CAPÍTULO 10 · SEMANA 14 2
La mujer que espera en el rellano tiene un abrigo fino de entretiempo, una bolsa de tela con el logotipo del Ministerio y una carpeta de anillas debajo del brazo.
—¿Clara? Amparo Quiles, de la unidad de continuidad. Me han dicho que te avisaron ayer.
—Me avisaron.
—Pues aquí estoy. ¿Te pillo mal?
Le pilla mal. Son las nueve y diez de un jueves y a las diez tiene una videollamada con el aparejador de Bravo Murillo, que es la primera en tres semanas en la que iban a cerrar algo.
—Pasa —dice.
Amparo se limpia los pies en el felpudo mucho más de lo necesario, dos veces con cada pie, y deja el abrigo en el respaldo de la silla de la entrada sin que nadie se lo indique. Eso produce en Clara algo pequeño y desagradable que no sabe dónde colocar.
—Espera un momento. Tengo que hacer una llamada.
—Todas las que quieras, cariño. Yo me quedo aquí.
Clara se mete en el pasillo, junto a la puerta del baño, y marca el móvil de Nagore. Contesta al cuarto tono, con ruido de calle.
—Sanjuán.
—Está aquí.
—¿Quién?
—La enfermera. La de la unidad. Está en mi entrada.
—Ah. —Un claxon—. ¿Le trae un aparato?
—Trae una bolsa.
—Vale. Escúcheme bien, que voy andando y no le voy a poder repetir esto el lunes. —Nagore habla deprisa—. Usted no está obligada a aceptar apoyo asistencial. Puede decirle que no y esa mujer se va y no pasa absolutamente nada. Hoy.
—¿Y mañana?
—Mañana consta en el expediente que rechazó el apoyo asistencial ofrecido.
Y el jueves que viene, cuando la letrada de la Comunidad se levante en la vista, va a decir que su clienta rechaza el seguimiento del embarazo que pretende interrumpir.
Y el juez lo va a apuntar. Y no le va a hacer falta decir nada más en toda la mañana.
Clara se apoya en el marco.
—O sea que no puedo negarme.
—Puede negarse perfectamente. Lo que le estoy diciendo es lo que cuesta.
Es distinto y tiene que verlo distinto, porque si empieza a pensar que no puede hacer nada, va a dejar de hacer las cosas que sí puede.
—Un semáforo, gente cruzando—. Y le voy a dar tres reglas.
Una: acepte. Dos: sea impecable. Que todo lo que esa señora escriba de usted sea aburridísimo.
Tensión bien, come bien, colabora. Aburrido.
—¿Y tres?
—Tres: no le cuente nada. Es amable, va a ser amable, es su trabajo ser amable y probablemente además lo sea de verdad. No le cuente nada.
—¿Ni de la vista?
—Nada. Ni de la vista, ni de mí, ni de su marido, ni de lo que cena. —Nagore baja el tono un punto—. Sanjuán, esa mujer tiene una casilla que se llama observaciones. Todo lo que usted diga cabe ahí.
En la entrada, Amparo está mirando el cuadro del pasillo, uno de la Sierra que compraron en un mercadillo de Cercedilla y que lleva dos años torcido.
—Perdona la espera.
—Nada, mujer. —Se vuelve—. ¿Te importa que nos sentemos en la cocina? Traigo papeles y en las mesas bajas me hago un lío.
En la cocina, Amparo saca de la bolsa una carpeta, una tableta, una caja pequeña de cartón y un estuche negro de tela. Lo va colocando todo en fila sobre la mesa, alineado por el borde, y Clara se descubre agradeciendo que lo alinee.
—Te cuento quién soy y qué hago, y luego tú me preguntas lo que quieras y yo te contesto lo que sepa, que no es todo.
—Se sienta—. Yo soy enfermera. Llevo treinta y un años, veinte de ellos en planta, en el Gregorio.
Ahora estoy en la unidad de continuidad, que es una unidad de apoyo domiciliario.
Lo que hago es seguimiento: tensión, peso, sueño, actividad, cómo comes, cómo duermes y cómo estás.
No hago ecografías, no receto y no decido nada.
—¿Y quién decide?
—El equipo del centro, y por encima está el comité, y por encima de eso ya no lo sé. —Lo dice sin pestañear—. Yo apunto.
—¿Apuntas qué?
—Lo que veo. —Abre la carpeta—. Mira, te lo enseño, que es lo más fácil y así no te lo imaginas peor de lo que es.
Le da la vuelta a una hoja. Es una plantilla con casillas: tensión, peso, edemas, sueño, actividad, alimentación, cumplimiento de citas, observaciones. La de observaciones ocupa el tercio inferior de la página.
—¿Y esto lo lee quién?
—Va a la unidad y de la unidad al expediente.
Clara no aparta la vista de la casilla grande.
—Sigue.
—Vale. Esto es la pulsera. —Abre el estuche negro. Dentro hay una banda gris oscuro, de silicona, con un módulo del tamaño de un mechero pequeño—. Es fea con avaricia, ya te lo digo yo. Llevo dos años pidiendo que las hagan de otro color, aunque sea negro, y nada.
—¿Y qué hace?
—Frecuencia cardiaca, pasos, sueño y temperatura de la piel.
No lleva micrófono, no lleva cámara y no lleva localización.
—Le da la vuelta y le enseña la parte de dentro—.
