CAPÍTULO 15 · SEMANA 15 4
Amparo se va a las once menos cuarto porque el sábado tiene a su hijo pequeño y quiere llegar a comer.
—Doce con dos. Perfecta. Y has dormido cinco y media, que ya no está mal. —Recoge la carpeta—. Lo que no me gusta es que no andas.
—Trabajo en casa.
—Ya, pero es que la aplicación te va a ir bajando el número y luego el lunes me lo van a preguntar a mí y yo voy a tener que decir que no andas.
—Se pone el abrigo—. Con media hora al día vale.
Y no es por el número, ¿eh? Es por la espalda, que vas a empezar en dos semanas y vas a saber lo que es bueno.
Cuando cierra la puerta, la casa se queda con ese silencio de después que ya no es exactamente el silencio de antes.
Clara trabaja hasta las cinco. A las cinco cierra el plano de la fachada oeste, se hace un té y abre el portátil personal para buscar una cosa del laboratorio de anclajes.
No busca la cosa del laboratorio.
El vídeo largo sigue estando y ya no importa, porque desde el ocho de octubre Iris hace directos.
Hay cuatro. El primero dura veintidós minutos. El último, el del jueves, una hora y catorce.
Los abre por orden.
Lo primero que la desconcierta es que no pasa nada.
Iris está en el pasillo de un hospital, sentada en una de esas sillas de plástico unidas por una barra, con el teléfono apoyado en el bolso y encuadrando mal, y se le ve la mitad de la cara y una puerta al fondo.
Habla del tiempo que hace en la calle. Dice que ha aparcado en la tercera planta del parking porque en la segunda no había sitio y que le van a cobrar siete euros.
Se calla dos minutos enteros, y en esos dos minutos se oye pasar un carro y una voz por megafonía llamando a alguien a admisión.
—Perdonad —dice después—. Estoy mirando una cosa.
En el minuto once entra alguien fuera de plano y le pregunta algo, y ella contesta que sí, que ahora sube.
Trescientas doce personas mirando a una mujer esperar en un pasillo.
El segundo lo hace desde el coche, en el parking, con la luz del techo encendida y la cara amarilla.
—Hoy hemos tenido bronca —dice—. Bronca de las buenas.
Cuenta que a Noa le han querido cambiar el sitio del pinchazo y que Noa se ha plantado. Que ha dicho que ese brazo no, que ese lo tiene para el otro , y que ha habido que llamar a la supervisora, y que al final se lo han puesto donde ella ha querido.
—Yo estaba muerta de vergüenza —dice Iris—. Ahí de pie, pidiendo perdón a todo el mundo. Y luego, en el ascensor, he pensado: pues muy bien. Que se planten. Que se planten mientras puedan.
Se ríe sola, en un coche, en la tercera planta de un aparcamiento.
Contesta preguntas del chat. Alguien le pregunta qué come Noa y ella dice que nada, que últimamente nada, que le entra el sándwich de la máquina de la planta segunda y ya está, y que ha aprendido a hacer ese sándwich en casa con el mismo pan y el mismo queso y que no cuela.
—Ella dice que el de la máquina está más frío. Y tiene razón. Y no puedo tener un sándwich a cuatro grados en mi casa.
Alguien le pregunta si duerme. Dice que en la silla, que es una que se abre y se queda como una tumbona torcida, y que ya ha aprendido a dormir con un pie en el suelo.
Alguien le pregunta por la lotería de Navidad y ella dice que sí, que ha cogido un décimo del que venden en la asociación.
En el minuto veintinueve sube por la pantalla un comentario: ¿se sabe algo de la otra?
Iris lo lee. Se para.
—Mira, te voy a contestar y luego no lo vuelvo a hacer.
—Se acerca al teléfono—. De la otra no se sabe nada porque yo no voy a decir nada.
Ni sé dónde vive, ni quiero saberlo, y si alguien de aquí lo sabe, que se lo calle.
