Capítulo 20 #2
Taby protegió instintivamente el cuerpo del niño con las manos, encogiéndose sobre la silla como si quisiera evitar a toda costa que la criatura se contagiase de aquel horror.
Unos metros más allá, detrás del carro, el cuerpo de una mujer con un vestido desgarrado yacía boca abajo en el suelo.
De repente, la figura tosió con fuerza y se movió levemente.
Sin dejar de lado la cautela, Tim se bajó del caballo con el arma en la mano sin perder tiempo, dispuesto a auxiliar a la superviviente.
—¡Tim, no! —gritó Taby, presintiendo la trampa, aunque ya era demasiado tarde.
En una fracción de segundo, la supuesta mujer se dio la vuelta mostrando una espesa barba y unos dientes picados por el tabaco. Se trataba de un hombre corpulento que había usado las ropas de una víctima. El ladrón empuñó un revólver apuntando directamente al pecho de Tim con una risa soez.
Antes de que pudiera reaccionar, tres forajidos armados emergieron de entre la espesura de los mezquites, rodeándolos y encañonándolos con sus rifles.
Tim se vio obligado a dejar caer el arma y levantar los brazos despacio, sintiendo cómo la impotencia le congelaba la sangre en las venas.
Al desviar la mirada hacia un lado, divisó un bulto sospechoso detrás de un matorral cercano; los insectos zumbaban a su alrededor y el hedor a descomposición que flotaba en el aire le confirmó de inmediato que ellos no eran los primeros en pasar por allí y sufrir aquella emboscada.
—No llevamos nada —dijo Tim con voz controlada, intentando mantener la calma mientras evaluaba sus limitadas opciones—. Somos solo una familia de paso. No tenemos nada de valor.
El líder de los asaltantes, un tipo desdentado y cubierto de roña, soltó una carcajada lasciva mientras recorría con la mirada el cuerpo de la joven.
—A mí me parece que tenéis unos caballos magníficos, y una mujer muy hermosa. No necesitamos más para pasar entretenidos unos cuantos días en este maldito desierto.
La insinuación y la amenaza hicieron que a Tim se le revolviera el estómago y todos los nervios se pusieran en tensión.
Uno de los ladrones se acercó y comenzó a tocar con descaro los muslos de Taby, deslizando sus manos sucias por la piel de ante de sus ropas.
Taby lloró de pura impotencia, mordiéndose el labio para no gritarle y empeorar la situación.
No podía rebelarse ni usar su cuchillo porque el bebé estaba firmemente atado a su pecho y cualquier movimiento brusco pondría en riesgo su vida y la de todos.
—Deja al crío en el suelo —le ordenó , apuntándole a la cabeza con el cañón de su rifle mientras la devoraba con los ojos—. Abajo del caballo. Ahora mismo, no agotes mi paciencia.
Taby bajó de la montura con un cuidado extremo, midiendo cada movimiento.
En cuanto sus pies tocaron la tierra, la culata de un rifle la empujó rudamente por la espalda, obligándola a avanzar.
Con las manos temblorosas por el terror, se desató el hatillo de tela y, arrodillándose bajo la mirada vigilante de los forajidos, dejó al bebé cobijado a la sombra de un árbol.
Al perder el contacto, el pequeño Thatch comenzó a llorar con un gemido agudo que desgarró el corazón de ambos.
Mientras, uno de los tipos comenzó a registrar con saña las alforjas del semental de Tim vaciando su contenido en el suelo.
La carpeta de piel se abrió y las cartas descoloridas de Silas Brannigan, junto con las escrituras del rancho, comenzaron a volar por el camino, dispersándose entre el polvo y los matorrales como trozos de un pasado inservible, que a estas alturas no le importaba a nadie.
Otro de los asaltantes agarró a Taby por el brazo con violencia y la atrajo hacia sí, intentando besarla a la fuerza en la boca mientras ella apartaba el rostro con asco y se resistía con todas sus fuerzas.
Eran demasiados hombres. Tim, fuera de sí al ver el ultraje, intentó zafarse de sus captores para ayudarla, pero el hombre que le custodiaba le asestó un golpe con la culata de su rifle justo en mitad de la espalda.
El impacto mandó a Tim directo al suelo, haciéndole morder el polvo.
Se arrastró penosamente por la tierra, intentando levantarse a pesar del dolor cegador que le recorría la espina dorsal, negándose a aceptar su destino.
Dos de los asaltantes arrastraban a Taby hacia el suelo, rasgándole la túnica.
Pensaban ultrajarla allí mismo, delante de sus ojos impotentes.
Quiso suplicar clemencia pero sabía que no valdría de nada.
Uno de los ladrones se agachó, lo cogió violentamente del pelo y le levantó la cabeza hacia atrás, obligándole a mantener los ojos abiertos para ver cómo consumaban su afrenta.
—Mira bien, chico —le siseó al oído—. Esa será la imagen que te acompañará al otro mundo. Mira cómo nos divertimos con tu salvaje.
Tim intentó revolverse una vez más, pero el frío cañón de un revólver se apoyó firmemente en su nuca, listó para disparar al menor indicio de resistencia.
En ese momento, su propia vida ya no le importaba lo más mínimo; solo valía en la medida en que pudiera ser útil para proteger a Taby y al pequeño Thatcher.
Uno de los forajidos sujetó a Taby de los hombros contra el suelo, y el otro se arrodilló frente a ella, regodeándose de su poder, y disfrutando de ver el horror en su cara.
Comenzó a torturarla mentalmente, susurrándole al oído con todo lujo de detalles cada una de las atrocidades que pensaba hacerle a continuación.
Taby mantenía los ojos fijos en los de Tim, transmitiéndole una dignidad que quemaba más que el fuego.
Tim soltó un gruñido salvaje, un rugido de pura impotencia y rabia animal que nació de lo más profundo de su pecho, arañando la tierra con los dedos mientras buscaba desesperadamente un milagro que pusiera fin a la pesadilla que amenazaba con destruirlos.