CAPÍTULO 6 · SEMANA 13 6
Clara sube los tres pisos detrás de un hombre que baja hablando por teléfono y que se aparta sin mirarla. Llega arriba con la respiración corta y le molesta, porque hasta hace un mes subía a la sexta planta de la obra de Getafe con el casco puesto y sin pararse.
Nagore Etxarri tiene cuarenta y muchos, el pelo muy corto y una taza de café que no va a tocar en los cuarenta minutos siguientes.
—Antes de nada. —Se sienta enfrente y no detrás de la mesa—.
Yo cobro doscientos la hora. Esto, si lo hacemos, no van a ser dos horas.
Hoy no le cobro. Si sale de aquí y no me llama, no me debe nada.
Si me llama, le mando una hoja de encargo con todo escrito y un presupuesto cerrado por fases. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Enséñeme lo que traiga.
Clara le pone delante la carpeta. El folio del Programa. El anexo. El volante de Solans. Una captura del SMS del Ministerio que ha impreso esta mañana en la oficina porque no sabía cómo darlo de otra manera.
Nagore lee muy rápido. Lee el anexo dos veces y en la segunda vuelta se detiene en el 6.3 y pone el dedo encima sin decir nada durante cinco segundos largos.
—¿Cuántas semanas.
—Trece más seis. Hoy.
—¿Y el plazo?
—Mañana.
Nagore levanta la vista.
—Vale. Entonces voy a hablar deprisa y usted me para en cuanto no entienda algo, porque no tenemos tiempo de que se quede con dudas por educación.
—Vale.
—Primero los hechos y después el derecho. Empiece por el catorce de julio y no se salte nada aunque le parezca irrelevante. Lo irrelevante lo decido yo.
Clara lo cuenta. Le sale ordenado porque lleva tres días ordenándolo: la transferencia, las ecografías, el martes, el sobre, la impresora, Sonia, el mensaje, Solans, la caja del armario del pasillo. Nagore la interrumpe seis veces y las seis para preguntar una fecha o una hora.
—El papel se lo dieron el martes veintiocho. ¿A qué hora?
—Sobre las seis y cuarto.
—¿Y usted lo enseñó a alguien ese día?
—A mi marido, por la noche.
—¿Qué dijo?
—Que era un error administrativo.
Nagore lo apunta y no comenta.
—Ahora el derecho. —Coge un folio en blanco y traza una línea horizontal—.
Esto no es un asunto médico. Esto es contencioso-administrativo.
Hay una resolución que la mete a usted en un régimen y que le impide de hecho una prestación a la que tiene derecho.
Contra eso se recurre. Y como recurrir tarda meses, existe una cosa que se llama medida cautelar, que consiste en pedirle a un juez que mientras dura el pleito las cosas se queden de una manera o de otra.
—¿Y eso cuánto tarda?
—La cautelar normal, con audiencia de la otra parte, entre una y tres semanas. —Marca un punto en la línea—. Usted no tiene una y tres semanas. Así que lo que vamos a pedir es la cautelarísima, que es sin oír a nadie y en veinticuatro horas. La presento hoy antes de las dos.
—¿Y me la van a dar?
—Casi nunca la dan.
Lo dice sin ninguna suavidad, mirándola.
—¿Casi nunca?
—Casi nunca. La cautelarísima está pensada para urgencias extremas y los juzgados son muy restrictivos, y con razón, porque es dictar sin escuchar a la otra parte.
Lo normal es que el juez no la conceda pero convoque una vista rapidísima, mañana o pasado, y decida ahí.
Eso sí lo vamos a conseguir. La vista la vamos a tener.
—Mañana es uno de octubre.
—Sí.
—Si la vista es mañana, todavía llego.
—Si la vista es mañana por la mañana, y el juez resuelve en el acto, y resuelve a favor.
—Nagore deja el bolígrafo—. Le voy a decir una cosa que le va a sentar mal y se la digo ahora porque después no habría tiempo.
