Hasta que nazca CAPÍTULO 3 · SEMANA 13 4
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CAPÍTULO 3 · SEMANA 13 4

Pone el folio en la mesa de la cocina, desdoblado, con el membrete hacia la puerta.

Después hace la cena, que es lo que hay: unas acelgas de ayer y dos filetes que llevan dos días esperando su turno.

Enciende la campana aunque no hace falta, por el ruido.

Se sirve agua. Se sienta a esperar y a los tres minutos se levanta, porque esperar sentada delante de un papel es una cosa que hace la gente en las películas.

La habitación del fondo tiene una mesa de despacho, una silla y cuatro cajas de la mudanza sin abrir.

Ninguno de los dos ha dicho nada sobre esa habitación desde julio, y esa es una de las cosas que Clara más agradece de Álex, que sepa cuándo no decir nada.

En el tercer ciclo, cuando ella se pasó una semana sin poder dormir, él se levantó cuatro noches seguidas a hacerle una infusión y no le preguntó ni una sola vez cómo estaba.

Se sentaba enfrente con su taza y se callaba hasta que ella se cansaba y se iba a la cama.

Clara ha pensado muchas veces que aquello fue lo más inteligente que ha hecho nadie por ella.

Álex entra a las nueve menos veinte con la bolsa del pan y el móvil entre el hombro y la oreja, discutiendo con alguien sobre una válvula de la tercera planta. Deja las llaves en el plato de la entrada. Cuelga.

—Han parado la torre de refrigeración y ahora resulta que la culpa es mía. —Se quita la chaqueta—. ¿Qué tal la eco?

—Bien.

—¿Bien bien?

—Ciento cuarenta y ocho. Y lo de la placenta se ha colocado.

Álex se para en mitad de la cocina con la chaqueta en la mano y sonríe. Es una sonrisa entera, sin reserva, la misma de julio, y Clara la mira y la reconoce y durante un segundo todo lo demás le parece una tontería administrativa que se arreglará el jueves.

—Joder. Ciento cuarenta y ocho.

—Sí.

—¿Y la Vilches qué ha dicho?

—Que estamos donde tenemos que estar.

—Esa mujer habla como los de calidad. —Deja la chaqueta en el respaldo—. ¿Y tú qué tal? ¿Has comido?

—He comido.

—¿Qué has comido?

—Álex.

—Es que ayer me dijiste que habías comido y luego vi el táper en la nevera. —Abre la nevera para mirar, y no lo hace con reproche, lo hace como quien comprueba una presión—. Vale. Bien.

Va a abrazarla y ve el papel.

Se para. Se cambia la chaqueta de mano aunque ya la ha dejado en la silla, un gesto sin objeto. Coge el folio con la izquierda, se lo acerca y lo lee. No tarda mucho. Cuatro líneas no dan para tardar.

—¿Esto te lo han dado ellos?

Clara tenía preparadas dos preguntas para esta parte y él acaba de contestar a una sin querer.

—Me lo han dado en el mostrador. Con la eco.

—Ya. —Deja el folio en la mesa, no donde estaba, un poco más allá—. Es un error administrativo. Mañana llamo.

—He llamado yo.

Álex está sirviéndose agua. Sigue sirviéndose hasta arriba, hasta el borde, y luego tiene que beber un poco antes de poder moverse con el vaso.

—¿Y qué te han dicho?

—Que consta. Que consta desde el catorce de julio.

—Ya.

—Que es la fecha de la transferencia.

—Ya sé qué fecha es. —Lo dice sin dureza, casi con cansancio, y se sienta—.

A ver, Clara, esos sistemas cruzan expedientes todo el rato.

En el hospital pasa cada semana. Le asignan a un paciente el código de otro porque alguien mete mal un dígito y luego tardan tres meses en quitárselo, y mientras tanto a un señor operado de un juanete le llegan citas de oncología.

—Un dígito.

—Un dígito, un lote, una migración mal hecha. Se arregla.

—¿Y lo de la receptora?

—Eso viene con el registro que hayan cruzado. —Corta el filete—. No es un dato tuyo. Es un dato de otro que se ha metido en tu ficha.

Suena razonable. Suena exactamente igual de razonable que las cien veces que Álex le ha explicado por qué una instalación se comporta como se comporta, y las cien veces tenía razón, y ella lo sabe y él sabe que ella lo sabe.

Comen. Él le pregunta por la fachada de Bravo Murillo, que lleva desde junio dando problemas con los anclajes químicos, y Clara le contesta con detalle: el informe del laboratorio, la resistencia a arrancamiento, la reunión del jueves con la propiedad y con el aparejador, que no quiere firmar nada.

Le contesta con más detalle del necesario, en realidad, porque a mitad de la primera frase ha decidido contestarle con detalle y ver hasta dónde llega.

Llega hasta el final del filete.

—Ese aparejador te va a dar por saco hasta noviembre.

—Ya lo sé.

—Pues que firme el de la propiedad.

—El de la propiedad no firma nada que no firme él.

—Entonces que se caiga la fachada. —Se levanta con el plato—. Yo qué sé, Clara. Yo arreglo tuberías.

Recoge. Aclara. Deja el vaso boca abajo en el escurridor y se seca las manos en el trapo del horno y no en el de las manos, que es una cosa que hace desde siempre y que a ella siempre le ha dado exactamente igual.

—Mañana a primera hora llamo yo —dice—. A mí me lo cogen antes porque tengo el teléfono de dentro.

—Vale.

Se queda de espaldas un momento, con las dos manos en el borde del fregadero. Es medio segundo. Después se vuelve.

—No le des vueltas.

—Vale.

Se va al salón y pone las noticias con el volumen bajo. Al rato lo oye reírse de algo. Después el sonido del portátil abriéndose, que es un sonido con muelle, y las teclas.

Clara se queda de pie en la cocina.

Hay una cosa que no encaja y tarda un rato en localizarla, y cuando la localiza le parece tan pequeña que se siente ridícula.

Álex no le ha preguntado qué es NV-1147.

Ella lo ha preguntado dos veces en cuatro horas. A la chica del mostrador y a Sonia. Es lo primero que pregunta cualquiera que ve un código desconocido en un papel con su nombre. Él ha preguntado quién se lo había dado.

A las once y media Álex se acuesta. Al pasar le pone una mano en el hombro y le dice que se acueste ella también, que mañana tiene lo del aparejador. Clara dice que ahora va.

Se lleva el portátil a la cocina. Vuelve a entrar en el portal del paciente y vuelve a llegar al mismo sitio: certificado, Cl@ve, DNI electrónico.

Busca una copia del certificado en Drive, porque cree recordar que se la hizo, y no encuentra ninguna copia en Drive.

Encuentra una carpeta de 2029 con veinte fotos de una obra en Alcorcón y un vídeo de nueve segundos de una grúa.

Podría subir al trastero. Son dos plantas y la llave está en el mismo cajón de siempre, y a las once y media de la noche no hay nadie en la escalera, y el portátil viejo está donde está.

No sube. Piensa en cómo tendría que explicarle a Álex mañana por qué anoche estuvo en el trastero.

Cierra el ordenador.

Abre el cajón de los bolígrafos, saca un pósit del bloque amarillo y copia el código con su letra, que es letra de cuaderno de obra, mayúsculas separadas.

NV-1147.

Abre el armario de los vasos y lo pega por dentro de la puerta, a la altura del segundo estante, donde no se ve al abrir.

Cierra. Se da cuenta de que lo ha escondido.