Lo que sí lleva es acelerómetro, o sea que sabe si estás quieta o andando, pero no sabe dónde.
Te lo digo yo antes de que lo busques en internet y leas cualquier barbaridad, que es lo que hace todo el mundo y luego se pasa dos noches sin dormir.
—¿Me la puedo quitar?
—Para ducharte no hace falta, es sumergible. Para dormir la gente se la deja porque si no, no coge el sueño y luego el número sale mal. —Amparo la deja encima de la mesa, sin ponérsela—. Si te la quitas y la dejas en la mesilla ocho horas, a mí me sale un hueco.
—¿Y qué pasa si sale un hueco?
—Que yo lo apunto.
Lo dice sin ninguna amenaza, como quien explica que si no metes el ticket en la máquina la barrera no sube.
—¿Y qué pasa después de que lo apuntes?
—Pues depende de cuántos huecos haya y de quién los mire.
—Amparo la mira de frente—. Mira, te voy a contestar bien porque me parece que eres de las que prefieren saberlo.
Un hueco no es nada. Cuatro huecos en dos semanas es una conversación.
Y una conversación con quién, no lo sé, porque a mí eso ya no me lo cuentan.
—Vale.
—La aplicación se llama Continua. —Extiende la mano y espera a que Clara le dé el teléfono, sin cogerlo ella—. Te la instalo yo, que si no os pasáis media hora con los permisos y acabáis dándolo todo.
Tarda cuatro minutos. Va diciendo en voz alta lo que acepta y lo que no: ubicación no, notificaciones sí, salud sí, contactos no, fotos no.
—Ubicación no —repite Clara.
—Ubicación no. Yo esa no la doy nunca y no le ha pasado nada a nadie. —Le devuelve el teléfono—. Ya está. Ahora ponte la pulsera y le damos veinte minutos para que se entere de que existes.
Clara se la pone. Le queda floja. Amparo le ajusta el broche un punto sin preguntar, con dos dedos, muy deprisa y muy bien, y Clara no llega ni a apartar la muñeca.
—Perdona —dice Amparo—. Es la costumbre. Treinta y un años cogiendo brazos.
—No pasa nada.
—Sí pasa. —Se sienta otra vez—. Antes de tocarte hay que preguntar y yo no te he preguntado. No lo voy a volver a hacer.
Clara no sabe qué contestar a eso, así que no contesta.
—Una cosa que te va a molestar y prefiero decírtela yo —sigue Amparo, recogiendo—. La aplicación te va a poner un porcentaje. Un número. Se llama adherencia y sale en grande en la pantalla de inicio.
—¿Adherencia a qué?
—A las recomendaciones. Si duermes, si andas, si vas a las citas, si te tomas lo tuyo. —Cierra la carpeta—. A mí ese número me parece una tontería y lo he dicho por escrito dos veces. Pero está.
—¿Y para qué sirve?
—Para nada, en teoría.
—¿Y en la práctica?
Amparo tarda lo justo.
—En la práctica, si algún día alguien tiene que decidir si tú te estás cuidando o no, va a mirar ese número antes que a mí.
A las diez menos cuarto, la pantalla del móvil se enciende sola.
Bienvenida, Clara. Tu índice de adherencia gestacional inicial es del 96 %.
—Noventa y seis está muy bien —dice Amparo, mirándolo del revés desde el otro lado de la mesa—. La mayoría empieza en ochenta y tantos.
—¿Por qué no cien?
—Porque no ha dormido ocho horas nadie esta noche.
Clara no contesta.
—Vengo martes, jueves y sábado por la mañana, de nueve a once, hasta que veamos cómo va.
Si en tres semanas todo está tranquilo, se puede pasar a dos días.
—Amparo se levanta y se pone el abrigo—.
Si necesitas algo entre medias, llamas a la unidad.
Y si un día no puedes recibirme, me avisas y no pasa nada, pero avísame, que si vengo y no estás me toca apuntarlo.
—Ya.
—Y tú sigues con tu ginecóloga del Verea, ¿verdad? Eso no cambia. Yo no sustituyo a nadie, yo me sumo, que ya sé que es lo peor que se puede decir. —Se ríe un poco—. También me han dicho que te has abierto seguimiento en el centro de salud.
Clara se queda quieta medio segundo.
—Sí.
—Muy bien hecho. —Amparo se abrocha el abrigo—. Cuantos más ojos, mejor. Eso lo digo yo, no lo dice el protocolo.
Ya en la puerta de la cocina se para.
—Una última cosa y me voy. La pulsera coge mejor el sueño si sabe dónde duermes, por el wifi. ¿Dónde duermes?
Clara señala el pasillo.
—En la habitación del fondo.
Amparo mira hacia el fondo del pasillo, donde la puerta está entornada y se ve el borde del sofá cama y una caja de la mudanza. Después mira otra vez a Clara.
Y no pregunta nada.
—Pues ya está.
Saca del bolsillo del abrigo un imán rectangular, blanco, con el logotipo del Ministerio y un teléfono impreso en azul, y lo pega en la puerta de la nevera a la altura de los ojos, junto a la lista de la compra.
—Por si acaso. Hasta el sábado, cariño.
A las diez y cuatro, Clara entra en la videollamada con la cámara apagada y con la pulsera puesta. El aparejador lleva cuatro minutos hablando y hay que empezar otra vez desde el principio.