Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

T im cerró los ojos con fuerza analizando qué hacer, dispuesto a morir si con ello podía intentar al menos llevarse a alguno de esos malnacidos a la tumba con él. En ese instante de pura desesperación, no le importaba su propia alma; solo quería salvarlos.

Una ensordecedora detonación sonó justo sobre sus cabezas, y algo parecido a un silbido cruzó entre los mezquites.

El tipo que estaba de rodillas delante de Taby, con una sonrisa obscena aún dibujada en la cara, se quedó rígido por un segundo.

Una enorme mancha de sangre comenzó a extenderse a una velocidad pasmosa por su espalda y cayó a plomo sobre el cuerpo de la joven.

Taby soltó un grito de puro asco y reaccionando con rapidez, se lo quitó de encima a patadas, rodando sobre su espalda después.

Antes de que los forajidos restantes pudieran comprender de dónde venía el ataque, una segunda detonación rasgó el aire. El disparo, de una precisión quirúrgica, acertó de lleno en la cabeza del hombre que había sujetado a Taby por los hombros, derribándolo en el acto.

El caos se apoderó de la escena, pero Tim no se quedó de brazos cruzados.

Al sentir que el agarre del hombre que le sujetaba el pelo se aflojaba por la sorpresa, se revolvió en el suelo con agilidad, agarró con ambas manos la pistola del tipo que le apuntaba a la nuca, y desvió el cañón provocando que el arma disparara en dirección al suelo.

Antes de que el bandido pudiera apretar el gatillo de nuevo, Tim recuperó su arma y disparó a bocajarro.

El proyectil le acertó directamente en el cuello, provocando que la sangre saliera a chorros, tiñendo el polvo del camino de un rojo encendido.

El hombre cayó de rodillas, ahogándose en su propia sangre.

El único forajido que quedaba en pie, presa de un pánico atroz al ver a sus compañeros masacrados en cuestión de segundos, tiró su arma y salió corriendo desesperado entre los árboles para salvar la piel.

Sin embargo, no tuvo tiempo de avanzar demasiado.

Tim, con la respiración entrecortada y la mirada nublada por el odio, apuntó su revólver, y apretó el gatillo.

La bala le acertó de lleno en la cabeza, esparciendo sus sesos por el suelo antes de que su cuerpo se desplomara inerte entre la maleza.

El silencio regresó de golpe al sendero, alterado solo por el zumbido de los insectos y el llanto del niño.

Con el corazón latiéndole en la garganta, se giró con el arma aún levantada, buscando el origen de los disparos providenciales que les habían salvado la vida.

Al fondo del camino, una silueta familiar espoleaba a su caballo a toda velocidad a través del polvo.

Era Rod Hunter, con el rifle aún humeante entre las manos.

Había seguido el rastro de su hija sin descanso, y el destino lo había llevado en el segundo exacto.

El destino había querido que él también optara por aquel sendero haciendo que el final no fuera una tragedia para ellos.

Rod se lanzó de su caballo antes de que el animal se detuviera por completo, tirando el arma a la tierra para correr hacia su hija.

—¡Taby! ¿Estás bien? —bramó con la voz rota por el terror.

Se arrodilló y la estrechó contra su pecho en un abrazo desesperado, besándole el cabello y asegurándose de que estaba viva y entera.

Taby, temblando por el miedo que se había pegado a ella como una segunda piel, se aferró a la camisa de su padre, dejando que las lágrimas fluyeran al fin con total libertad.

Mientras tanto, Tim ignoró el dolor punzante de su espalda y de su pierna, y fue corriendo hacia el pequeño Thatch que seguía llorando, asustado por el ruido.

Con manos temblorosas, recogió con infinita delicadeza el cuerpo de su sobrino para acunarlo hasta que su llanto se convirtió en un suave ronroneo.

Taby se acercó hasta ellos para comprobar que el bebé estuviese bien y los tres se abrazaron dejando que las lágrimas se llevaran el terror que acababan de vivir.

Tim cerró los ojos un instante, respirando el aroma silvestre del cabello de Taby, y besó con infinita ternura la coronilla de la que, ya consideraba con orgullo absoluto como su mujer.

Rod Hunter permaneció de pie a unos metros de distancia, contemplando la estampa con una mezcla confusa y dolorosa de emociones que le impedía pensar con claridad.

No podía entender cómo un Brannigan, la sangre de su enemigo Silas, estaba abrazando a su hija con semejante devoción, ni mucho menos sabía quién era ese bebé que Taby sostenía con tanto celo.

El mundo que Rod conocía acababa de volverse del revés.

El viento esparció los papeles que habían caído de las alforjas de Timothee, y llevado por la inercia, Rod se agachó despacio para recoger uno de ellos. Se trataba de una carta y la sostuvo entre sus dedos unos segundos entrecerrando los ojos por culpa del sol.

Rod tampoco podía entender por qué esa carta que deambulaba en mitad de la llanura zarandeada por el viento estaba escrita con la letra inclinada y desigual de su propia madre, la difunta viuda Hunter.