Hasta que nazca CAPÍTULO 14 · SEMANA 15 2
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CAPÍTULO 14 · SEMANA 15 2

Nagore la llama el viernes a las once y cuarenta y dos y tarda cuarenta segundos.

—Denegada. Mantiene la continuidad y remite al comité. Nos ha dado veinte minutos, ha sido correctísimo y no ha dicho ni una sola cosa que no supiéramos.

—¿Y ya está?

—Ya está para la cautelar. Nos queda la apelación de la primera y nos queda el fondo. —Ruido de papeles—. Sanjuán, esto era lo previsible y usted lo sabía el martes. Descanse el fin de semana, que en noviembre no va a poder.

El sábado Amparo viene, le toma la tensión, trae pan y se va.

El domingo Clara no sale de casa. El lunes trabaja nueve horas seguidas en la mesa de la cocina y a las ocho y media de la tarde tiene el plano de la fachada oeste terminado, con las catas replanteadas y la memoria de anclajes revisada, y la sensación, por primera vez en dos semanas, de haber hecho una cosa entera de principio a fin.

Álex llega a las nueve menos cuarto. Trae la bolsa del pan por costumbre, aunque ahora sobra pan todos los días.

—Mañana no voy a estar a mediodía —dice mientras se quita la chaqueta—. Tengo que ir al doce.

El doce es el hospital. Lo llama así desde que trabaja allí y siempre lo ha llamado así, y hasta agosto era un edificio con una torre de refrigeración y unas válvulas del noventa y cuatro.

—Vale.

—Le hacen un control por la mañana y luego dan los resultados de la semana pasada. —Deja la bolsa en la encimera—. Si quieres, luego te cuento.

—No.

—Vale.

—No me cuentes nada de eso. Nada. Ni cómo ha ido, ni si ha subido, ni si ha bajado.

—He dicho vale, Clara.

Se hace uno de esos silencios que ya conocen los dos. Álex abre la nevera, ve los huevos en el segundo estante y los mira, y después coge una cerveza y cierra.

—Una cosa —dice Clara.

—Dime.

—El primero de todos. El consentimiento del primer ciclo. Lo leímos aquí, en esta mesa, en 2027.

—Sí.

—Las once páginas. Tú hiciste una lista de dudas en el móvil y las preguntamos al día siguiente en la consulta. Once dudas.

—Doce.

—Doce. —Clara cierra el portátil—. ¿Por qué no leíste el séptimo?

Álex deja la cerveza sin abrir en la encimera.

—Porque llevábamos siete.

—Esa no es la pregunta.

—Es que es la respuesta, Clara. Llevábamos cinco años haciendo lo mismo, con los mismos papeles y las mismas frases y la misma mesa, y en el séptimo tú tenías prisa por entrar y yo tenía prisa por que entraras.

—Se apoya en la encimera—. Y te voy a decir otra cosa, ya que estamos.

En el cuarto tampoco lo leímos. Ni en el quinto.

Y en el sexto lo firmaste tú sola porque yo estaba en una avería en Vallecas.

—Sí.

—Pues eso.

—Eso qué.

—Que esto no empezó en julio. Que llevábamos años firmando así.

Y es verdad, y Clara lo sabe, y es exactamente lo que ha escrito de su puño y letra en un documento que Nagore ha presentado el jueves en un juzgado.

—Tú sabías que había una compatibilidad —dice.

—Sabía que había una compatibilidad.

—O sea que tú, sabiendo eso, no leíste el papel que decía qué te podían meter dentro.

—A ti.

—¿Qué?

—Que qué te podían meter dentro a ti. —Lo dice y se le ve en la cara que no quería decirlo así—. Perdona.

—No, sigue. Sigue por ahí.

—No voy a seguir por ahí.

—Sigue por ahí, Álex, porque llevo trece días esperando a que alguien de esta casa diga una frase con sujeto.

—¿Qué quieres que te diga?

—Quiero que me digas quién eligió el embrión.

—Nadie eligió nada.

—Alguien lo eligió.

—¡Que no había que elegir! —Levanta la voz por primera vez desde julio; no mucho, lo justo—. Había un embrión que servía y era el nuestro. No había una fila de embriones y un señor con un puntero. Si hubiera habido que elegir yo te lo habría…

El móvil de Clara, boca arriba en la mesa, se enciende y vibra dos veces.

Los dos lo miran. Está más cerca de él.

Hemos avisado a tu unidad de continuidad porque tu frecuencia cardiaca lleva 24 minutos por encima de tu media habitual. ¿Va todo bien? Puedes responder desde la app.

Debajo, en letra más pequeña, un enlace azul: Técnicas de respiración para momentos de tensión.

Álex no dice nada. Clara tampoco. La pantalla se apaga sola y la cocina se queda con el zumbido de la nevera.

A los tres minutos suena el teléfono. En la pantalla pone UNIDAD CONTINUIDAD.

Clara lo coge de pie y se aparta dos pasos hacia la ventana.

—¿Sí?

—Cariño, soy Amparo. —De fondo se oye una televisión y alguien que dice algo y se calla—. Perdona que te llame a estas horas, que estoy en mi casa y en pijama, pero me ha entrado un aviso al móvil y prefiero llamarte yo antes de que mañana te llame cualquiera de la unidad y te dé un susto.

—Estoy bien.

—Ya, si el aparato no dice que estés mal. Dice que llevas media hora con el pulso alto y ya está.

—He subido las escaleras.

—¿A las nueve y media de la noche?

—Sí.

—Vale. —Amparo tarda un segundo—. ¿Estás sola?

—No.

—¿Estás bien?

—Estoy bien, Amparo.

—Vale, mi vida. Pues nada. —Un ruido de sofá—. Yo lo meto como actividad física no registrada, que es una casilla que existe y que está para esto, y así no me lo dejan abierto y mañana no te llama nadie.

—Vale.

—Y oye. Si te vuelve a pasar y no te apetece cogerme el teléfono, no me lo cojas: me mandas un mensaje con una palabra, con «bien», y con eso me vale y yo lo cierro igual. No hace falta que hables conmigo si no te apetece hablar conmigo.

Clara mira el cristal de la ventana, donde se ve la cocina entera reflejada y Álex de pie junto a la encimera con los brazos cruzados.

—Gracias.

—Anda. Descansa.

Cuelga.

—¿Qué le has dicho? —pregunta Álex.

—Que había subido las escaleras.

—¿Y te ha creído?

—Le ha dado igual. —Se vuelve—. Lo va a meter como actividad física no registrada.

—Joder.

—Sí.

Álex mira la pulsera de la muñeca de ella. Lleva trece días sin mirarla directamente y Clara se da cuenta ahora, precisamente porque acaba de hacerlo.

—Quítatela un rato —dice.

—No.

—Un rato. Déjala en la mesa mientras cenamos.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si la dejo en la mesa sale un hueco. —Clara coge el portátil—. Y un hueco no lo puede explicar nadie. Una discusión sí.

Se va al fondo del pasillo.

A las once y veinte, con la luz apagada, el móvil se enciende encima de la mesilla y le ilumina media habitación.

Tu índice de adherencia gestacional ha bajado al 91 %. Pequeños cambios pueden ayudarte a recuperarlo. Toca para ver tus recomendaciones de esta semana.