Que se lo calle, ¿eh? Que ya me han llegado cosas, y a mí eso me deja fatal, y encima no ayuda a mi hija.
Al revés. Si mañana esa mujer se pone mala del disgusto, ¿yo qué gano?
Se echa hacia atrás en el asiento.
—Y otra cosa. Yo estoy segura de lo que digo. Segura del todo. Y aun así esa mujer es una persona y estará hecha polvo. Yo estoy hecha polvo y a mí no me está creciendo nada dentro.
Corta el directo cuatro minutos después.
El tercero es de doce minutos y es solo para decir que hoy no hay directo porque están esperando unos resultados y que ya contará mañana.
El del jueves dura una hora y catorce y Clara lo ve entero.
No es un directo sobre el caso, es un directo sobre esperar.
Iris cuenta que en junio les dijeron seis meses y habla de lo que significa que te den seis meses.
Dice que la primera semana estuvo bien porque tenía cosas que hacer: papeles, llamadas, el colegio, la mutua, discutir con la mutua.
Dice que la tercera semana se dio cuenta de que ya no le quedaban cosas que hacer y que ahí empezó lo difícil.
—Yo he sido siempre muy de listas —dice—. Muy de si tengo un problema lo parto en trozos y hago los trozos, uno detrás de otro, y con eso he salido de todo lo que me ha pasado en la vida, que no es poco. Y esto no se puede partir en trozos. Esto es un trozo enorme de seis meses y tú dentro.
Clara para el vídeo.
Se queda mirando la imagen congelada de una mujer que acaba de decir, con otras palabras, exactamente lo que ella hace desde el veintiocho de septiembre.
Lo vuelve a poner.
Iris cuenta que al final ha organizado la espera.
Que ha hecho un calendario en un papel de embalar pegado en la pared de la cocina, de aquí a marzo, y que ha puesto en cada semana una cosa pequeña, algo que se pueda tachar.
La semana pasada tocaba ordenar los armarios de Noa y sacar lo que ya no le vale.
Esta semana toca pedir cita para la ITV.
—Que no es que me importe la ITV —dice—. Es que si no, la semana no se acaba. La semana no se acaba sola, hay que acabarla.
En algún momento del minuto cincuenta, Álex pasa por detrás del sofá camino de la cocina, ve la pantalla y se para.
—¿Qué haces?
—Verlo.
—¿Por qué?
Clara no le contesta.
—Clara.
—Porque quiero saber cómo es.
—Te lo puedo decir yo.
—No. —No levanta la vista de la pantalla—. Tú no.
Álex se queda ahí un poco más y luego sigue a la cocina, y desde allí se le oye abrir el grifo y dejarlo abierto bastante más tiempo del necesario.
En el minuto sesenta y ocho, Iris se calla, mira a un lado, fuera de plano, y vuelve.
—Voy a decir una cosa y me callo ya. —Se acerca al teléfono—. Yo sé que hay gente que ve esto y que no está de acuerdo conmigo. Me lo escribís. Y algunos lo escribís muy bien, ¿eh?, que hay dos o tres comentarios que me han tenido pensando tres días. Yo no os voy a bloquear. Faltaría más.
Se coloca el pelo detrás de la oreja.
—Y si algún día la mujer esta ve esto, que a lo mejor lo ve, porque yo en su lugar lo vería: yo no tengo nada contra ti. Yo tengo una hija. Si quieres hablar conmigo, yo estoy aquí. Estoy aquí todo el rato, que no me muevo de esta silla.
El directo termina así, sin despedida, porque se le acaba la batería.
Clara cierra el portátil y se queda un rato en el sofá con las dos manos encima de la tapa.
Después se levanta, va a la cocina, saca el móvil y mira la pantalla de inicio de Continua, donde hay un noventa y uno en grande y cuatro círculos de colores debajo.
En la pared de la cocina, encima de la mesa, hay un calendario de una ferretería de Cartagena con las fiestas marcadas en rojo y ni una sola cosa escrita a mano.