CAPÍTULO 11 · SEMANA 14 4
El sábado a las ocho y veinte, Nagore le manda un enlace sin ningún texto delante.
Clara lo abre de pie en la cocina, con el café todavía en la cafetera.
Es un vídeo de nueve minutos y catorce segundos en una plataforma que conoce y no usa. El título está en mayúsculas y ocupa dos líneas: UNA MUJER QUIERE DEJAR MORIR A MI HIJA. La miniatura es una fotografía de una habitación de hospital vacía, la cama hecha, la persiana a media altura.
La mujer que aparece está sentada en una silla delante de una pared blanca sin nada. Cuarenta y pocos años, el pelo recogido con una pinza, una sudadera gris. No lleva maquillaje y no se ha arreglado para grabar, y eso también es una decisión.
—Me llamo Iris —dice—. No voy a decir mi apellido y no voy a decir en qué hospital estamos, y ahora entenderéis por qué.
Habla nueve minutos y no llora ni una vez.
Cuenta que su hija tiene nueve años y una aplasia medular grave.
Explica lo que es una aplasia medular grave con las palabras exactas, sin dramatizarla y sin ahorrarla: dice que la médula deja de fabricar, que eso significa que hay que meterle por vena lo que su cuerpo no hace, que empezaron con una transfusión cada tres semanas y van por una cada nueve días.
Dice que la niña no va al colegio desde febrero.
Dice que el tratamiento le funcionó, que dejó de funcionarle en julio y que ahora están en el segundo intento, y que el segundo intento no está yendo como el primero.
Dice que existe la posibilidad de un trasplante de hermano compatible.
—Y esa posibilidad existe —dice— porque hay una mujer embarazada.
Se echa hacia delante en la silla.
—Y esa mujer aceptó. Dijo que sí. Yo eso lo tengo clarísimo y no me lo va a quitar nadie, y no lo digo yo, lo dicen los papeles. Dijo que sí, y ahora dice que no.
Clara para el vídeo.
Lo vuelve a poner desde el principio y esta vez se sienta.
En el minuto cinco, Iris enseña un documento a la cámara. Está tapado con un folio doblado y solo se ve una franja: una cabecera sin nombre, un número tachado con rotulador grueso y dos líneas de texto que no se llegan a leer. Lo enseña tres segundos y lo retira.
—No voy a enseñar más porque no me da la gana meterme en un lío y porque esa persona tiene derecho a su intimidad, aunque a mí ahora mismo me cueste decirlo.
—Se apoya en las rodillas—. Y que quede claro una cosa.
Yo no voy a decir su nombre, ni dónde vive, ni dónde trabaja.
Y si alguien lo averigua y se le ocurre ir a molestarla, ese no está de mi parte.
Ese está en mi contra. Lo digo ahora y bien claro, porque luego me lo van a sacar y quiero que esté grabado.
En el minuto siete se le rompe la voz por primera y única vez, y tarda cuatro segundos en seguir, y en esos cuatro segundos mira hacia un lado, fuera de plano, a alguien que está en la habitación con ella.
—Yo no le estoy pidiendo un riñón a nadie —dice cuando vuelve—. No le estoy pidiendo que le abran. Estoy hablando de la sangre del cordón, que en todos los partos de este país se tira a la basura. Se tira. Va a un cubo. Y yo lo único que pido es que no la tiren.
Termina dando las gracias y sin pedir nada. Ni firmas, ni dinero, ni que se comparta.
Cuando Clara mira el contador son cuarenta y un mil reproducciones.
A las nueve y cinco llama Amparo al telefonillo.
—Buenos días. ¿Te pillo desayunando?
—Pasa.
Amparo entra, se limpia los pies dos veces con cada pie, deja el abrigo en la silla de la entrada y va a la cocina. Trae media docena de huevos de una granja de Colmenar y una barra de pan.
—Que me pillaba de camino —dice.
Le pone el manguito sin tocarla antes de avisar, con la mano en el aire y un ¿puedo? que Clara no le había oído el jueves. El aparato tarda cuarenta segundos.
—Trece con nueve.
—Es alta.
