Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Epílogo
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Epílogo

—¡V uelve aquí, torbellino! ¡Devuelve eso ahora mismo!

La voz de Taby resonó en los altos techos de la casa de los Brannigan, con una mezcla de exasperación y risa.

Corría con paso rápido y las faldas remangadas, detrás de uno de sus hijos menores, el pequeño Mike, que llevaba una bota de su padre bien sujeta entre sus brazos como si fuera el mayor tesoro del mundo.

Desde la planta superior de la casa la voz de Tim llamándola con urgencia indicaba que su aparente calma había desaparecido.

—¡Taby! ¡Por el amor de Dios, no encuentro la bota derecha y mira qué hora es!

La alocada carrera del pequeño Mike se interrumpió de golpe en mitad del pasillo cuando una figura más alta y decidida se interpuso en su camino.

Thatcher, el hijo mayor, hizo de barrera humana infranqueable.

Con una sonrisa idéntica a la de su tío, Thatch atrapó al pequeño revoltoso por los hombros, confiscándole la bota con un movimiento rápido.

—Se acabó el juego, enano —dijo Thatcher con suavidad, entregándole la pieza de cuero a Taby, que acababa de llegar hasta ellos sin aliento.

Taby le propinó un suave y cariñoso tirón de orejas a su hijo menor a modo de reprimenda, le agradeció a Thatch la ayuda resolviéndole el pelo y corrió escaleras arriba.

Al entrar en la habitación, se encontró con una estampa que la hizo sonreír.

Timothee Brannigan estaba librando una batalla encarnizada frente al espejo, peleándose con un tarro de pomada para el pelo.

Tenía el ceño fruncido y los dedos pringados deslizándose una y otra vez por su rebelde flequillo rubio.

En ese momento de frustración, Tim se acordó inevitablemente de su difunto hermano Thatch, que lucía siempre un peinado impecable, liso y perfecto incluso en mitad de una tormenta de polvo, y maldijo para sus adentros al darse cuenta de que no tenía la menor idea de cómo demonios lo conseguía.

Taby se acercó por la espalda, le quitó el tarro de las manos y, con una destreza nacida de los años compartidos, pasó el peine por su cabello domándolo con facilidad. Después comenzó a ajustarle el nudo del pañuelo de seda alrededor del cuello, alisando las solapas de su chaqueta.

Tim exhaló un suspiro de rendición, mirándola a través del espejo.

—Esto es completamente absurdo, Taby —se quejó, con su habitual pragmatismo—. Me quedan por delante un par de horas de galope tendido bajo el sol hasta llegar a Strongville. Para cuando pise el juzgado, apestaré a caballo, me habré despeinado por el viento y la ropa estará totalmente arrugada.

Taby sonrió, dándole un último toque cariñoso, ajustando de nuevo el pañuelo.

—Probablemente el juez itinerante esté igual de apestoso y arrugado que tú, Ojos Azules. No te preocupes por eso.

La diversión dio paso a una calma expectante.

Taby desvió la vista hacia la mesa. Sobre ella, perfectamente ordenado y atado con una cinta de cuero, aguardaba un imponente pliego de papeles.

Ese había sido su trabajo durante muchos meses, incluso años.

El propósito de Tim al viajar a Strongville era de una magnitud colosal: llevar ante la ley y los tribunales del hombre blanco el caso del pueblo comanche.

Miles de nativos estaban siendo desplazados de sus tierras ancestrales por la marea incesante de colonos que se creían con el derecho de reclamar lo que no era suyo; el pueblo de su esposa estaba siendo expulsado con violencia de su hogar, siendo despojado de sus derechos sin el menor rastro de compensación.

La intención de Tim, utilizando la influencia de su apellido y su conocimiento de las leyes de ambos mundos, era obligar al gobierno a ofrecerles un trato justo, una alternativa legal en lugar de hacinarlos en reservas yermas como animales heridos.

Aquel documento era el primer paso legal para lograr, al menos, que pudiesen arrendar las tierras y recibir algo a cambio.

Taby miró los papeles y luego alzó los ojos hacia su esposo.

Un vuelco de profunda emoción le apretó el pecho, inundándole el alma de un orgullo que apenas cabía en su corazón.

Contempló la línea firme de su mandíbula, las arrugas de expresión que el sol había tallado en torno a sus ojos azules y, por encima de todo, la inmensidad de su gran corazón.

Aquel hombre tímido aficionado a los números se había convertido en el escudo de su pueblo.

Después de todo, se dijo Taby, los espíritus de sus ancestros y la profecía de Águila Gris no se habían equivocado en lo más mínimo.

El viento siempre había dicho la verdad.

Su destino había sido salvar el corazón del Halcón; del fuego, de los hombres, de la soledad.

Lo que las leyendas antiguas nunca contaron, lo que el viejo jefe comanche se había guardado, era que el Halcón, con su sentido de la justicia y su amor inquebrantable, la había salvado a ella entregándole lo más valioso. Su corazón.

Sabía que la empresa que llevaba en las alforjas era difícil, una lucha titánica que les costaría sudor y lágrimas y que con seguridad no ganarían.

Pero mientras caminaba hacia los establos, listo para cabalgar hacia su propósito, Tim supo que no tenía nada que temer.

Pasaran los años que pasaran, el viento seguiría soplando, libre y eterno, cantando para siempre su canción.