CAPÍTULO 13 · SEMANA 15 0
Los huevos van en el segundo estante.
Amparo los pone en la puerta, en la huevera que trae la nevera de fábrica, y Clara los cambia por la tarde, y el jueves siguiente Amparo trae otra media docena y los vuelve a poner en la puerta.
Ninguna de las dos ha dicho nada sobre los huevos.
Son las nueve y cinco de un jueves, el séptimo día de convivencia, y la casa se ha reorganizado sola en menos de una semana, que es lo que tardan estas cosas.
Amparo llega a las nueve y se va a las once.
De nueve a nueve y veinte hace lo suyo. De nueve y veinte a once hace otras cosas que no le ha pedido nadie: friega lo de la noche, tiende si hay tendedero libre, y el martes pasado desmontó el sifón del lavabo del baño porque llevaba tres semanas tragando despacio, lo limpió con un alambre y un trapo viejo, lo volvió a montar y lo dejó sin una gota.
—Esto era pelo —dijo—. Pelo y crema de manos. Es siempre lo mismo.
Álex lleva cuatro meses diciendo que lo mira el fin de semana.
—Tensión y peso y te dejo en paz. —Amparo saca el manguito—. ¿Puedo?
—Puedes.
—Doce con seis. Un poquito más alta que el martes, pero nada. ¿Has dormido?
—Cinco horas.
—¿Del tirón?
—Con dos cortes.
—Eso son tres trozos. —Lo apunta—. ¿Y por qué te levantas?
—Por hacer pis.
—Ya. —No levanta la vista de la casilla—. ¿Y la segunda vez?
Clara no contesta. Amparo tampoco insiste: escribe algo corto, dos palabras, y cierra la carpeta.
A las nueve y media, Clara está de pie junto a la encimera intentando comerse una tostada mientras lee una hoja de mediciones, y se le viene el pelo a la cara por tercera vez, y la tercera vez se lo aparta con el dorso de la mano porque tiene los dedos con aceite.
—¿Quieres que te haga una trenza?
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta. —Amparo ya se ha levantado—. Tarda cuarenta segundos y te ahorra la mañana. ¿Puedo?
Clara se lo piensa y dice que sí.
Es rapidísima. Le recoge el pelo con las dos manos, lo divide sin tirar y hace una trenza baja, apretada pero no tensa, rematada con una goma que saca del bolsillo de la bata. No llega a los cuarenta segundos.
—Ya está.
—Gracias.
—Es que a mí me pasaba igual. —Vuelve a sentarse—. Con el segundo tenía un pelo hasta aquí y no me lo quería cortar por pura tozudez, y me pasé seis meses comiendo con el pelo en la sopa. Al final me lo cortó mi hermana en la cocina y lloré como una idiota.
—¿Cuántos tienes?
—Dos. Treinta y uno y veintiocho. —Amparo empieza a rellenar la tableta con el índice de la mano derecha, buscando las teclas—. El mayor en Zaragoza y el pequeño aquí, en Villaverde, con su padre.
—¿Con su padre?
—Semanas alternas. Es una historia larguísima y muy aburrida y te la cuento otro día si te apetece, que a mí me gusta contarla porque ya no me duele. —Sigue tecleando—. Bueno, poco.
Clara se toca la trenza. Está bien hecha. No le tira de ningún lado y no se va a deshacer en todo el día.
A las diez y cuarto llega el correo de Nagore.
Necesito la declaración escrita hoy. Mañana a las 9:30 la vista. Fechas y verbos. Nada más.
Clara abre un documento en blanco.
Amparo está a dos metros, en la mesa, subiendo los datos de la mañana.
El 28 de junio de 2032, a las 11:40 aproximadamente, en la consulta 3 del Instituto Verea, firmé el consentimiento informado del séptimo ciclo. La documentación me fue entregada por una auxiliar cuyo nombre no recuerdo. No leí el documento.
Se para.
Levanta la vista. Amparo sigue con el índice en la tableta y no ha mirado ni una vez la pantalla del portátil, y no la va a mirar, porque en siete días no ha mirado nada que no fuera suyo.
Pero está a dos metros. Y en la hoja hay una casilla que ocupa el tercio inferior de la página.
No leí el documento. Tardé menos de un minuto desde que me lo pusieron delante hasta que lo firmé. Nadie me leyó ninguna cláusula en voz alta. Nadie me preguntó si tenía dudas. Después pasé a la sala de extracciones.
—¿Va todo bien? —dice Amparo sin levantar la cabeza.
—Sí.
—Es que llevas un rato con la mano parada encima del teclado.
Clara mira su propia mano.
—Es un informe.
—Ah. —Amparo termina de teclear—. Yo con los informes igual. Empiezo, me atasco y me levanto a por agua. Es lo único que me funciona.
Se levanta y le pone un vaso de agua al lado del portátil, sin decir nada más, y vuelve a lo suyo.
A las once, en cuanto se cierra la puerta, Clara coge el ordenador, se mete en el baño y se sienta en la tapa del váter con el portátil sobre las rodillas.
Escribe las otras seis firmas ahí, con la puerta cerrada, en veinticinco minutos.
La del segundo ciclo la recuerda entera porque el bolígrafo no pintaba y hubo que cambiarlo, y esa la escribe con detalle, con la marca del bolígrafo y todo, y luego borra la marca del bolígrafo porque Nagore ha dicho fechas y verbos.
Cuando sale, la casa está en silencio.
Huele a la lavadora que ha puesto Amparo. El sifón del lavabo traga bien. Hay pan del bueno encima de la tabla y hay un vaso de agua en la mesa de la cocina, junto al sitio donde estaba el portátil, todavía lleno.
Los huevos están en la puerta de la nevera, donde se calientan.
Clara se queda en mitad de la cocina con el ordenador debajo del brazo, y después abre la nevera, coge la huevera y los pasa al segundo estante.