CAPÍTULO 16 · SEMANA 16 0
Álex llega el martes a las nueve y cuarto y no trae pan.
Se sienta en la silla de la cocina sin quitarse la chaqueta, que es algo que no hace nunca, y pone las dos manos abiertas encima de la mesa.
—Han dado los resultados —dice.
—Te he dicho que no me cuentes eso.
—Ya. —Levanta la cabeza—. Clara, siéntate. Te voy a contar todo. Todo entero, desde el principio y sin que me lo tengas que sacar, y luego tú haces lo que quieras.
Ella se sienta.
—Empieza por lo que tiene.
—Vale. —Junta las manos encima de la mesa—.
Aplasia medular grave. La médula es lo que fabrica la sangre, las tres cosas: los glóbulos rojos, las plaquetas y los blancos.
En la aplasia, la médula se para. No es un cáncer, no hay nada que se coma nada.
Simplemente deja de fabricar, y en la mitad de los casos no se sabe por qué.
—¿Y qué le pasa a ella?
—Que se le acaba lo que tiene y hay que ponérselo. Los rojos, con transfusiones, y por eso está gris. Las plaquetas, igual, y por eso le salen esos moratones en fila que verás si vas. Los blancos no se pueden poner. —Junta las manos—. Y sin blancos, una faringitis la ingresa una semana.
—¿Y el tratamiento?
—Lo primero que se hace es un tratamiento que le quita el freno a la médula, a ver si arranca sola.
Se lo dieron en noviembre del año pasado y arrancó.
Estuvo bien de febrero a julio, y en julio se paró otra vez.
Ahora está con la segunda tanda. —Se encoge de hombros y el gesto le sale mal—.
La segunda tanda tiene la mitad de posibilidades que la primera.
—¿Eso te lo han dicho hoy?
—Hoy me han dicho que va lento. Que hay respuesta pero que va lento. La palabra que usan es «parcial».
Clara no dice nada.
—Lo que arregla esto de verdad es un trasplante. —Álex habla más deprisa ahora, con las manos—. Le meten médula de otra persona y esa médula se pone a fabricar por ella. Y el mejor donante que hay, con muchísima diferencia, es un hermano compatible del todo.
—Y no lo hay.
—No lo hay. Es hija única.
—¿Y en los registros? Eso está en los registros, se lo he oído decir a mi médica.
—Hay uno. —Álex levanta un dedo—. Un donante no emparentado, de fuera, que le vale casi del todo. Le falta una pieza.
—¿Y por qué no se lo hacen?
—Porque «casi» significa que la médula que le meten viene con su propio ejército, y ese ejército no reconoce el cuerpo donde ha caído y se pone a atacarlo.
Eso pasa siempre un poco. Cuanto peor encaja el donante, más pasa.
—Se detiene—. Y no se cura del todo. Se queda para siempre.
Piel, ojos, boca. Hay gente que sale del trasplante y no vuelve a producir lágrimas.
—¿Y tú?
—Yo sirvo a medias. Le doy la mitad de lo que necesita, porque la otra mitad es de la madre. Eso se llama haploidéntico. Se hace muchísimo y funciona bien. Pero funciona peor que el completo y da más de lo otro.
Clara mira la mesa. Es la primera vez en tres semanas que Álex le explica algo sin que ella se lo tenga que ir sacando frase a frase, y se le nota que lo lleva estudiado, y se le nota dónde ha aprendido cada palabra.
—¿Y qué pinta mi embarazo en todo esto?
Álex hace una pausa de esas suyas de dos segundos.
—El cordón —dice—. Cuando nace un niño, en el cordón y en la placenta se quedan entre cincuenta y cien mililitros de sangre llena de células madre.
Eso se tira. En este país se tira en el noventa y tantos por ciento de los partos.
Va a un cubo con una bolsa roja y a las dos horas está en un contenedor.
—Eso ya lo dijo ella en el vídeo.
—Lo dijo ella porque se lo dije yo. —Álex traga—.
Lo que a mí me explicaron en junio es que la sangre de cordón de un hermano, aunque sea de los que sirven a medias, aguanta mucho mejor que la médula de un adulto.
Que es sangre joven, que todavía no ha aprendido a atacar a nadie. Que con eso el ejército llega manso.
—O sea que el nuestro sirve a medias.
—Como yo. Es hermano de padre. Le da mi mitad y nada más. —Lo dice mirándola de frente y sin parpadear—. No es un donante completo, Clara. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Lo que hay es una compatibilidad parcial y una vía de apoyo.
—Una vía de apoyo.
—Es un ensayo. Es un programa que está probando esto y que lleva dos años funcionando.
Por eso hay un programa, y por eso hay papeles, y por eso hay una unidad y una señora que viene a tomarte la tensión tres días por semana, porque los ensayos llevan todo eso detrás.
Yo trabajo en un hospital, Clara. Yo he visto montar dos ensayos y son así de pesados.