—Es alta para ti. Para mí es martes. —Amparo suelta el velcro—. ¿Has dormido?
—No mucho.
—¿Y esta mañana? ¿Has hecho algo, has subido escaleras, te has enfadado con alguien?
Clara tiene el móvil boca abajo encima de la mesa. La pantalla del portátil, al lado, está apagada.
—He leído una cosa.
Amparo la mira un segundo largo. Después coge la carpeta, abre la hoja de hoy y escribe la cifra en la casilla de tensión.
En la casilla de observaciones no escribe nada.
—Te la vuelvo a tomar en veinte minutos, que es lo suyo —dice—. Mientras, si te parece, friego lo de anoche.
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta.
A las nueve y veinticinco la tensión es doce con ocho. Amparo apunta esa también y solo esa la sube a la tableta.
Cuando se va, a las once menos cuarto, el vídeo tiene sesenta y tres mil reproducciones.
Los comentarios están abiertos. Hay once mil. Clara lee seis.
Esto no puede ser legal. Que la obliguen y punto.
Mi hermana perdió un embarazo de veinte semanas y no se lo deseo a nadie. Pero esto tampoco. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
Iris, ánimo desde Alicante. Estamos contigo. Dinos qué necesitas.
Nadie sabe qué le han contado a esa mujer ni qué firmó exactamente. Yo antes de opinar esperaría, que aquí condenamos muy rápido.
«Dijo que sí.» Ya. Y ahora dice que no. Que es lo que tiene decir que sí: que se puede cambiar de opinión. Con todo el respeto por la niña.
ES QUE ES UNA NIÑA DE NUEVE AÑOS
Cierra.
Busca Iris y el nombre de la enfermedad. Encuentra el mismo vídeo replicado en cuatro sitios. Busca el canal: se abrió el veintinueve de septiembre y tiene un solo vídeo.
El veintinueve de septiembre es el día en que Clara pidió la interrupción.
Álex está en el salón con el portátil sobre las rodillas. Lleva desde el miércoles durmiendo en la cama grande y ella en la del fondo, y los dos se han repartido los horarios del baño sin haberlo hablado.
Clara le pone el móvil delante, con el vídeo pausado en la cara de Iris.
Álex lo mira. Después la mira a ella. Después coge el teléfono y ve minuto y medio con el sonido al mínimo, y en algún punto de ese minuto y medio deja de mirar la pantalla y se queda solo escuchándola.
—No lo sabía.
—Ya.
—Clara, no lo sabía. Te lo juro por lo que quieras.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Vale que no lo sabías.
Se levanta y se va al pasillo con su propio teléfono. Clara se queda en el salón, con el portátil de él abierto en la mesa baja y una hoja de mantenimiento en la pantalla, columnas de equipos y fechas de revisión.
Desde el pasillo se oye media conversación.
—Que no… No, Iris, es que no es eso… Ya sé lo que has dicho, si lo he visto entero… Que ya sé que no has dicho el nombre. No es eso… Porque no es verdad. Porque no es verdad y tú lo sabes.
Un silencio largo.
—¿Quién te ha dicho eso a ti?
Otro silencio, más corto.
—Vale.
Vuelve al salón con el teléfono en la mano y la cara de haber perdido una discusión que no esperaba perder.
—Dice que lo quita esta noche.
—¿Y lo va a quitar?
Álex se sienta en el brazo del sofá.
—No lo sé.
—¿Ella cree de verdad que yo dije que sí?
—Sí.
—¿Y por qué lo cree?
Álex tarda demasiado.
—Porque se lo dijeron.
—¿Quién se lo dijo?
—En el centro.
Clara mira hacia el pasillo, al fondo del cual se ve el imán blanco pegado en la nevera.
—Álex.
—Qué.
—El martes, cuando venga Amparo, si te pregunta cómo estamos, ¿qué le vas a decir?
Él no contesta.
A las once y media el vídeo tiene ochenta y nueve mil reproducciones y sigue publicado. A las once de la noche tiene ciento treinta y cuatro mil y sigue publicado.
Clara lo comprueba desde la cama del fondo, con la luz apagada, y la pulsera le ilumina la muñeca cada vez que gira el brazo.