CAPÍTULO 9 · SEMANA 14 0
Nagore está de pie junto al cristal, escribiendo en el móvil y hablando a la vez.
—Apelamos hoy mismo. Y para el nueve necesito tres cosas.
El informe de Solans, todos los consentimientos de los siete ciclos, y una declaración escrita por usted sobre cómo se firmaron.
Cuándo, dónde, quién estaba delante, cuánto tiempo tuvo el papel en la mano, si se lo leyó alguien en voz alta.
Sin adornos y sin adjetivos. Fechas y verbos.
—Vale.
—Y quiero el nombre del hombre que estaba al fondo de la sala.
Clara mira las grúas.
—Es mi marido.
—Ya. —Nagore no levanta la vista del móvil—. ¿Y por qué me ha dicho que era nadie?
—Porque no lo he pensado.
—Sí lo ha pensado. Ha tardado menos de un segundo, que es exactamente el tiempo que se tarda en pensar una cosa así. —Guarda el teléfono—. ¿Hoy tiene algo que contarme?
Clara se apoya en la barandilla del cristal. Abajo, once plantas más abajo, hay un patio con dos bancos y nadie sentado en ellos.
—La receptora es hija suya —dice—. Me lo contó anoche.
Nagore no se sorprende. Eso es lo peor: que no se sorprende.
—¿Nombre?
—Noa. La madre se llama Iris. No sé el apellido.
—¿Y él cuándo supo que era hija suya?
—Dice que este año.
—Dice.
—Sí.
—¿Y usted qué cree?
—No lo sé.
—Vale. —Nagore saca el cuaderno de gusanillo y lo apunta de pie, apoyándolo en el antebrazo—.
Esto lo cambia todo y no lo cambia nada, y le explico las dos cosas porque las va a necesitar.
Lo cambia todo porque a partir de ahora la pregunta del pleito ya no es si usted leyó un papel, sino si alguien se aprovechó de que no lo leyera.
Y no lo cambia nada porque yo eso no lo puedo probar con lo que tengo hoy, y el nueve de octubre es dentro de ocho días.
—¿Y qué haría falta?
—Documentos del centro. Fechas internas. Quién decidió qué y cuándo. —Cierra el cuaderno—. Nada de eso me lo van a dar por pedirlo.
—El expediente lo he solicitado. Quince días hábiles.
—Quince días hábiles son el veintiuno de octubre.
—Ya lo he calculado.
—Me lo imaginaba. —Nagore la mira—. Sanjuán.
Escúcheme un segundo con la cabeza fría, que es la única manera en la que la he visto funcionar.
A partir de hoy, todo lo que su marido le diga es material.
Anótelo. La fecha, la hora y las palabras exactas.
Sobre todo las palabras exactas, porque la gente se defiende con matices y los matices son literales.
—¿Quiere que le monte un expediente a mi marido?
—Quiero que se lo monte a la clínica. Su marido es un testigo.
Se van hacia los ascensores.
—Una cosa más —dice Clara—. Hoy es uno de octubre.
—Sí.
—Entonces ya se ha acabado.
Nagore se para.
—La vía de la petición propia, sí. Se acabó esta madrugada a las cero horas.
—¿Y no lo dice nadie?
—¿Quién lo iba a decir?
Clara no contesta. Saca el móvil, abre el calendario y cuenta hacia atrás desde el catorce de julio, que es lo que lleva haciendo mentalmente desde el martes y no se ha atrevido a comprobar en una pantalla. Le sale lo que sabía que le iba a salir.
Catorce más cero.
Ha pasado a las doce de la noche, mientras ella dormía vestida en un sofá cama con el abrigo por encima.
No ha sonado nada. No ha llegado ningún mensaje del Ministerio, y eso que el Ministerio le ha mandado dos en tres días.
No lo ha dicho el juez, que lo sabía, que lo tenía delante en el primer párrafo de los setenta folios y que ha estado once minutos hablando de otra cosa.
