lo has pensado.

—No lo he pensado.

—Vale.

—Lo pensé el veintinueve de septiembre, en tu consulta. Ya no.

—Ah. —Otra pausa, más corta—. ¿Y eso?

—Nada.

—Vale. —Solans no insiste, que es la cosa que Clara más le agradece de todas las que hace—. Martes veintidós, once y veinte. Y tráete la tarjeta de la unidad esa, que quiero ver qué te apuntan.

A las cuatro y diez la llama Nagore, que no llama nunca a las cuatro y diez.

—El expediente del Verea lo tienen que entregar el lunes veintiuno. Les he mandado un requerimiento por si se les ocurre pasarse un día.

—Vale.

—Y he pedido la pieza reservada, la de la receptora, la que citó la letrada en la vista. Nos la van a denegar. Quiero que conste que la pedimos.

—Vale.

—Sanjuán, la noto rara.

Clara está de pie en la cocina, con la bolsa de la tienda encima de la mesa, sin deshacer, con el nombre del sitio en letras grandes.

—Nagore. Una pregunta técnica.

—Diga.

—¿Qué pasaría si yo dijera que sí?

Nagore no contesta enseguida. En el silencio se oye una impresora y alguien que le pregunta algo y a quien ella hace callar con un chasquido.

—Si usted retira el recurso y comunica que acepta continuar, se archiva todo. El comité no tiene que resolver nada porque desaparece la controversia que hay que verificar. La unidad sigue con usted hasta el parto, probablemente aligerando el seguimiento a partir de la treinta. Y se acabó.

—¿Y ya está?

—Y ya está.

—¿No me vas a decir nada más?

—¿Qué quiere que le diga? —Nagore lo dice sin dureza ninguna—. Es su cuerpo, es su decisión y yo cobro igual. Si mañana me llama para retirarlo, se lo retiro el mismo día y no le hago una sola pregunta. Ni una.

—Vale.

—Ahora le voy a decir la única cosa que sí le voy a decir, y es de oficio, no de moral.

—Un ruido de silla—. Si decide aceptar, acepte por escrito y con condiciones escritas.

Y antes de eso, pídales por escrito lo que le han contado.

Todo. Que le pongan en un papel firmado qué van a usar, cuándo, cómo, quién lo autoriza y qué pasa exactamente si no funciona.

—¿Y si me dicen que sí a todo?

—Entonces habrá conseguido usted en una semana lo que yo no he conseguido en tres, y yo la primera me alegro. —Nagore hace una pausa—. Y si se ponen a marear con eso, entonces ya sabrá algo que hoy no sabe.

Cuando cuelga, Clara se apoya en la encimera.

Después coge el cuaderno de gusanillo, pasa la hoja de anoche y en la siguiente escribe, arriba y subrayado, CONDICIONES .

Escribe seis líneas en veinte minutos, y las escribe como escribe los pliegos, en imperativo y sin adjetivos.

1. Solo sangre de cordón. Recogida en el parto.

2. Ninguna intervención posterior sobre el niño sin mi consentimiento por escrito, caso por caso.

3. No adelantar el parto por conveniencia de la receptora.

4. Las decisiones médicas del recién nacido las tomo yo.

5. Si aparece riesgo obstétrico, mi salud prevalece y se acaba el programa.

6. Que retiren la campaña. Todo. Y que no vuelva a haber ninguna.

Lee la lista dos veces. Después añade una séptima línea y tacha la número seis y la vuelve a escribir debajo, porque en el orden importa lo que va primero, y la seis pasa a ser la uno.

Álex llega a las ocho y media. Trae pan otra vez.

Ve la bolsa de la tienda encima de la mesa y no dice nada, y se le nota en la espalda que no está diciendo nada, y va a la nevera y saca dos huevos y una cebolla y se pone a hacer la cena sin preguntar.

—El viernes vas al doce —dice Clara.

—Sí. Por la tarde, sobre las cinco.

—Quiero ir.

Álex se vuelve con la cebolla en la mano.

—¿Al hospital?

—Quiero verla.