Yo no voy a conseguir que un juez le firme mañana un auto que autorice una interrupción con el expediente abierto.
Lo voy a pelear, lo voy a pelear bien y no lo voy a conseguir.
Clara mira la línea del folio.
—Entonces para qué lo presentamos.
—Por tres razones. —Nagore levanta un dedo cada vez, deprisa, sin ceremonia—.
Una: porque de vez en cuando pasa, y si no lo pido, seguro que no.
Dos: porque si no reaccionamos hoy, dentro de dos meses la otra parte dirá que usted consintió la situación con su pasividad, y eso lo he visto funcionar en juzgados serios.
Y tres: porque en la vista van a tener que explicar delante de un juez, con un acta y con una grabación, por qué la mantienen a usted embarazada.
Y eso vale mucho, aunque mañana no lo parezca.
—Vale mucho para el pleito.
—Sí.
—¿Y el pleito acaba cuándo?
—Con suerte, sentencia en primavera. Si apelan, y van a apelar, en otoño del año que viene.
Clara mira por la ventana. En el edificio de enfrente están cambiando la carpintería de la tercera planta y han montado un andamio colgante con un solo anclaje visible en toda la fachada, y tiene que apartar la vista.
—En primavera yo he parido.
—Sí.
—Entonces puedo ganar el pleito.
—Puede ganar el pleito.
—Y da igual.
—No da igual —dice Nagore—, pero no le devuelve mañana.
Se levanta, va hasta la mesa vacía y vuelve con un impreso y con un cuaderno nuevo, sin estrenar, de los de gusanillo.
—Dos preguntas más y necesito exactitud, aunque la respuesta no le guste. La primera. Este anexo, el seis punto tres. ¿Lo firmó usted?
—Sí.
—¿Está segura? ¿Lo firmó usted de su puño y letra, en la clínica, con las manos suyas?
—Sí. Los siete.
—¿Los leyó?
—No.
—¿Ninguno de los siete?
—El primero sí. Entero, con mi marido, en la mesa de la cocina. Tardamos una tarde. —Clara se oye a sí misma decirlo y no le gusta el sonido—. Los otros seis no. Eran iguales. Te los ponían delante y tú decías dónde firmo, y firmabas, y te ibas a que te sacaran sangre.
Nagore lo apunta entero, casi literal.
—Eso último no se lo diga así a nadie más que a mí.
—¿Por qué?
—Porque para mí es la clave del asunto y para ellos es su mejor argumento. —Cierra el cuaderno—. Segunda pregunta. ¿Había alguien con interés en que usted estuviera en ese programa?
—No lo sé.
—Piénselo.
—Es que no lo sé.
—Se lo voy a preguntar por partes, que es más fácil. ¿Alguien de la clínica que tuviera trato especial con usted?
—No.
—¿Familia suya, hermanos, padres, con algún problema de salud?
—Mi madre murió en 2024. No tengo hermanos.
—¿Su marido?
Clara tarda dos segundos y los dos segundos están ahí, encima de la mesa, y los ve pasar.
—Mi marido dice que es un error administrativo.
Nagore la mira sin cambiar de cara.
—Vale.
—Es lo que me ha dicho.
—Ya. —Deja el bolígrafo cruzado sobre el cuaderno—.
Le repito lo que ya sabe, porque es lo único importante que le voy a decir hoy.
Yo trabajo con lo que me den. Si el día antes de una vista aparece un dato que yo no tenía, el que queda mal delante del juez soy yo, y detrás de mí, usted.
Cuando sepa algo, me lo cuenta el mismo día. No la semana siguiente. El mismo día.
—Vale.
Nagore le da la vuelta al impreso.
—Esto es un apoderamiento. Con esto puedo actuar por usted a partir de esta tarde y presentar antes de las dos. Firme abajo.
Clara coge el bolígrafo. Es un Bic naranja, de punta fina.
Firma.
Ha firmado antes de mirar arriba. Se da cuenta cuando ya ha levantado la mano del papel: no ha leído ni la primera línea.