No lo ha dicho la mujer del portátil. Nadie ha considerado que hubiera nada que comunicar, porque efectivamente no lo hay.
No ha ocurrido nada. Solo ha pasado el tiempo, que es lo único que no necesita firma.
—El nueve —dice Clara—. Si ganamos el nueve.
—Entonces recuperaríamos la posibilidad de acudir al supuesto médico.
—Que no es lo mismo.
—No es lo mismo. —Nagore pulsa el botón del ascensor—. Hasta anteayer usted no tenía que justificar nada delante de nadie. A partir de hoy, si quiere interrumpir, tiene que existir una indicación médica que lo sostenga. Y esa indicación no la firma usted. La firma otro.
—¿Y hasta cuándo?
—Hasta la veintidós.
Clara asiente. Ha hecho la cuenta antes de que Nagore terminase la frase, otra vez, porque las cuentas se le hacen solas.
—Voy a bajar por la escalera, que estos ascensores tardan diez minutos —dice Nagore—. La llamo esta tarde con el número de la apelación y con la hoja de encargo. Y coma algo.
Clara baja en el ascensor con dos procuradores que discuten sobre una plaza de garaje en Villaverde. Sale al vestíbulo, donde la cola del arco sigue teniendo veinte personas aunque ya es mediodía, y cruza el paso elevado con el sol de cara.
Entra en el primer bar que ve, uno de los de la acera de los juzgados, con la barra llena de gente con acreditación y una tele puesta sin sonido.
Pide un pincho de tortilla y una caña sin alcohol y se lo come de pie, apoyada en el mármol.
Se lo come entero. Desde ayer a las siete y media no ha comido nada y lleva desde las ocho de la mañana con el estómago cerrado, y ahora, de golpe, tiene un hambre enorme y bastante indecente.
A las doce y cinco le suena el móvil. Es el fijo del centro de salud.
—¿Clara? Berta Solans. Dime que has ido.
—He ido. Me lo han denegado.
—¿Denegado cómo?
—Denegado que no. —Clara se cambia el teléfono de oreja—. Mantienen el embarazo hasta que resuelva el comité. Hay otra vista el día nueve.
Al otro lado se hace un silencio de tres o cuatro segundos.
—Vale —dice Solans—. Entonces vamos a hacer una cosa. Yo te voy a abrir un seguimiento aquí, en el centro. Tensión, peso, analítica, lo normal de un embarazo. Y te voy a ver cada dos semanas.
—Yo tengo seguimiento en el Verea.
—Ya lo sé. Por eso.
Clara mira el mármol de la barra.
—¿Eso me sirve de algo?
—Eso hace que dentro de un mes, si a alguien se le ocurre decir que tú estás perfectamente, haya alguien que no sea ellos que lo haya mirado.
—Solans habla deprisa, como quien tiene la sala de espera llena—.
No te estoy prometiendo nada. Te estoy diciendo que a partir de hoy quiero verte yo también. Pídete cita para el martes que viene.
—Vale.
—Y come.
—Estoy comiendo.
—Pues qué bien —dice Solans, y cuelga.
Clara tarda en apartarse el teléfono de la oreja. Delante tiene el plato vacío.
Después saca el volante del bolsillo con cremallera y lo desdobla sobre el mármol, entre el plato y el vaso. Le pide el bolígrafo al camarero, que se lo da sin mirarla porque está sirviendo tres cañas a la vez.
En el reverso escribe:
1 oct — 14+0
9 oct — vista
10 nov — comité (6 sem)
25 nov — 22+0
Mira la última línea. Es la primera vez que la escribe y le sorprende lo cerca que está de Navidad.
Dobla el papel en tres, lo guarda otra vez en el bolsillo que cierra, paga y sale a la calle a las doce y veinte de un martes de octubre, embarazada de catorce semanas y con cincuenta y cinco días por delante.