Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

T aby bajó de su caballo con agilidad sintiendo que pesaba menos que una pluma.

Supuso que el amor tenía ese efecto, que hasta ese momento solo había conocido a través de los libros que compraba en la tienda de Suzie de vez en cuando.

Tim la estaba esperando a la sombra, apoyado de manera relajada contra el tronco de un gran árbol cerca del río.

Al verla aparecer, se acercó con pasos lentos, y una mirada lobuna que hablaba del deseo que sentía sin necesidad de palabras.

Iba a ayudarla a desmontar, pero Taby no esperó a que sus manos la sujetaran; en un arranque de pura pasión, se lanzó directamente a sus brazos, rodeándole el cuello para besarle con un arrebato que le robó el aliento.

Tim soltó una carcajada, contagiado por su impulsividad, mientras la sostenía en vilo contra su pecho. Cuando al fin la dejó deslizarse despacio hasta que ella puso los pies en la tierra, la miró con fijeza, acariciándole el rostro y disfrutando de la sensación de su pecho presionando el suyo.

—Te he echado de menos —admitió dándole un beso en la punta de la nariz—. ¿Y el bebé?

—Trudy está dándole de comer en el porche, junto con mi hermanita —respondió Taby, suavizando la mirada.

—No sé cómo agradecerle a esa mujer su ayuda después de todo lo que ha pasado. —Tim asintió, aliviado, pero un ligero rastro de inquietud ensombreció sus ojos azules—. ¿Cómo lo lleva Rod?

Taby soltó una risa cantarina al notar su evidente nerviosismo y, entrelazando sus dedos con los de él, dejó que la guiara en un paseo pausado hacia la orilla del río.

—Ayer solo dijo que debería haberte disparado cuando tuvo ocasión seis veces —le dijo, mirándolo de reojo con diversión—. Lo cual son siete veces menos que el día anterior. Supongo que es una mejora. Probablemente solo tardará un par de décadas en perdonarnos a ambos.

Tim puso los ojos en blanco, soltando un resoplido exagerado.

—No me refiero a lo nuestro. Me refiero a lo de su hermano Elyaz.

Taby chasqueó la lengua y su sonrisa perdió un poco de brillo al evocar el gran secreto que las cartas habían desenterrado después de tres décadas.

Para ambos hombres había sido un golpe devastador descubrir la verdad al leer la correspondencia secreta entre la viuda Hunter y Silas.

Aquellas líneas descoloridas revelaban de forma irrefutable que Elyaz no era un Hunter, sino el hijo bastardo de Silas Brannigan, fruto de una relación clandestina y prohibida con la madre de Rod.

Tim se detuvo un instante, quedándose pensativo mientras contemplaba el fluir del agua. Los fantasmas de su linaje se negaban a abandonarle del todo.

—No puedo parar de pensar en que Elyaz traicionó a Rod y que pagó a ese indio para que se llevara a tu madre a la fuerza —murmuró Tim con amargura—.

Cometió todas esas atrocidades y destrozó a su propia familia.

La respuesta a eso es que llevaba la sangre maldita de mi padre en las venas. La misma sangre que yo.

Taby se paró en seco frente a él, obligándole a mirarla. Le puso una mano cálida en el pecho, donde el latido traspasaba la tela de su camisa con un ritmo firme.

—No pienses en eso, Ojos Azules —le ordenó con suavidad pero con una firmeza que no admitía discusión—. Lo único importante aquí es que tú no eres como ellos. Tu corazón es puro. Tú eres el halcón de corazón limpio. No te atrevas a contradecir a Águila Gris o te las verás con él.

Tim esbozó una sonrisa torcida, dejando escapar una mueca de ironía.

—El último hombre que querría cerca de él…—reflexionó, sin poder deshacerse de la tortura que suponía aquella revelación—, y resulta que compartíamos un hermano en secreto. El destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.

Para desviar los nubarrones de su mente, Taby reanudó el paso e intentó cambiar de tema.

—¿Reynolds se ha marchado ya del rancho?

—He conseguido convencerle para que se quede —explicó Tim, recuperando el semblante tranquilo—. El viejo capataz no hizo nada malo; solo ocultó ese horrible secreto familiar por una desmedida lealtad hacia mi padre. Por eso los ayudó en su relación secreta, era algo así como su mensajero personal.

