Hasta que nazca CAPÍTULO 7 · SEMANA 13 6
13%

CAPÍTULO 7 · SEMANA 13 6

Álex está en casa a las siete y media y ha hecho la cena.

Eso es lo primero que Clara ve al entrar, antes que a él: la mesa puesta con los dos platos hondos, el pan cortado en la tabla, la botella de agua sin gas que compra él porque a ella le da igual. Hay algo en el horno. Huele a pimentón.

—Hola.

—Hola. —Álex sale de la cocina con el trapo del horno en la mano—. Siéntate.

—¿Qué pasa?

—Siéntate, Clara.

Ella no se sienta. Deja el bolso en la silla y se queda de pie, y eso a él le desmonta algo, porque tarda en volver a hablar.

—He estado hoy en el Verea —dice.

—¿Tú?

—Esta mañana. He preguntado por lo del código. —Deja el trapo—. Me han pasado con una persona del Programa.

—A mí me han dicho quince días hábiles.

—Ya. A mí me han atendido.

Se sienta en su sitio y apoya los antebrazos en la mesa.

—Hay una niña —dice.

Clara no se mueve.

—Se llama Noa. Tiene nueve años. Tiene una cosa de la médula, una aplasia, que es que la médula deja de fabricar sangre. Lleva desde el año pasado con tratamiento y el tratamiento le funcionó y luego dejó de funcionarle. —Habla mirándose las manos—. Necesita un trasplante.

—Álex.

—Es hija mía.

En el horno, algo hace un ruido pequeño de aceite.

Clara oye ese ruido con una nitidez rara y oye también el zumbido de la nevera y a los vecinos de arriba arrastrando una silla. Sigue de pie.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Este año.

—Este año es enero y este año es agosto.

—Este año, Clara. —Levanta la cara y la tiene descompuesta, y es la primera cosa de toda la noche que a ella le parece verdadera—. Me hicieron unas pruebas. Un estudio de compatibilidad familiar, por si yo valía de donante. Y en el estudio salió lo otro.

—¿Lo otro?

—Que era mía.

—¿Y tú no lo sabías?

—No.

—¿No lo sabías o no querías saberlo?

—No lo sabía. —Se pasa la mano por la boca—. La madre creía que era de otro. De uno con el que estuvo después de mí. Ella también se enteró en ese momento y no se lo tomó muy bien, como te puedes imaginar.

Clara se sienta por fin. No por acercarse, sino porque las piernas se le han puesto raras.

—¿Cómo se llama.

—Iris.

—¿Y de qué la conoces?

—De hace once años. De antes de ti. —Y añade, deprisa—: De mucho antes de ti.

—Ya sé contar.

Álex se calla.

—¿Cómo es? —dice Clara.

—¿Iris?

—La niña.

Y ahí ocurre una cosa que Clara no esperaba: Álex abre la boca y no le sale nada.

—Es… —Traga—. Es muy graciosa. Habla como una persona mayor. —Se le va la voz un poco—. La he visto siete veces.

—¿Siete?

—Ocho, con la de agosto. Las cuento. —Coge el móvil, lo desbloquea y lo deja boca arriba en la mesa, entre los dos platos, con una foto en la pantalla—. Esta me la mandó Iris en junio. Es la única que tengo.

Clara mira sin coger el teléfono. Una niña delgada con una sudadera azul, sentada en una silla de hospital, mirando a la cámara con las cejas levantadas como diciendo ya está, ya me has hecho la foto .

Tiene el brazo derecho con una vía y una gasa sujeta con esparadrapo de dibujos, y le han puesto el esparadrapo de dibujos a una niña de nueve años.

La pantalla se apaga sola. Álex no la vuelve a encender.

—Sigue —dice Clara.

—Me dijeron que había una posibilidad. Que si nacía un hermano compatible se podía usar la sangre del cordón. Y la sangre del cordón se tira, Clara. Se tira a la basura en todos los partos del mundo. —Se le acelera—. Y me dijeron que había un embrión que servía. Que era compatible.