—¿Y dónde está eso escrito?
—¿El qué?
—El ensayo. Los papeles. Lo que acabas de contarme.
Álex tarda medio segundo.
—Lo tendrán ellos.
—Ya.
—Puedo preguntar.
—Pregunta.
Se hace un silencio corto. Álex se pasa el pulgar por el borde de la mesa, ida y vuelta.
—¿Y si el cordón no vale? —dice Clara.
—Entonces le hacen el mío.
Lo dice sin ninguna solemnidad, como quien nombra el plan B de una avería.
—¿El tuyo?
—Yo ya estoy tipificado y estoy en el sistema desde el año pasado. Si esto no sale, me lo sacan a mí y adelante, y ya me apañaré yo con lo que venga después. —Se frota los ojos con el pulgar y el índice—. Eso no depende de ti. Eso va a pasar igual.
—O sea que con el cordón se acaba.
—Con el cordón se acaba. —Álex asiente despacio—. Se recoge en el parto, en cinco minutos, después de que salga la placenta. Sin tocarte a ti, sin tocar al niño, sin pincharle a nadie. Y ya está. No hay nada más. No hay nada después.
Clara se queda quieta con las manos en el regazo.
Le gustaría poder decir en qué momento exacto ha empezado a querer creerlo. No lo consigue localizar. Es la palabra cubo , quizá. O los cien mililitros, que es una cifra y las cifras la calman. O que él haya dicho me lo sacan a mí sin pararse a esperar que se lo agradecieran.
—¿Cómo te enteraste de que era tuya?
—Me llamó ella. —Álex se recuesta—. Once años sin saber nada de Iris y un día me llama al móvil y me dice que hay una niña, que está mala, que le han pedido un estudio familiar y que a lo mejor yo tengo algo que ver.
—¿Y tú qué hiciste?
—Colgué.
Clara levanta la vista.
—Colgué y estuve dos días sin llamarla. —Álex lo dice sin ninguna coartada, y eso también es nuevo—. Y al tercer día fui.
—¿Cuándo?
—Cuando me llamó.
—Álex.
—Fui cuando me llamó, Clara. —Y ahí sube el tono por primera vez—.
¿Qué quieres, la hora? ¿Quieres el día de la semana?
No me acuerdo del día. Me acuerdo de que me hicieron una analítica y de que estuve tres semanas esperando, y de que cuando me llamaron para darme el resultado yo estaba arreglando una enfriadora en la cubierta del bloque C y me tuve que sentar en el suelo con el móvil en la mano y un compañero preguntándome si me daba algo.
—Vale.
—No es vale.
—He dicho vale.
Se callan los dos. Arriba arrastran una silla y luego otra.
—¿Cómo es? —dice Clara.
—¿Quién.
—Ella. Hoy. Qué ha hecho hoy.
Álex se queda pensando. Tarda. Tarda demasiado, y a Clara le duele verlo tardar más que casi todo lo demás de esta noche.
—Hoy estaba de mala leche —dice al final—.
Le han puesto el esparadrapo ese de dibujos, el de las estrellitas, y ha dicho que tiene nueve años y que no es tonta.
—Sonríe un poco, sin querer—. Y luego se ha puesto a echar cuentas de lo que lleva gastado su madre en el aparcamiento desde febrero.
Le salían ochocientos y pico euros. Lo estuvo haciendo en la tableta como veinte minutos.
—¿Y qué dijo Iris?
—Que se callara.
Clara mira el imán blanco de la nevera.
—Una pregunta más y te dejo dormir.
—Dime.
—¿Por qué no me lo contaste en julio?
Álex abre la boca y no le sale nada, y esta vez no es la técnica de siempre, no es el silencio con el que gana tiempo mientras busca la frase sin sujeto.
Es otra cosa.
—Porque pensé que si te lo decía, no entrabas.
Se levanta, coge la chaqueta del respaldo, que no llegó a quitarse, y se va hacia el pasillo. En la puerta se para y habla sin volverse.
—Y llevábamos cinco años. Y era el séptimo. Y no había octavo.
A las doce menos veinte, cuando lo oye acostarse, Clara saca del bolso un cuaderno de gusanillo que compró el jueves, se sienta en la mesa de la cocina y escribe la fecha, la hora y lo que ha dicho.
15 oct. 21:15–21:50. Cocina.
«Aplasia medular grave.» «Segunda tanda, respuesta parcial, va lento.»
«Hay un donante de registro. Le falta una pieza.»
«Hermano de padre. Le da mi mitad y nada más.»
«Es un ensayo. Lleva dos años funcionando.»
«Si esto no sale, me lo sacan a mí.»
«Con el cordón se acaba.»
Subraya la última.
Después, debajo, escribe una línea más y la escribe con otra letra, más pequeña, casi al borde de la hoja: pedir el papel del ensayo .