CAPÍTULO 4 · SEMANA 13 5
Se lo toma como lo que es: un aviso de que hay hueco porque a nadie le urge nada. Aun así lo coge.
Ha escrito al trabajo que va al médico. Nadie le ha preguntado nada, porque en los últimos cinco años ha ido mucho al médico.
Álex se ha ido a las siete y media. Antes de salir le ha dicho, desde el pasillo, con el manojo de llaves ya en la mano, que llamaría a media mañana. No ha dicho a quién.
Clara espera cuarenta minutos. Se le pasan rápido porque tiene una cosa que hacer, y saber lo que vas a hacer ordena el tiempo.
Delante de ella, un hombre mayor con una bolsa de tela le explica a su hija por qué no piensa ponerse la vacuna, y la hija le contesta que muy bien, papá, y sigue mirando el móvil.
Al lado, una mujer con un carrito mece el carrito con el pie sin dejar de escribir.
Clara repasa la frase. La ha repasado en el coche y en la escalera. Es corta.
—Sanjuán.
La doctora Solans tiene la mesa girada hacia la puerta y no hacia la ventana, que es lo lógico si quieres que el paciente vea la pantalla y no lo hace casi nadie. Toma notas en un cuaderno además de escribir en el ordenador. Cuando Clara entra, cierra el cuaderno.
—Siéntate. Dime.
—Estoy embarazada de trece más cinco y quiero interrumpirlo.
Es la primera vez que lo dice en voz alta. Suena más corto de lo que sonaba en el coche.
Solans no cambia de cara. Coge el ratón.
—¿El seguimiento lo llevas aquí o en privada?
—En privada. Instituto Verea.
—¿FIV?
—Séptimo ciclo.
Ahí sí hay algo. Una décima. No es reproche. Solans deja el ratón y se apoya en los antebrazos.
—Vale. Te voy a preguntar dos cosas, y no porque yo tenga que autorizarte nada, que no tengo que autorizarte nada, sino porque necesito saber si hay algo médico detrás. ¿Ha aparecido alguna anomalía en las ecografías?
—No. Va bien.
—¿Riesgo para ti? Tensión, algo del corazón, algo que te hayan dicho y a lo que no le hayas dado importancia.
—No.
—¿Y estás segura de lo que me estás pidiendo?
—Sí.
—Vale. —Vuelve al ratón—. Entonces es interrupción a petición tuya y no me tienes que explicar nada más. Ni a mí ni a nadie de aquí en adelante. Que te quede claro, porque luego la gente llega al circuito con un discurso preparado y no hace falta.
Clara asiente. Nota que se le ha soltado algo en la espalda y comprende que estaba tensa desde ayer a las siete menos veinte.
Tiene el folio del Instituto en el bolso, en el compartimento grande, doblado en dos.
Ha pensado sacarlo mientras esperaba fuera.
Lo ha pensado otra vez al sentarse. Y ahora, mientras Solans teclea, hace la cuenta que lleva haciendo desde las nueve de la mañana: si lo saca, tendrá que explicar qué es, y ella no sabe qué es, y Solans tendrá que mirarlo, y mirarlo llevará tiempo, y el tiempo es lo único que no le sobra.
Deja el bolso en el suelo, junto a la pata de la silla.
—Estamos justas de plazo, pero estamos. —Solans habla mirando la pantalla—. A petición de la mujer es hasta las catorce semanas cumplidas. Tú estás en trece más cinco. Te queda hasta el uno de octubre. Yo te derivo hoy y te dan fecha para mañana o pasado, así que vamos sobradas.
—¿Mañana?
—Mañana o pasado. —Levanta la vista—. ¿Te parece muy pronto?
—No.
—Pero.
—Me parece pronto —dice Clara.
—Ya. Casi siempre lo parece. —Solans teclea despacio, con dos dedos, mal, corrigiendo mucho—.
Te cuento lo que va a pasar para que no te lo explique nadie por el pasillo.
Te llaman de la unidad y te dan cita en un centro acreditado.
Allí te informan, te entregan el sobre con la documentación y se hace, según el caso, en una mañana o en dos.
Pasadas las catorce semanas cumplidas ya no sería a petición tuya, sería otro supuesto distinto, y ese ya no depende de ti sino de una indicación médica.
Por eso vamos a la fecha más cercana. ¿Me sigues?
—Te sigo.
—¿Vas acompañada?
—No lo he decidido.
—No tienes que decidirlo ahora. Y si vas sola no pasa nada, va muchísima gente sola.
La impresora de la consulta es pequeña, ruidosa y está en el suelo, junto a la pata de la mesa. Solans se agacha a recoger el papel con un gruñido corto.
Entonces la pantalla hace algo.
Clara lo ve porque está mirando a Solans, y Solans se queda a medio incorporarse, con el volante en la mano.
—Un momento.
—¿Qué pasa?
—Nada, que me sale una marca en tu historia. —Se sienta. Lee—. Continuidad asistencial. Centro de origen.
—¿Qué significa?
—Que estás en seguimiento en un centro privado, básicamente. —Se acerca a la pantalla y luego se aleja, buscando el foco de las gafas—. Sale a veces cuando hay un tratamiento abierto en otro sitio. Es para que no dupliquemos pruebas y para que ellos sepan que has pasado por aquí.
—¿Y eso impide algo?
—No.
Solans pincha con el ratón. Pincha otra vez.
—No se despliega nada —dice—. Es informativa.
Vuelve a leer la línea. Tarda tres o cuatro segundos más de los que hacen falta para leer dos palabras. Después mueve el ratón, cierra la ventana y sigue.
—Ya está. Va cursado.
Le da el volante. Es un papel con un número de derivación y el sello del centro, y Solans le escribe encima, a mano, un teléfono.
—Este es el directo de mi consulta. Si mañana a mediodía no te han llamado de la unidad, me llamas tú y llamo yo. ¿Vale? No esperes al viernes.
—Vale.
—Y si tienes cualquier duda, de lo que sea, aunque sea a las once de la noche y te parezca una tontería, la escribes en el móvil y me la traes escrita. —Sonríe por primera vez—. Es mucho más fácil contestar preguntas escritas.
Clara dobla el volante en tres y lo mete en el bolsillo interior del bolso, el que cierra con cremallera. El folio del Instituto sigue en el compartimento grande.
En la calle son las doce menos veinte y hace uno de esos días de finales de septiembre en los que Madrid todavía no se ha enterado de que se ha acabado el verano. Cruza a la acera de enfrente, que es la del sol, y anda cuatro manzanas más de las que necesita para llegar al coche.
Entra en un supermercado a comprar pilas para el mando de la tele, que llevan dos meses en la lista de la nevera. Compra las de tipo equivocado. Se da cuenta en la caja, con la tarjeta ya apoyada en el datáfono, y las compra igual.
En el coche llama al trabajo para decir que se incorpora después de comer. Le contesta Rocío y le pregunta si va todo bien y ella dice que sí, que todo bien, que era una revisión.
Mientras habla, el móvil le vibra contra la oreja dos veces, con la vibración corta de las notificaciones.
No lo mira hasta que cuelga.