—¿Cuál embrión?

—El nuestro.

—¿El nuestro.

—El que te transfirieron. —La mira—. Yo te juro que no sabía que eso te iba a meter en ningún programa. Me dijeron que era una compatibilidad, un dato, que constaba en un sitio y ya está.

—Constaba.

—Sí.

Clara mira los platos hondos. Están calientes. Los ha sacado del microondas para que no se enfriaran, que es una cosa que hacía su madre y que a él se le pegó el primer año.

—¿Cuándo te lo dijeron? —pregunta.

—¿El qué.

—Lo del embrión compatible. La fecha.

—No me acuerdo de la fecha exacta.

—El mes.

—Clara.

—El mes, Álex.

—Antes del ciclo. —Lo dice muy bajo—. Antes del séptimo.

Ella se queda quieta.

—Antes del séptimo.

—Sí.

—O sea que cuando yo me estaba pinchando, tú ya lo sabías.

—Sabía que había una compatibilidad. No sabía nada más.

—Once días. —Clara lo dice sin levantar la voz y sin ninguna intención de que suene a nada—.

Me pinché once días. Me llevaste tú el veintiocho de junio a comprar las agujas al Farmacia Central porque yo salía tarde de Getafe, y aparcaste en doble fila y te quedaste en el coche con las luces puestas.

—Ya.

—Y el catorce de julio me llevaste tú.

—Ya.

—Me llevaste el bolso. En la puerta me dijeron que no podía entrar con bolso y te lo di y me dijiste que no me preocupara, que tú lo tenías.

Álex tiene los ojos rojos y no se mueve.

—¿Le has estado dando dinero? —pregunta ella.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde abril. —Y luego, porque ella no dice nada—: Seiscientos al mes.

—De la cuenta tuya.

—De la mía.

Clara asiente despacio. Tienen la hipoteca y los recibos en la conjunta y cada uno su nómina en la suya desde 2027, y fue idea de ella, y le pareció un sistema práctico y adulto, y se lo ha explicado a dos parejas amigas con cierto orgullo.

—Es mi hija —dice Álex—. Se me está muriendo una hija y yo no sabía ni que existía.

—Ya lo he oído.

—Es que necesito que entiendas que yo no he—

—Te he preguntado una fecha y me has dado un adverbio.

Se hace un silencio distinto de los anteriores.

—Una cosa —dice Clara—. Y quiero que me contestes sí o no. ¿Tú sabías, cuando me lo pusieron dentro, que ese embarazo iba a servir para ella?

Álex tarda.

—Se sabía que había una compatibilidad.

Clara oye el se .

Lo oye con la misma nitidez con que ha oído antes el aceite del horno.

Se sabía. No lo sabía él, no lo sabían ellos, no lo sabía nadie con nombre: se sabía.

Es la manera de hablar de un hombre que lleva veinte años redactando partes de avería en los que nunca hay nadie que se haya equivocado, en los que las válvulas se rompen solas y las torres se paran, y ella lleva seis años oyéndosela y hasta esta noche le había parecido una manía graciosa.

Se levanta.

—Clara.

—Voy a cenar en un rato.

—Clara, siéntate. Por favor. Estoy intentando contártelo.

—Ya me lo has contado.

Coge el bolso de la silla. Álex se levanta también y no la sigue: sigue de pie junto a la mesa puesta, con las dos manos apoyadas en el respaldo, y desde ahí dice una última cosa.

—¿Y qué querías que hiciera?

Clara se para en el marco de la puerta.

—Preguntármelo.

Se lleva la carpeta de cartulina al fondo del pasillo, a la habitación de la mesa de despacho y las cuatro cajas. Duerme allí, en el sofá cama que no han abierto desde la mudanza, con el abrigo por encima porque las sábanas están en el altillo y no piensa pedirle a nadie que se las baje.

A las tres de la mañana oye a Álex levantarse e ir a la cocina, y estar mucho rato en la cocina sin hacer nada: sin abrir la nevera, sin servirse agua y sin encender la luz.