CAPÍTULO 12 · SEMANA 14 6
El martes a las nueve y cuarto, Solans le pone el manguito y no dice nada durante los cuarenta segundos que tarda el aparato.
—Once siete. Perfecta. —Suelta el velcro—. Peso, un kilo doscientos más que en julio. Es poco, pero está dentro. Analítica el jueves en ayunas y me la miro yo.
—Vale.
—¿Duermes?
—Regular.
—¿Regular es cinco horas o regular es dos?
—Cinco.
—¿Del tirón?
—Con dos cortes.
—Vale. —Lo apunta en el cuaderno y luego en el ordenador—. ¿Y lo otro?
—¿Qué otro?
Solans deja el bolígrafo.
—Clara, lo he visto. Lo vio mi hija el sábado por la tarde y me lo enseñó porque ella no sabe nada de nada, y yo llevo desde el sábado dándole vueltas a si te llamaba o si me esperaba a hoy.
—¿Y qué decidiste?
—Esperarme a hoy. Ya ves qué valiente. —Se recuesta en la silla—. ¿Estás bien?
—Estoy bien.
—Vale. —No insiste—. Te digo una cosa técnica y me callo. Esa mujer, en el minuto tres, dice que la niña está con una transfusión cada nueve días. Eso es mucho. Eso es una niña que no está bien.
—Ya.
—Te lo digo porque si alguien te dice que esto es un teatro, no lo es. Ahí hay una niña de verdad.
—Ya lo sé.
—Vale. —Solans coge otra vez el bolígrafo—. Martes de dentro de dos semanas. Y si el jueves la analítica sale rara, te llamo yo.
A las once y cuarenta, en mitad de la videollamada con el aparejador y con los dos técnicos del laboratorio, Rocío le escribe por el chat interno.
clara puedes salir un momento
Clara se disculpa, se pone en silencio y sale al pasillo con el móvil.
—Dime.
—A ver, no te asustes. —Rocío habla bajo, con la mano en la boca del teléfono—. Han llamado tres veces esta mañana al fijo preguntando por ti.
—¿Clientes?
—No. —Una pausa—. La primera era una señora que preguntaba si trabajabas aquí. Le dije que sí antes de que me diera tiempo a pensar, y me colgó. La segunda ha sido un tío que me ha dicho que somos una empresa de asesinos y a ese le he colgado yo. Y la tercera ha entrado por el formulario de la web.
—¿Qué ponía?
—Tu nombre completo y una cosa de una niña. Y un enlace.
—¿Lo ha visto Damián?
—Lo ha visto Damián.
Clara se apoya en la pared, junto a la máquina del café.
—Rocío.
—Qué.
—¿Tú lo has visto?
—Sí.
—Vale.
—Clara, yo no…
—No hace falta. De verdad. —Se aparta el pelo de la cara—. Vuelvo a la reunión, que estamos con el laboratorio.
A la una y media, Damián Olalde le pide cinco minutos y cierra la puerta de la sala pequeña, que nunca cierra.
Es un hombre de sesenta años que la contrató en 2019, que fue a su boda y que en el tercer ciclo le dio quince días sin descontárselos de ningún sitio y sin decírselo a nadie.
—No te voy a preguntar nada de lo tuyo. Que quede claro desde el principio.
—Vale.
—Pero han llamado seis veces. Seis, y las tres últimas las he cogido yo. —Se sienta en el borde de la mesa—. Y esta mañana han puesto una reseña en el Google del estudio, con tu nombre y tus dos apellidos, de tres líneas.
—¿Qué dice?
—Da igual lo que diga.
—Damián.
—Dice que aquí trabaja una mujer que va a dejar morir a una niña. —Lo dice deprisa, para quitárselo—. Ya he pedido que la quiten. Tardan.
Clara no contesta.
—Tu nombre y tu móvil estaban en la web —sigue él—. En la ficha de Bravo Murillo, como contacto técnico. Desde marzo. Lo hemos quitado esta mañana, pero llevaban ahí siete meses y eso ya está en la caché de medio internet.
Clara no necesita que le expliquen el resto y no se lo explica nadie, pero lo va montando ella sola mientras Damián habla, con la misma cabeza con la que localiza una humedad siguiendo una mancha hasta el bajante.
En 2030 tuvo una cuenta en la que contaba los ciclos. Sin cara, sin nombre, solo las manos, los sobres de la medicación, los tests, las citas. Como tantas. Dejó de escribir en el sexto y no la borró, porque borrarla también le parecía una manera de tentar a algo.
En esa cuenta hay una foto de julio de 2031 de la sala de espera del Verea. Los sillones, la mesa baja, las revistas de decoración. El pie dice ciclo 6, allá vamos .
Los sillones del Verea son de un modelo concreto y esa misma sala sale en la página web de la clínica, en la pestaña de instalaciones.
Iris dijo un mes y dijo una ciudad. No hacía falta más.
—Y quiero pedirte una cosa, y quiero que sepas que me da vergüenza pedírtela.
—Dila.
—Las dos semanas que vienen, trabaja desde casa.
Clara mira la mesa de la sala pequeña, que tiene una pata mal calzada desde que la trajeron y que ella lleva tres años diciendo que hay que calzar.
—¿Me estás mandando a casa?
—Te estoy pidiendo que no vengas dos semanas.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo y las dos cosas son una putada.
—Damián levanta las dos manos y las deja caer—.
El jueves tenemos aquí a la propiedad y a los del laboratorio y no quiero que entre alguien por esa puerta a hacerte una escena delante de un cliente.
Ni por ti ni por el cliente ni por Rocío, que tiene veintiséis años y hoy ha llorado en el baño.
—Ya.
—Dime si estoy siendo un cobarde. Que a lo mejor lo estoy siendo.
—Estás siendo las dos cosas —dice Clara.
Damián asiente. No lo discute.
En el coche, a las tres y diez, tiene once llamadas perdidas de números que no conoce.
Escucha los buzones porque no escucharlos le parece peor. Cuatro son colgados: se oye una respiración y después nada. Dos son insultos, y uno de los dos es de un hombre que suena joven y que se ríe al final, con alguien al lado que también se ríe. Uno es de una empresa de placas solares.
Y uno es de una mujer que habla muy deprisa, sin identificarse, que dice que ella pasó por algo parecido en 2027, que no le hizo caso a nadie y que hizo bien, y que la abraza muy fuerte.
Ese es el peor de todos y Clara no sabría explicar por qué.
Después abre la aplicación de la cuenta vieja, la de los ciclos, que sigue instalada en una carpeta del móvil junto a otras que tampoco usa.
Hay trescientos cuarenta y un comentarios nuevos en una foto de julio de 2031.
Cierra sin leerlos y borra la cuenta, y borrarla le lleva tres pantallas y una contraseña que tarda dos intentos en recordar, y en la última pantalla la aplicación le pregunta si está segura y le explica que los datos se conservarán treinta días por si cambia de opinión.
El último buzón es de un número fijo de Madrid. Una voz de mujer, de centralita, que dice que llama del Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 9 para comunicar la citación de la vista del día nueve, y que se ha remitido también por Lexnet a la representación procesal.
Clara no suelta el móvil.
Ese número lo tiene la unidad de continuidad. Lo tiene Continua. Lo tiene el juzgado. Lo tiene Nagore, y Solans en el cuaderno y en la historia clínica, y el circuito, y el Ministerio, que le ha escrito tres veces en once días.
Abre los ajustes y se queda un rato largo en la pantalla de la tarjeta SIM, con el pulgar encima.
Después la cierra y arranca el coche.