Taby apretó su mano con fuerza y complicidad, un gesto seguro con el que intentaba disipar de una vez por todas los últimos nubarrones que amenazaban el horizonte que tenían por delante.

Ella se detuvo y metió la mano en el bolsillo de su falda.

Ante la mirada intrigada de Tim, extrajo una pequeña cajita de madera desgastada por los años y se la tendió.

Tim la tomó con curiosidad y, al levantar la tapa, sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.

Contenía unos pendientes que a pesar de no haber visto nunca antes, reconoció al instante.

Eran las joyas familiares que originalmente habían pertenecido a la madre de Wendy, su cuñada.

—¿De dónde los has sacado?

—Llevan años en un cajón, junto al resto de pertenencias de mi abuela.

Mi padre ha insistido mil veces en que me los quedara pero ya sabes lo que opino de estas cosas inservibles.

En cuanto vi la esmeralda que guardabas en tu bolsillo la reconocí, o puede que fuese intuición.

Debí decírtelo antes, pero han pasado tantas cosas…

Con los dedos temblorosos, Tim acarició la joya con reverencia, sintiendo que por fin se haría justicia.

Por lo visto, aquellos pendientes habían sido un regalo de Silas, quien los robó a los Jones durante uno de sus asaltos para entregárselos a su amante, la abuela de Taby.

Los mandaría arreglar y se los haría llegar a Wendy, o quizá se animase a hacer un viaje hasta California para entregárselos él mismo.

No sonaba mal como destino para su luna de miel El círculo, finalmente, se había cerrado.

—Deben volver a su legítima dueña —susurró Taby con solemnidad, cerrando la mano de Tim sobre la caja.

Continuaron caminando agarrados de la mano, liberados del peso que tantos años habían sostenido.

Al flanquear el último recodo formado por los árboles que conducían al río, Taby se detuvo en seco y jadeó, llevándose una mano a la boca por la sorpresa.

Frente a ellos, sobre la hierba fresca y mullida, se extendía una manta de lana gruesa perfectamente estirada.

Encima, un par de cestas de mimbre permanecían abiertas, desvelando un despliegue de manjares que olían estupendamente, todo ello adornado con servilletas de lino finamente bordadas y platos de una delicada porcelana blanca que brillaba bajo el sol de la tarde.

Taby se volvió hacia Tim, con los ojos abiertos de par en par por el asombro.

—Te dije que te conquistaría poco a poco, que te prepararía una merienda como es debido y te pediría matrimonio formalmente —declaró Tim, mirándola lleno de orgullo.

Taby no respondió con palabras. Se abalanzó sobre él y lo besó apasionadamente, saboreando la promesa de una vida entera a su lado. Cuando se separó de ella apenas unos milímetros, con el pecho henchido de felicidad, una sonrisa pícara dibujó sus labios.

—Y también te dije que te haría el amor aquí mismo, sobre esta manta hasta que se hiciera de noche. E incluso después, no tengo ninguna prisa —añadió Tim con voz ronca, acariciándole la espalda con sus manos grandes.

Ella le volvió a besar, entregándose por completo al calor de su cuerpo.

—Podemos saltarnos la parte de la comida —le susurró Tim contra los labios, con los ojos azules encendidos de deseo— y pasar directamente a la segunda parte del plan.

Taby soltó una carcajada que rivalizó con el murmullo del río y Tim la miró con solemnidad, sosteniendo su mirada con toda la verdad que había en su alma.

—¿Quieres casarte conmigo, Muatabe Hunter?

Taby sonrió con los ojos empañados por la dicha, asintió con la cabeza sin dudarlo un solo segundo y respondió:

—Está escrito que así sea, Timothee Brannigan.

Tim arqueó una ceja, divertido, mientras ella comenzaba a desabrochar los botones de su camisa, dispuesta a no negarse ni un solo minuto de placer.

—Ah, ¿sí? ¿Te lo ha dicho el viento?

Taby le rodeó el cuello con los brazos, pegando su cuerpo ardiente al suyo, y le miró con devoción.

—Me lo ha dicho el corazón.